Karen Rojas Kauffmann/
Río Metates, Copala, es un pueblo de 725 habitantes olvidados entre los pequeños valles y las laderas pronunciadas del municipio de Santiago Juxtlahuaca. Como nadie lo visita, su oficina de gobierno luce triste y sus caminos rurales son culebras antiguas que se arrastran con dificultad entre las montañas.
A pesar de ser tan pequeño, el pueblo tiene límites claros. De entre la vegetación, abundante y fecunda, brotan cerca de cien casitas humildes: la mayoría tiene una sola habitación, piso de tierra, y las paredes llenas de rendijas por donde se filtra el agua y la niebla. También hay una iglesia pobre y blanca, con muy pocos santos, y un cementerio.
De aquellas viviendas por donde el tiempo se estanca como la lluvia, solamente quince tienen instalaciones sanitarias, y apenas cinco cuentan con acceso a la luz eléctrica, por eso en Río Metates anochece siempre a las seis y media de la tarde.
Los datos de agentes municipales sobre los atropellos del ejército en la región triqui dicen, que una tarde interminable de enero de 1979, fueron enviados desde el Batallón de Infantería de Pinotepa Nacional 34 elementos de tropa para ‘pacificar’ aquella zona de Juxtlahuaca. El entonces gobierno de Oaxaca, había asignado una partida táctica en cada uno de los pueblos y rancherías de la nación triqui, para contener la violencia imparable que ha acusado, desde los días más remotos, a los indígenas de salvajes.
Según la versión oficial del Estado, los efectivos llegaban al pueblo porque habían recibido denuncias sobre individuos dedicados a cometer asesinatos, siembra de amapola y marihuana.
Pero a la instalación de los militares, llegaron los abusos, –me cuenta Luciana, quien en 1979 era una niña de apenas 6 años, y que ahora trabaja lavando ropa y cuidando niños, que no son suyos, en la ciudad de Oaxaca.
Siempre que le pregunto por los soldados, Luciana hace grandes silencios. Duda. Articula cada palabra como si le costara trabajo reconstruir sus recuerdos.
Ilustración Antonio Mundaca y Daniel Berthely


