- En el centro de Oaxaca, una antigua sala de cine que conserva la memoria de las funciones familiares alberga hoy el Cinema Venus, un espacio donde algunos hombres exploran deseos que mantienen ocultos.
Axel Illescas/ El MuroMx
Oaxaca de Juárez.- La ciudad crea sus espacios inmundos para recordarse a sí misma qué desea ser pero no puede. “Es como un mundo interno, íntimo, la otra cara de la moneda”, dice Joel, de 58 años, casado y con tres hijas.
–Como yo, que soy gerente de ventas, pero antes de llegar a casa, siempre vengo aquí; a mí me gusta usar lencería, pero mi familia no lo entendería, yo sé que esto me lo voy a llevar a la tumba.
Son las 9:40 de la noche y tras salir de la función del Cinema Venus, parados en la esquina de Bustamante y Moctezuma, Joel me cuenta sus deseos más íntimos. Lo hace porque me asegura que cuando terminemos esta conversación, no nos volveremos a ver. Yo intuyo además, que quería contarle todo a alguien.
Y aún más profundo, siento además, en el cuerpo, que se acercó a mí y se sentó en la butaca vieja acolchonada junto a la mía, en la función a oscuras, porque logré hablar por un instante el lenguaje de estos hombres que un viernes, a las siete de la noche, pagan un boleto de 75 pesos para ver una película porno en el centro de la ciudad de Oaxaca de Juárez.
Un lenguaje que se habla con el cuerpo y el deseo, y que hasta hace dos horas no sabía que existía.
El Rey pagaba en el Cine Río
–Una vez aquí se estrenó Lola la Trailera, y la mismísima Rosa Gloria Chagoyán vino a la función”, cuenta la señora Gloria, –mientras la gente le compra cigarros y cacahuates y las campanas del Templo de la Consolación, junto al Cinema Venus, anuncian que son cuarto para las siete–.
De niña, atesora la señora Gloria, ella venía junto a otras niñeces al domingo de matiné que se hacía en este cine inaugurado hace unos 40 años con el nombre de Cine Río, y que proyectaba principalmente películas mexicanas. Algunas familias se quedaban en el centro al salir del cine, aunque la mayoría regresaba a su casa, porque ya había sido mucha calle y tenían que ir a la misa por la tarde.
–Había una promoción que se llamaba El Rey Paga. Juntábamos las corcholatas de refresco y con eso podíamos entrar, –cuenta sentada, mientras vigila su triciclo con dulces, estacionado a pie de calle, junto a la entrada del cine–.
–Pero luego llegó el VHS y todo eso, y se vino abajo. Ya sólo quedan los cines como esos de Plaza del Valle, y aquí sólo publican películas de estas, –dice mientras se vuelve para mirar la cartelera a sus espaldas, con cuatro anuncios de películas porno–.
–Es raro que aún exista gente que pague por una película así, cuando ya todo está en internet, ¿no? –le pregunto.
–Sí, pero aquí vienen de todo. Igual y en su casa no pueden, porque luego están los niños o la familia. Ya esto se ve normal, con tanta cosa que hay, ya hasta los niños lo ven en el celular, –dice doña Gloria y cruza sus recuerdos de otro tiempo, donde las familias venían a este cine y si algo fallaba en la producción le gritaban al cácaro y todo se volvía risas–.
30 hombres sentados en 250 butacas
Están por comenzar las proyecciones de las siete de la noche. Este viernes, las funciones empezaron a las cuatro de la tarde. Me acerco a la taquilla y le pregunto al señor, de unos 70 años, si hay algún encargado con quien pueda hablar. Soy reportero, le digo. Me contesta que el joven de negro sentado en la puerta me puede dar información.
Me acerco y le platico que quiero hacer una nota acerca del cine. Quienes esperan dentro me voltean a ver y se alejan. Al menos ocho hombres están dispersos en la “sala de espera”: donde está la puerta de los baños, hay uno; sentado en unas bancas, hay otro; recargado en la pared, otro más. Ninguno de estos hombres se voltea a ver. Están con la atención fija en sus teléfonos, todos con cubrebocas, esperando la función.
Entra otro señor. El hombre de la entrada recibe el boleto –una impresión mal cortada– de manera impersonal y sin voltearlo a ver. Me dice que no está el encargado, que le deje mi número.
Salgo y le cuento a la señora Gloria que me pidieron que dejara mi número telefónico, que platicarían con el encargado mi propuesta de hacer un reportaje del cine y luego me contactarían. Le digo que eso es señal de que nadie me contactará. Ella también lo cree.
