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Scriptorium

Donaldo Borja

Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.

¿Qué tiene que suceder para que exista un punto de inflexión y realmente se pueda llevar a cabo un cambio estructural en la sociedad para disminuir los índices de inseguridad? La desesperanza suele trazar direcciones realistas y catastróficas, mientras que la esperanza puede engendrar un camino hacia un horizonte interminable. Y no se habla de la esperanza en el sentido teológico o incluso filosófico, sino en la idea ilusoria de que todo puede cambiar gracias a quienes se encuentran en el poder.

Los puntos de inflexión siempre han existido gracias al hartazgo y la desobediencia. Si se piensa bien en los movimientos históricos, altermundistas y disidentes, estos han dejado una huella impregnada de rebeldía y de acción anárquica. Es decir, si no existe una desobediencia al sistema, no puede haber un cambio real. Y es que, justamente, la desesperanza como directriz realista implica un movimiento sobre el valle de lágrimas como un punto de no retorno y cambio de paradigma social. Así, anarquía más desesperanza genera inflexión.

A todo esto, se tendría que sumar la estructura imperante, o mejor dicho, la estructura ideológica imperante. En casi toda sociedad abundan los ideólogos estructurales, aquellas máquinas que se encargan de generar ideas que terminan convirtiéndose en cultura y que algunas tienden a sobrevivir y otras más caducan. La estructura ideológica, cuando se inclina al poder político-económico, termina convirtiendo el escenario social en un juego de ajedrez cuyos primeros objetivos son los peones. Por su parte, el ideólogo, incentiva a la división más que a la unidad y, desde luego, tiende a usar eufemismos que, junto a la posverdad y a la manipulación, pueden concretar una jugada maestra y hablar de unidad sobre la división, de amor sobre el odio, de fe sobre política.

Una estructura ideológica no puede estar al servicio de la sociedad; más bien, dicha estructura debe emerger de la misma sociedad. Empleando el vocabulario marxista, la estructura debe surgir de la clase mayoritaria: los trabajadores. Si se pretende analizar las fuentes de nuestra estructura actual, está plagada de una idealización de los rezagos culturales, sociales, políticos y económicos, donde el más ignorante tiende a obedecer y, en su rebeldía simulada, pretende el yo-patológico antes que el yo-ontológico. Así, la estructura ideologizada da prioridad al egoísmo extremo y enfermo (yo-patológico); de ahí que los ejemplos de la llamada narcocultura suelen hacer solo referencia a este yo extremo. Nuestra sociedad y su estructura impuesta solo velan por el interés propio de cada sujeto objetivado.
¿Qué tiene que suceder para que exista un punto de inflexión y realmente se pueda llevar a cabo un cambio estructural en la sociedad para disminuir los índices de inseguridad? Se necesita un paradigma que tienda al yo-ontológico, una estructura material surgida de la misma sociedad, priorizando a la clase mayoritaria. La política debería convertirse en un servicio antropológico y, desde luego, tendría que haber un retorno de la ética. Adela Cortina, filósofa española, en una entrevista intitulada ¿Para qué sirve la ética?, establece que solo la ética puede replantear el horizonte del ser humano, dialogando juntos sobre lo que creemos que es lo justo y lo mejor. El problema de ello es que lo ético lo hemos dejado al campo legal y al gubernamental.

Lo legal en ciertas ocasiones es inmoral. La ley no se hizo para educar u otorgar el modus vivendi; es más, esta regula las sociedades, pero nuestras leyes no brotan de lo social, sino del interés de unos particulares que juegan a la democracia. Nuevamente la disputa entre el yo-patológico y el yo-ontológico; entre los ideólogos legales-estructurales y entre la vivencia o la costumbre común. La dejadez de la sociedad ha llevado, entonces, a que la violencia, la inseguridad y los sinfines de delitos se vayan desperdigando. Si nuestra sociedad volviera a poner en el centro el diálogo ético y la ética en sí, la conciencia bien formada no daría paso a los trastornos sociales que vivimos.

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