Los jóvenes mexicanos han sido los más afectados por la pérdida de empleo que dejó la crisis sanitaria por
COVID-19. Entre marzo y diciembre del año pasado, 440 mil 047 jóvenes de 15 a 29 años perdieron su empleo
El resto de los empleos perdidos a lo largo de la pandemia —339 mil 758— se dio entre trabajadores de los 30
hasta los 75 años de edad.
Animal Político reunió testimonios de jóvenes que cuentan cómo la pandemia los ha obligado a aceptar malas
condiciones laborales o de plano los ha arrojado al desempleo; también, cómo han visto truncados sus planes
profesionales.
Especialistas alertan que situar a la juventud en la precariedad laboral tendrá un impacto negativo que, en unos
años, afectará colectivamente a toda la población.
“La pandemia vino a hacer más evidente que los más prescindibles y los más vulnerables son los más jóvenes. A
las empresas e instituciones se les hace más fácil cortar a un joven que cortar a un trabajador con más
experiencia o que acumuló determinados derechos. Como esos jóvenes normalmente son contratados de una
manera precaria, sin muchos derechos, pues es más fácil cortarlos”, sostiene Héctor de la Cueva, coordinador del
Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (Cilas).
“(La enfermedad de Covid)”, agrega, “ha venido a reforzar la tendencia de que el joven tiene que aceptar un
pequeño ingreso en cualquier empleo en las condiciones que sean si quiere ganar un poco de dinero, es decir,
están expuestos a los peores abusos”.
“La empresa me dijo: no te podemos ofrecer más dinero”
En el último tramo de la carrera de Arquitectura en La Salle, Jeannine Rico, de 25 años, había asegurado un
trabajo como practicante en un despacho en el que le pagaban 2 mil pesos mensuales. Era poco dinero, pero era
mayor la expectativa de ser contratada con un mejor salario una vez que se titulara como licenciada.
Se graduó en medio de la pandemia, de manera remota. Pero la crisis sanitaria no solo afectó la ceremonia de
graduación. En el despacho donde trabajaba como practicante dejaron de pagarle. Aguantó un rato sin cobrar un
solo peso, con la idea de que cualquier aprendizaje es bueno aunque de él no se coma, dice Jeannine en
entrevista. Un día decidió que era suficiente y buscó un trabajo remunerado.
“Empecé a buscar trabajo por la misma situación y simplemente no había. No es que no buscara, no es que no
preguntara: no había en ningún lado, y era preocupante, porque a mis compañeros les preguntaba si sabían de
algo, y a la mayoría nos habían dejado exactamente igual: sin sueldo o sin trabajo. Fui a un par de entrevistas, la
mayoría con sueldos muy, muy bajos.
“La verdad es que ha sido súper deprimente, y que ahorita no haya trabajo, nos pusieron una traba y se nos
retrasaron muchas metas profesionales que varios de nosotros ya teníamos”, comparte.
Tras medio año de búsqueda, Jeannine dio con una oferta laboral en un despacho en el que está próxima a
empezar. Eso sí: le advirtieron que, al menos durante dos años, le van a pagar menos de lo que le correspondería
por su preparación y funciones.
“En la misma empresa me dicen: ‘No te podemos ofrecer más dinero porque simplemente no hay, no tenemos, a
lo mejor en uno o dos años nos regularizamos y podemos ofrecerte un sueldo acorde a lo que vas a estar
haciendo, pero por el momento es todo lo que podemos ofrecerte.’ La verdad, sí está bastante duro”, dice.
“Me deprimió saber que no hay trabajo”
Hugo Pérez tiene 25 años y vive en Chimalhuacán, en el oriente del Estado de México. Este joven, cuyo nombre
fue cambiado a petición suya, es padre de un niño de 5 años y vive con su esposa, de 25, en casa de su suegra.
Estudió el bachillerato y lo concluyó como mecánico automotriz. Antes de la pandemia ya le había sido imposible
ejercer su oficio. En los últimos 10 meses ha transitado por trabajos de limpieza o de guardia de seguridad. En
algún momento él mismo intentó abrir una verdulería en su colonia, pero el negoció no prosperó.
“A lo mejor te entra la tristeza, pero es más la incertidumbre de: ¿ahora qué vamos a hacer y dónde vamos a
conseguir trabajo? Porque con esto de la pandemia bastantes negocios cerraron”, dice.
En su actual empleo, como guardia de la Central de Abastos de la Ciudad de México, le pagan 3 mil pesos
quincenales. Ni siquiera firmó un contrato. No tiene prestaciones, tampoco seguro, de modo que él y su familia
están en la más desnuda vulnerabilidad ante la pandemia de COVID
“Se sigue viendo a diario que sí hay uno que otro anuncio de ‘Se solicita personal,’ pero son empleos, la verdad,
muy matados, de cargadores, de chalán, para un sueldo que, dices tú: ‘es que no me alcanza para solventar los
gastos de mi familia.’ Sí está un poco complicado”.