Decido regresar a casa para cambiarme de ropa y entrar como cualquier cliente, con un cubrebocas y gorra. De vuelta al Cinema Venus, imagino lo que encontraré: hombres sentados lo más lejos posible unos de otros, observando películas en la oscuridad; ruidos a los que será mejor no voltear; cada quien haciendo lo suyo.
Compro mi entrada. –¿Todavía alcanzo?, le pregunto al taquillero cerca de las ocho de la noche. Afirma con la cabeza. Entrego mi boleto al jóven de negro, quien lo recibe en una caja de chicles vacía y vieja.
–La entrada es por la derecha, me dice.
Cruzo una puerta que parece un acceso pequeño de estacionamiento y la oscuridad apenas alumbrada por cinco foquitos verde tenue en la entrada. Hay 250 butacas acomodadas en un zigzag irregular, y al fondo se proyecta una película con mal doblaje al español de españa, en la que una mujer cercana a los 40 años le da órdenes a un hombre que usa una mordaza con diseño de exágonos negros como los de un balón de fútbol. Pronto entenderé que aquí la película es lo de menos. Pronto, mi imagen mental de hombres aislados, se quiebra.

Me siento lo más pronto posible en las butacas de atrás, la mayoría separadas en pares. Hay seis hombres de pie cerca de la entrada, donde también está un pequeño cuarto desde donde se proyectan las películas. Me dan la impresión que nos vigilan porque están de pie, caminando entre las butacas. Todos me siguen con la mirada.
Cuando por fin alejan sus ojos de mí. Saco una libreta de apuntes y tomo algunas notas. El lugar luce como un estacionamiento techado, lo cual no es raro porque hace años el gran Cine Río, con su única sala enorme, fue partido en dos y la pared a mi izquierda hoy la divide de un lugar efectivamente habilitado como estacionamiento de cobro.
El espacio es una bodega larga de 15 por 30 metros, con paredes de 10 metros de altura. Una tela blanca cubre la pared del fondo que simula ser la pantalla. En el muro de la derecha hay cortinas azules para reducir el ruido y bocinas colocadas cada cinco metros. Bajo una luz tenue verde, se distinguen cientos de manchas de semen.
Hay unos 30 hombres repartidos por toda la sala: ocho permanecen de pie junto a las paredes laterales. Creía que cada quien estaría en lo suyo, pero aquí pasan muchas cosas al mismo tiempo porque hay un lenguaje de miradas, cuerpos y caminatas.
Los hombres de la entrada, que creía estarían vigilando, en realidad esperan. Esperan un cruce de miradas de más de seis segundos. Aprendí rápido ese lenguaje. Sentado en mi lugar los miro a todos, pero sin sostener la mirada a nadie. La aparto con seguridad y arrogancia para que sientan que es un rechazo y no una evasiva llana. Lo aceptan y buscan otra mirada. Caminan. Entran y salen.
Siento que saben que soy la novedad, porque al menos la mitad de los hombres vienen frecuentemente; el resto son personas que utilizan la oscuridad para encontrarse. Como esos dos jóvenes de unos 28 años, con aspecto de trabajadores administrativos.

Sentados primero en filas diferentes, uno recibe un mensaje y lo ve en su teléfono; luego ambos se sientan en la misma fila. Dejan pasar unos minutos, y por fin, se sientan juntos. Se abrazan. Se besan. Se paran del asiento y se van atrás del cuarto de proyección. De pronto, uno se inca.
En cambio aquí, empieza la procesión. Un señor de 60 años, suéter de rombos; un hombre de 30 con ropa deportiva; uno con camisa de mangas cortas y lentes, de 45 años; uno con chanclas y shorts, de 35. Lo que más hace ininteligible este espacio de otra sala de exhibición, es que cada tanto, la mayoría se para de sus asientos y deambula por todo el cine. Camina entre butacas como quien pierde su teléfono, se detienen en donde ya hay una pareja besándose, la observan un rato y siguen caminando. Caminan por los pasillos, frente a la pantalla, buscando otras miradas, y se vuelven a sentar. Llega un señor de negro de unos 50 años con un jóven de negro de 20. Se sientan juntos y clavan la mirada en la pantalla.
