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Música para Camaleones | La soledad de la viuda

María Luis Vallejo arrancará su campaña a la presidencia municipal por Tuxtepec, en el panteón de la ciudad donde descansan los restos de Fernando Dávila, el dolor humano expuesto al escrutinio público, de nuevo, a fuerzas. Puede ser una oportunidad en verdad histórica, quizá en algún momento pueda rendir homenaje a las más de 500 personas ejecutadas durante el davilismo.

 

Antonio Mundaca/

María Luisa Vallejo, viuda de Dávila, entró a la política práctica como entra un ingenuo con fe a una jaula de leones pero con el paso del tiempo se fue transformando. Aprendió de los que saben cómo funcionan los sentimientos del pueblo, y cómo es posible darles abrazos o migajas y el resto, es todo para el ganador o ganadora.

Ensimismada en su tragedia, y enfrentada con Noé Ramírez y los huérfanos políticos del davilismo, María Luisa Vallejo accedió a la candidatura por encima de Gyna Bautista Dávila, se mimetizó con un grupo cuasi familiar que tras la muerte del patriarca, quiere retener o recuperar el poder a toda costa, y para hacerlo invoca fantasmas y evoca a un municipio ideal que nunca existió, porque Tuxtepec no estuvo bien gobernado por el extinto Fernando Dávila.

Un gobierno municipal cuyo sello en 3  años y 7 meses fue la improvisación, la debacle económica, la nulidad de infraestructura urbana y los años más violentos de la historia tuxtepecana con 553 personas asesinadas en la vía pública, incluidos niños, familias enteras y dos años consecutivos donde el municipio del norte de Oaxaca, se ubicó entre los 10 más violentos del país, mientras desde la oficina de la presidencia municipal se hacían llamados a construir zoológicos, prender lucecitas navideñas, criminalizar a las víctimas y armar una estructura electoral con nóminas secretas.

Esa es la herencia verdadera del davilismo, y que por obvias razones, se resiste a plantear un clan entero. Porque es más fácil el heroísmo de paja, evitar la autocrítica, los altares con incienso. El escrutinio público que no es útil para ganar elecciones, pero quizá sí, para perderlas. Porque no sirve profundizar en la estructura social cuando lo que se intenta vender es un legado como una marca, y en ese lapso pueden ser capaces de exhibir sin escrúpulos, la foto del difunto a tamaño real en una colonia desfavorecida, o la foto del difunto en el patio de su casa atravesado por tubos y mangueras, la tragedia más triste es efectiva como propaganda.

María Luisa de Dávila llegó a la candidatura con una vorágine de circunstancias adversas, cuando Tuxtepec vive la paz armada de un municipio que durante el davilismo concretó la estructura criminal controlando la vida, el comercio, el gobierno, la selva, la política, las calles, la prensa, y ahora en el proyecto presidencial familiar solo les queda aprovecharse de la memoria de un político que no fue el mejor presidente de Tuxtepec, pero es posible ‘recordarlo’ con heroísmo, como se erigen las estatuas,  como si de ellas pudieran surgir políticas públicas milagrosas que salven a Tuxtepec de más de lo mismo o cosas peores, y en nombre de ese santo de piedra, muchos puedan seguir viviendo de su legado, aunque sea de la peor de las formas, lucrando con su trágica muerte víctima de la Covid-19.

Por meses me resistí a escribir este artículo que pudo ser más periodístico, con datos duros y profundos, pensando en que ninguna persona debe ser revictimizada cuando ha tenido pérdidas que han marcado tanto, pero no se trata de la vida personal de María Luisa Vallejo. No se trata de la viuda vestida de negro cuidando con el amor humano los recuerdos del pasado. Se trata de la María Luisa Vallejo que usa el apellido de Dávila en una marquesina, que usa recursos públicos de un partido político y pretende gobernar para darle “continuidad” a una época violenta. Se trata de María Luisa Vallejo de Dávila, que a menos de un año de la muerte de su esposo, hace campaña política para que un pueblo sin esperanzas la elija. Porque cree que el poder puede heredarse y como estrategia de campaña es capaz de usar cartas enviadas desde el inframundo, y se enquista en algo más complejo y sociológico: una temporada electoral de viudas que buscan a través de la política seguir los pasos de sus esposos muertos, trayéndolos de sombra.

María Luisa Vallejo arrancará su campaña a la presidencia municipal por Tuxtepec, en el panteón de la ciudad donde descansan los restos de Fernando Dávila, el dolor humano expuesto al escrutinio público, de nuevo, a fuerzas.

Puede ser una oportunidad en verdad histórica, quizá en algún momento pueda rendir homenaje a las más de 500 personas ejecutadas durante el davilismo, y comprometerse a que si gana, no se repetirá un gobierno municipal que llame fallecidos a los asesinados, y no se combatirá la inseguridad con propaganda.

Quizá pueda comprometerse en medio de los leones, a decirnos, “que cuando los de abajo se mueven” no brincan al poder los corruptos, o que con ella no tendremos a los señores de las armas creciendo como la peste, o que mientras se encienden luces navideñas , de nuevo, no escucharemos historias como estas:

“un comando armado de 6 hombres se llevó a un maestro de su casa, derrumbaron la puerta frente a dos niños y una esposa aterrorizada en una de las colonias aledañas a la plaza comercial más importante, vecinos valientes, aporreados por las luces navideñas llaman a la policía municipal. No llegan las patrullas, el levantón, la calle sola y el silencio nuevamente”.

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