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Veredas Psicosociales
Veredas Psicosociales es una organización de mujeres que acompaña proyectos de vida digna y contrarresta los efectos de las violencias y desigualdades desde el feminismo y una perspectiva psicosocial.
- Aunque solemos pensar el bienestar como una tarea individual, la realidad es que somos seres interdependientes: nuestra vida se construye y se sostiene en relación con otras personas.
De la utopía a la realidad
Soñar siempre se vale. De hecho, son esos sueños los que nos ayudan a imaginar y trazar los caminos necesarios para construir lo que deseamos. Pero ¿qué pasa cuando nos quedamos únicamente en el ideal y no aterrizamos lo que ocurre en la realidad?
Últimamente vemos cada vez a más personas hablando del cuidado colectivo, ¡y qué bueno! Pero nos resulta importante ahondar un poco en lo que implica realmente y cómo se ve en la práctica, ya que venimos de una ola que ha romantizado el autocuidado. Eso nos hizo preguntarnos si algo parecido está pasando con el cuidado colectivo, y qué es lo que no debemos perder de vista en el camino.
Sobre el autocuidado, nos han vendido la idea de que, para cuidarnos, debemos realizar una infinidad de actividades y consumir cada vez más: rutinas de skincare, pilates, gimnasio, meditación, compras constantes y otras prácticas de consumo suelen presentarse como sinónimos del autocuidado. A través de las redes sociales vemos constantemente cómo esta idea se reproduce y nos hace creer que, mientras más mercantilizada está nuestra vida, más nos amamos a nosotras y nosotros mismos.
Es por ello que, para hablar de cuidado propio y colectivo también tenemos que poner sobre la mesa las desigualdades que nos atraviesan. No podemos seguir reproduciendo la idea de que la exigencia y el consumo son las únicas formas de cuidado. Esa narrativa construye una imagen romantizada e inaccesible del cuidado. La mayoría de las personas no contamos con los recursos económicos ni con el tiempo para realizar todas esas actividades, para ir a pilates y después a desayunar en restaurantes lujosos con las amistades todos los sábados; y cuando no podemos hacerlo, muchas veces lo que se genera es culpa o un sentimiento de frustración al no poder lograrlo.
Esa idea del autocuidado encubre un problema estructural que reproduce desigualdades, sirve al sistema capitalista y prefiere que las personas crean que la responsabilidad del cuidado les corresponde únicamente a ellas, lanzando el mensaje de que, estar bien es responsabilidad exclusiva de cada persona.
Esta visión del autocuidado deposita el bienestar únicamente en los individuos, es decir, dejando de lado u olvidando la responsabilidad colectiva y la responsabilidad del Estado.
El autocuidado es necesario y debe practicarse sin dejar de señalar que, en estos tiempos, muchas formas de cuidado personal se disfrazan de consumo y reproducen ideas individualistas y capitalistas. Necesitamos mirar el cuidado desde otros ángulos y entenderlo también como un acto colectivo y una responsabilidad del Estado.

El cuidado colectivo es una apuesta que sostenemos desde hace mucho tiempo, pero esto no implica romantizarlo ni asumir que resolverá, por sí solo, todos los problemas que enfrentamos en la actualidad. Reconocemos, más bien, que el bienestar no puede sostenerse únicamente desde el esfuerzo individual.
Apostar por el cuidado colectivo es una forma de no depositar toda la responsabilidad del cuidado en una sola persona. Colectivizar el cuidado nos permite sostenernos en comunidad, acompañarnos en los momentos difíciles y no atravesarlos en soledad. Sin embargo, también requiere energía, tiempo, corresponsabilidad, compromiso y la construcción de redes que hagan posible que el cuidado sea compartido.
En varios espacios vemos que se habla de lo importante que es tener, y ser, una red de apoyo, de tener una tribu, de sostenernos entre todas y todos como algo muy bonito. Y sí, lo es, pero también aparecen las diferencias, los momentos en que no logramos ponernos de acuerdo, o en que quienes organizan suelen ser las mismas personas de siempre. Queremos recordar que el cuidado colectivo muchas veces es incómodo y complejo, y no por eso deja de ser valioso, necesario y transformador.
Como con el autocuidado, hay que cuidar que no estemos reproduciendo lógicas de mercado. No va solo de ver a las amistades cada cierto tiempo para tomar algo y platicar. Que también son prácticas que defendemos; sin embargo, es necesario no centrar toda la atención en ellas, también queremos que las lógicas del consumo atraviesen nuestras reflexiones cuando elegimos cómo cuidarnos.
El cuidado colectivo también implica organización. Organizarnos para cuidar a alguien cuando enferma, para protestar por las cosas que son injustas, para exigir derechos, para disfrutar la compañía de las otras personas solo porque sí. En la realidad, sostenerse en comunidad también puede ser cansado, se falla muchas veces, en la práctica, se reproducen violencias que tenemos muy arraigadas y verlas no siempre es fácil. Implica hablar de lo incomodo, atravesar los conflictos.
El cuidado colectivo puede ser una forma de resistencia ante el individualismo impuesto por el sistema económico que habitamos; por eso se vuelve una apuesta muy valiosa. También nos obliga a mirar sus riesgos: la romantización del sacrificio, la explotación emocional en nombre de la comunidad, la expectativa de una disponibilidad infinita de las demás personas, o el olvido de que el Estado tiene responsabilidades que hay que seguir exigiendo que cumpla.
El cuidado colectivo también necesita una distribución justa de responsabilidades, límites, compromiso, reciprocidad, consentimiento y descanso. Vale la pena preguntarnos: dentro de mi comunidad y mis redes, ¿en quién suelen recaer más las obligaciones y la organización?
El cuidado colectivo no está libre de cansancio ni de conflicto, pero sabe una cosa que el sistema empuja a que olvidemos: somos humanos, interdependientes e imperfectos. No podemos abandonarnos y no podemos dejar de mirar que, si hay cosas que atraviesan a la mayoría, es porque algo en la estructura tiene que cambiar.
Por eso es importante mirar críticamente cómo la romanización del autocuidado puede fomentar el individualismo y el consumismo, y cómo esa lógica nos debilita al concentrar nuestra energía en la competencia y en lo material. Cuidarnos de manera colectiva, desde la corresponsabilidad, permite sostener y reproducir la vida misma, sin dejar de lado que también es responsabilidad del Estado garantizarnos un sistema de cuidados digno, donde este trabajo no recaiga en una sola persona o como suele ocurrir, en las mujeres.
Hablar de cuidado colectivo y practicarlo no puede convertirse en solo una frase bonita ni en una nueva exigencia imposible de cumplir. Si queremos sostener la vida, necesitamos comunidades que se organicen, vínculos donde el cuidado se practique con reciprocidad y Estados que asuman las responsabilidades que les corresponden. Porque el cuidado no debería depender de cuánto dinero tenemos, de cuánto pueden aguantar nuestros cuerpos, o de cuánto somos capaces de sacrificar.
Cuidarnos y cuidar la vida también implica transformar las condiciones que hoy la hacen tan difícil de sostener.