En esta última caminata Joel pasa junto a mí y se me queda viendo. No volteo pero sé que sabe que no lo veo. Sabe que sé que está allí de pie. Se sienta a dos filas al frente de mí. De nuevo la procesión. La mayoría camina. Joel ahora está solo a una fila de mí. Varios salieron y ahora somos únicamente cerca de 10 hombres. Me paro, voy para atrás, observo todo el panorama y me decido a hacer un recorrido por el pasillo derecho, luego frente a la pantalla y termino de regreso en mi asiento de la última fila pegada al pasillo de la izquierda, como en forma de n.
Prendo un cigarro para camuflarme –porque claro que se puede fumar en este espacio cerrado y tirar la basura al piso– y empiezo mi caminata. Me detengo cerca de la pantalla, en la cuarta fila. Me recargo en la pared a mi derecha y a mi izquierda noto a un joven con casco de moto y lentes observándome; esta vez decido voltearlo a ver y sostener la mirada un rato más. Dirige sus ojos a mi entrepierna y pasa su lengua por los labios. Suficiente. Volteo la mirada a la pantalla. Fumo y me río para que constate mi rechazo, porque sé que aún me ve. Sigo caminando. Me termino la mitad del cigarro. Me siento de nuevo hasta atrás.
Tenemos algo dentro que no es común y lo deseamos
Joel sale del lugar, luego regresa y se sienta detrás de mí. Yo continúo escribiendo todo esto en una libreta. Me termino el cigarro. Llega por mi derecha y me pregunta –¿estás haciendo un reportaje?
Lo volteo a ver y me río. Me dice que si se puede sentar junto a mí. Le digo que sí. Le pregunto cómo supo que estoy haciendo un reportaje. Me dice que porque me vio que escribía y escribía. Empiezo a preguntarle acerca del lugar, del lenguaje del cuerpo, de las personas.
Joel me cuenta que aquí vienen hasta albañiles y trabajadores del mercado.
—Como ese chavo —dice mientras me lo señala—. Viene siempre y le gusta hacer sexo oral, pero sólo a los que él escoge.
Luego añade:
—Este espacio está en decadencia. Aquí, doblando la esquina, hay unos cuartos oscuros donde cobran 80 pesos por entrar, pero no me gusta. A mí me gusta el romance, hacer el amor.

Concluye que aquí los hombres vienen porque afuera no pueden expresarse. Unos vienen a encontrarse, la mayoría son hombres gays provenientes de contextos históricamente empobrecidos, que no encuentran en la calle un espacio para su deseo.
Platicamos 10 minutos y la sala poco a poco va vaciándose hasta que a las nueve en punto termina la película. Entonces prenden las luces y tenemos que salir. Salimos todos juntos. Sólo queda el taquillero. Ya no está ni el encargado, ni la señora Gloria y sus dulces. Joel se despide con un buenas noches del taquillero.
En la banqueta continuamos la plática.
—Mira —dice Joél mientras señala hacia la esquina—. Desde aquí se ve el portón de los cuartos oscuros que te digo.
—Yo creo que no existe “lo normal”. Todas las personas tenemos algo adentro que no es común, pero que deseamos. En mi caso, me gusta usar lencería. No siempre fue así. Después de que nació mi segunda hija, un día intenté ponerme unas medias mientras tenía intimidad con mi esposa. Ella me descubrió y no me bajó de puto. Desde entonces me desanimé mucho; nunca volvimos a hablar del tema y yo tampoco insistí.
–¿Qué habrías hecho si tu esposa te hubiera aceptado? –le pregunto, intrigado–.
No estaría aquí, así. Sería más pleno. Aunque me considero pleno, hice lo que un hombre debería hacer: nacer, crecer, reproducirse; hice mi casa, crié a mis hijas, amé –amo– a mi esposa. Mi hija menor está terminando la carrera en odontología, pero yo sé que nunca les diría esto que hago. No lo entenderían. Aquí no hay espacio para que gente común pueda explorar su sexualidad.
—Yo creo que todos tenemos deseos y fantasías, desde el más rico hasta el más jodido. Yo trabajé con el gobernador Diódoro Carrasco y ellos mandaban por gente para sus fiestas, porque tenían todo el dinero. Pero quienes no tienen esa lana, ¿a dónde van?
Yo estoy muy bien con mi familia, pero en la intimidad tengo esto que es mío. No siento que esté mal ni siento culpa. Yo soy bisexual y me gusta sentir el roce de la ropa interior femenina. La uso incluso cuando voy a trabajar, debajo de mi ropa de todos los días.




