El Sermón del Face
Miguel A. Vázquez de la Rosa
Miguel A. Vázquez de la Rosa estudió Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Es Integrante de la directiva de Servicios para una Educación Alternativa A.C. (EDUCA) desde 1994. Formó parte de la Comisión de la Verdad de Oaxaca y fue director de Radio Universidad de 2017 a 2022.
- Conocedor de los resortes que activan la neurosis de la clase política mexicana, Andrés Manuel López Obrador es una combinación de ocurrencias y contraintuición; la alta autoestima de quien se atribuye poderes cuasi milagrosos.
Prometió que, cuando asumiera la presidencia de la República, iba a acabar con la corrupción; los pobres ocuparían, entonces, los primeros lugares en el banquete del Reino; los criminales claudicarían a su maldad para caer derrotados por la ternura de los abrazos; los jóvenes tendrían empleo y, a aquellos que anduvieran en malos pasos, sus propias abuelas los corregirían; separaría el poder económico del político y, como reza el canto del Magníficat, “a los hambrientos colmaría de bienes y a los ricos despediría vacíos”. La Tierra Prometida.
Durante seis largos años, legiones de fieles creyeron que sólo era cuestión de tiempo. No alcanzamos aún la Tierra Prometida porque la carretera que nos dejaron los neoliberales quedó llena de baches, en muy mal estado. Mientras atiborraba al pueblo de promesas, la fortuna de los hombres más ricos del país se multiplicó; los militares hicieron jugosos negocios en el Tren Maya, el Corredor Interoceánico y el AIFA; México se convirtió en la policía migratoria de Estados Unidos; incrementaron los homicidios dolosos y las desapariciones forzadas; selvas fueron devastadas en el sureste del país por las mega obras del bienestar. El pueblo bueno, cegado por el entusiasmo, y siempre en espera del milagro, quemó incienso a los pies del adorado líder.
“No es el Mesías”, me dijo un amigo, “es Moisés”. Esta es una mejor manera de caracterizarlo, insistió quien también es experto en estudios de paz. En el cristianismo, Moisés liberó a los israelitas de la esclavitud a la que los tenían sometidos los egipcios. Entabló relación con Dios en el monte Sinaí, donde le dictó los diez mandamientos. El “salvado del agua”, fue el encargado de conducir, en un largo éxodo, al pueblo hebreo hasta aquel lugar que mana leche y miel. De acuerdo a las Escrituras, Moisés no logró ver consumada su obra, murió antes que esto ocurriera.
Hace un par de años el sacerdote y defensor de derechos humanos, Alejandro Solalinde, dijo de López Obrador, “veo en él rasgos muy importantes de santidad”.

Rafael Landerreche, acompañante y asesor de comunidades indígenas, contaba una anécdota que describe perfectamente a este Moisés moderno. Durante la década de los noventa, en la lucha contra el fraude electoral en Tabasco, López Obrador realizó el Éxodo por la Democracia, una marcha de Villahermosa al entonces Distrito Federal. Después de días de caminar la gente empezó a desesperar: hambre y cansancio comenzaron a menguar los ánimos. Hubo quienes se acercaron a decirle, “Andrés la gente ya está cansada y casi no tenemos comida”. Andrés respondió, “no se preocupen, mañana vamos a comer carne”. Esto era una locura, nadie en sano juicio creía que eso iba a suceder. Al día siguiente, una vaca fue atropellada en plena carretera y hubo que sacrificarla. Ese día comieron carne.
Esta anécdota retrata de cuerpo entero la personalidad y la psique del presidente. Conocedor de los resortes que activan la neurosis de la clase política mexicana, el exdirigente social es una combinación de ocurrencias y contraintuición; la alta autoestima de quien se atribuye poderes cuasi milagrosos. Ese es Andrés Manuel, la promesa de lo imposible y esperar a ver si se aparece en el camino una vaca atropellada; luego la justificación y la nueva promesa. Por eso domina la conversación pública, por el discurso que fustiga a los malos y utiliza el recurso inagotable de la Tierra Prometida para traer esperanza al pueblo bueno. Por estas razones es que desespera a punto del delirio a sus adversarios políticos.
Reflexiono en torno a esto, a unos días que termine el sexenio de López Obrador y, en medio del debate nacional sobre la Reforma al Poder Judicial.
La nueva promesa del presidente es que al fin habrá justicia: caerán los jueces corruptos y sus privilegios; cualquier mexicano o mexicana podrá impartir justicia, con sólo haberse inscrito en la carrera de Derecho y exentar con ocho de promedio; se ajustarán cuentas con los ministros de la Suprema Corte, se reducirán sus sueldos y pensiones; se elegirán a jueces, magistrados y ministros por el voto popular; habrá un Tribunal Disciplinario que será el azote de los ineficaces impartidores de justicia. “La paz será el fruto de la justicia” Hacia allá caminamos, la nueva Tierra Prometida de Andrés Manuel.
Sin embargo, el horizonte no pinta nada bien. Una cosa son las ocurrencias, las promesas o los buenos deseos de campaña; otra muy distinta, es la realidad. La reforma propuesta por el Ejecutivo, no va a resolver los graves problemas de justicia que enfrenta el país, para ello se tendría que reformar todo el sistema político. El pequeño detalle es que ahora Morena cuenta con mayoría calificada, en la cámara de diputados y senadores, para modificar la Constitución. Estamos entrampados entre el capricho presidencial y una verdadera reforma que deje a todos satisfechos, incluidos a los propios morenistas que no se atreven a quitarse la venda y levantar la voz.
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© Fotografía Cuartoscuro