Para llegar a su empleo actual, recuerda, pasó por varias entrevistas en donde le exigieron pagar prueba PCR para
confirmar que era negativo a COVID o presentar una carta de antecedentes no penales federales, trámite que,
sostiene, estuvo restringido durante la pandemia.
Hugo, sin embargo, ve la adversidad con optimismo. Dice que la crisis es una oportunidad.
“Después de pasar una situación tan crítica durante casi un año, lo único que te queda es aguantar y agarrar
experiencia de ahí, porque, si te quedas ahí mismo, el freno ya no te lo pone la pandemia, el freno te lo pones tú
mismo, eso ya es cosa de cada quién. En lo personal, a lo mejor sí me deprimió un poco, me dio tristeza saber que
no hay trabajo, pero, si se te cierra una puerta, una ventana se te abre”, afirma.
“Son los más vulnerables entre los vulnerables”
Héctor de la Cueva, coordinador del Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (Cilas), considera
que no hay una estrategia gubernamental específica para rescatar a los jóvenes en medio de la pandemia, pese a
que se trata del grupo más perjudicado.
Para el especialista, en los más de 10 meses que lleva la emergencia sanitaria, el gobierno federal ha seguido un
plan prepandémico basado en programas asistencialistas de becas que no hacen sino perpetuar la precariedad
laboral de la juventud trabajadora.
“Más que programas asistenciales, porque esa es la lógica que ha tenido el gobierno, lo que hace falta son
programas de productividad, de impulso de la producción y de reactivación económica donde se establezcan
condiciones y garantías adecuadas para los jóvenes”, expone en entrevista.
Por ejemplo, detalla, como parte del paquete de reactivación económica, las autoridades tendrían que fomentar y
vigilar que las empresas garanticen condiciones laborales decentes para los jóvenes en general, así como
implementar acciones afirmativas que beneficien específicamente a las mujeres.
“Lo que hace falta, independientemente de reactivar la economía, es que dentro de los planes de reactivación se
adopten estrategias y políticas públicas destinadas a fomentar el empleo decente para los jóvenes. Si se sigue con
la lógica asistencialista de darles un poquito de dinero o de darles una bequita que después no va a transformarse
en empleo, pues no se soluciona el problema”, advierte.
Procurar un trabajo estable y digno para los jóvenes es vital, explica, porque ello garantiza la sobrevivencia de la
propia sociedad en su conjunto: mejores empleos derivan en mejores sueldos, más ahorro, más gasto y más
“Quería ayudar a mis padres a terminar su casa”
En el municipio de La Paz, en el lado opuesto del Estado de México, en el oriente pobre, vive José Antonio
Gutiérrez, de 29 años.
Fue durante cuatro años “ejecutivo de ventas” en el Papalote Museo del Niño, una asociación civil que funciona
mediante financiamiento público y privado. Le pagaban comisiones en función del volumen de sus ventas: entre
más vendiera, mejor le iba. El año pasado, tras el golpe de la pandemia, fue despedido.
No ha tenido éxito en conseguir otro empleo, pero además, se enfrenta al miedo que le provoca la distancia que
hay entre su hogar y posibles áreas de trabajo. Para el traslado, necesariamente tendría que seguir el trayecto en
transporte público de La Paz a Pantitlán, una terminal en la que no hay lugar para la sana distancia.
“Debo confesar que sigo teniendo un poco de miedo a salir y enfrentarme a la ciudad, con todo esto de las
enfermedades. Mis papás son relativamente jóvenes, tienen más de 50 años, (pero) exponerme a la ciudad me
causa un poco de miedo a que yo me pueda infectar y pueda infectar a mis padres”, afirma José Antonio.
Con sus ahorros ha podido quedarse en su casa y ayudar a su madre atendiendo su tienda de abarrotes, y a su
padre, que se dedica a la construcción. Pero los ahorros se agotan.
“Parte de mi proyecto de vida era ayudar a mis padres a terminar de construir la casa (…) y después de esto yo
mudarme para empezar mi propio proyecto”, cuenta.
Otro de sus planes era comprarse un coche, para evitar, por fin, la lucha de todos los días para ganar un lugar en
el metro Pantitlán. No pudo completar ninguno de sus objetivos.
“Mi intención es nuevamente empezar a buscar trabajo. Desgraciadamente, los ahorros, cuando no se utilizan
para lo que están destinados, se te van rápido. Se me están acabando los ahorros y lo que quiero es conseguir un
trabajo”, comenta.


