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Las insurgentes | Cada una con su lucha pero todas juntas

Antes de que supiera el significado de la palabra sororidad, reconocerme en otras mujeres era un ejercicio de deconstrucción de mi propia historia de vida.

 

KAREN ROJAS KAUFFMANN 

Los movimientos feministas consideran que lo que no se nombra, no existe. De ahí que ponerles nombre –y género- a las cosas suponga necesariamente, pensar sus cualidades, cifrar sus valores ocultos o disentir al respecto de sus formas. La necesidad de construir una alianza entre mujeres desde una posición política de género, hizo que algunos grupos o asociaciones de mujeres acuñaran la palabra sororidad para intentar explicar las relaciones de hermandad y solidaridad que se dan entre nosotras, cuando creamos redes de apoyo que empujan verdaderos cambios estructurales.

La palabra sororidad está formada según el mismo patrón lingüístico que fraternidad, a partir de la voz latina soror que significa “hermana” en lugar de frater que significa “hermano”.

Pero más allá de estas precisiones lingüísticas ¿qué sería de las mujeres sin el amor de las mujeres? ¿qué sería de las mujeres en crisis, sin la ayuda de otras mujeres que antes también estuvieron en crisis?

Cómplices, madres, hermanas, tías, amigas, amigas de nuestras amigas, colegas, conocidas o auténticas desconocidas que han hecho de la empatía su leit motiv, su propósito de vida.

Antes de que supiera el significado de la palabra sororidad, reconocerme en otras mujeres era un ejercicio de deconstrucción de mi propia historia de vida.

Una historia plagada de desencuentros y contradicciones, en la que me queda claro, no existía una solidaridad ‘natural’ femenina, sino la urgente necesidad de acabar con esas barreras que me tenían jodida, rivalizando. Y que a la larga nos mantienen distantes entre nosotras y de nosotras mismas.

Pensar en mi historia como una trama en el que tu historia es –al mismo tiempo- un hilo de otro entramado de historias que hilvanan el manto de lo público y lo privado y nos permite, juntas, sostener el tejido social -esa urdimbre densa y complejísima de la familia, la pareja, la amistad, lo espiritual y lo laboral que nos compone- pone de manifiesto que es cierto, que para mover la nave hay que jalar hacia el mismo sitio. Y ahí estamos todas las “locas”, empujando, construyendo una experiencia entre mujeres que conduzca a la búsqueda de relaciones más positivas política y subjetivamente, cuerpo a cuerpo, intentando, desmantelando, eliminando todas las formas de opresión para lograr el poderío genérico y el empoderamiento vital de cada una de las mujeres. Y ahí estamos las contestonas, las inconformes, las preguntonas, las rebeldes.

Porque no se trata de aceptarlo todo a pie juntillas. No se trata de aceptar embelesadas ni de coincidir en concepciones del mundo cerradas y obligatorias. Se trata de acordar de manera puntual y limitada algunas cosas cada vez con más mujeres. Crear vínculos sumando.

Y como la sororidad es un pacto político entre iguales, debemos ponernos de acuerdo y discrepar con el mismo respeto que le exigimos a los hombres sobre nuestro género, y cultivar diálogos, reflexiones o dimisiones justas, donde lo importante sea en realidad, tender redes de colaboración entre nosotras, para ampliar nuestras coincidencias y potenciar la fuerza que necesitamos para defender nuestros deseos en el mundo, cada una con su lucha pero todas juntas.

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Karen Rojas Kauffmann

Karen Rojas Kauffmann

Es reportera, fundadora de ElMuro mx, colaboradora de la Red de Periodistas de A Pie y miembro del Colectivo Reporteras en Guardia, que creó el memorial mataranadie.com. Estudió Ciencias de la Comunicación en Universidad de las Américas-Puebla, y la maestría en Filosofía del Arte en la Universidad Autónoma de Puebla. Fue editora en los periódicos impresos La Jornada de Oriente y Síntesis. Se especializa en temas de género y derechos humanos, movimientos sociales y grupos vulnerables

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