- Cientos de militantes del Comité de Defensa Ciudadana, provenientes de siete estados, acompañaron en Tuxtepec el último adiós a Catarino Torres Pereda, dirigente social asesinado a balazos. Entre consignas, música de mariachi y exigencias de justicia, sus seguidores despidieron a quien consideran un símbolo de la lucha campesina en Oaxaca.
Antonio Mundaca/
Tuxtepec, Oax.– La entrada del panteón está repleta de gente: campesinos, amas de casa, hombres sudados y un nítido olor a flores muertas y a humedad. El llanto de los niños se confunde con los pasos de cientos de militantes del Comité de Defensa Ciudadana (CODECI) que llegaron de siete estados donde tiene presencia la organización social.
A lo lejos un féretro cargado por cuatro hombres avanza sobre la Avenida Libertad, cargan el cuerpo de su héroe personal, cargan sobre sus hombros posiblemente el fin de la lucha social como la conocemos hasta ahora en la Cuenca del Papaloapan.
Para ellos, es un mártir de las muchas luchas que continuarán después de los dos disparos que le arrebataron la vida días atrás. Para la sociedad, es uno más de los ejecutados en medio de las convulsiones de un país que, en los últimos años, se ha caracterizado por dirimir sus diferencias mediante la violencia.
Para los medios, es la noticia del día. Sin embargo, a la entrada del panteón, una multitud desciende de camionetas y habla el lenguaje de la venganza y el desamparo. Mientras tanto, un mariachi se acerca al panteón Jardín de los Sueños, ubicado en el centro de la ciudad, sin dejar de interpretar «Caminos de Michoacán».

Catarino Torres Pereda, dirigente del CODECI, en vida y durante su despedida tras ser asesinado el 22 de octubre de 2010.
“Lo Sembramos”
«No enterramos a Catarino, lo sembramos», se lee en una pancarta de sus seguidores, que se pierde entre la muchedumbre y las coronas de flores que avanzan por delante de los dolientes y los curiosos.
Antes de la procesión que conducirá a su última morada al dirigente nacional de CODECI, la marcha avanza, por momentos, sigilosa, sin los machetes de aquellas tomas violentas de terrenos que encumbraron a Torres Pereda como uno de los referentes de una lucha social que alcanzó su punto culminante en 2006, cuando todos fueron Oaxaca y Oaxaca necesitaba de machetes.
Catarino Torres Pereda yace en su féretro abierto, a la entrada del panteón. Cientos de seguidores se arremolinan a su alrededor, mientras su esposa le murmura, frente a los flashes de las cámaras: «Te vamos a hacer justicia, Catarino». Resuenan los nombres de Zapata y Villa, las consignas de la lucha social, pero queda la sensación de que las palabras han perdido su sentido.
Durante la misa y el entierro afloran los símbolos: los relicarios, las gardenias, las coronas de flores frente al Cristo católico y, detrás, el cuerpo que reposa en un féretro de madera. Los «hermanos» de organización llevan moños negros prendidos a la ropa. Frente a la tumba, el hijo alzado en brazos, la abuela devastada, la esposa inconsolable. Se suceden los vivas, el minuto de silencio y los reclamos de venganza contra un enemigo de mil caras, que puede ser la pobreza, la mentira o, simplemente, la consecuencia de morir como vivió.
Los codecistas se persignan mientras lo entierran. Están frente a su nuevo santo. Los mariachis interpretan ahora un corrido que le compusieron en vida y que parece premonitorio: «Catarino está consciente que un día lo van a matar; mientras eso pase, las batallas les va a dar».
Al filo de las tres de la tarde, el cuerpo de Catarino Torres desciende a la tierra.
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Crónica publicada originalmente el 22 de octubre de 2010, día del asesinato de Catarino Torres Pereda.


