- Del 22 de septiembre al 4 de octubre, el Museo Infantil se convirtió en el epicentro del Festival Artivismo en Movimiento, un evento que demostró que los rieles del progreso ahora conducen hacia nuevos destinos creativos en Oaxaca.
Texto: Karen Lizeth García Díaz*/
Oaxaca de Juárez.- En el corazón de Oaxaca, donde el eco de los trenes se desvaneció durante décadas, ha surgido un nuevo sonido: el de estudiantes haciendo realidad sus sueños. La Antigua Estación del Ferrocarril, que antes resonaba con las locomotoras y el bullicio de viajeros apresurados, hoy alberga un ritmo diferente. Es el ritmo del arte, la juventud y la transformación. Del 22 de septiembre al 4 de octubre, este espacio renacido como el Museo Infantil de Oaxaca (MIO) se convirtió en el epicentro del Festival Artivismo en Movimiento, un evento que demostró que los rieles del progreso ahora conducen hacia destinos creativos.
Los preparativos y expectativas
Horas antes de la inauguración, el MIO guardaba un silencio reverencial, cargado de expectación, este museo olía a pintura fresca y a tierra húmeda del patio central. Justo ese día el clima decidió que era bueno llover, así que se escuchaba el ruido de la lluvia y del equipo técnico que estaba haciendo pruebas. Mientras tanto, por otro lado, se encontraba Celeste Santiago, en las afueras del auditorio pintando los carteles que se iban a presentar en este festival.
El equipo de Documenta, en colaboración con la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO), transformaba lo que fueran bodegas y oficinas en salas de exposición y talleres. Cables, cámaras y micrófonos se enredaban, listos para capturar las historias que estaban por nacer. Era evidente que este no sería un evento cualquiera: era la materialización de un sueño comunitario.
La presentación del esfuerzo
A las 17:30 horas del sábado 04 de septiembre, las puertas del MIO se abrieron para dar la entrada a las personas que asistieron a ver el resultado de esta semana de trabajo. Casi 150 personas cruzaron el paso de la antigua estación como si ingresaran a un nuevo territorio. La emoción era palpable; una mezcla de ansiedad por parte de los ponentes y emoción de los invitados flotaba en el aire. La primera fase del festival, realizada en septiembre, prometía ser un viaje inolvidable.

Durante la presentación, se nos presentaron los resultados de los distintos talleres que hubo: de laboratorio escénico, cortometrajes documentales, podcasts y fotoperiodismo social. Los participantes, muchos de ellos nuevos en esto, se lanzaron a procesos creativos que no solo desafiaron sus habilidades técnicas, sino también sus propios límites. “Fue una experiencia completamente nueva para mí”, confesó uno de los asistentes. “Es especialmente enriquecedor para las personas introvertidas, ya que te impulsa a superar tus propios límites”.
Entre murales
Entre pinceles se encontraba una mujer vestida con una sudadera café y un pantalón de mezclilla. Esta mujer se llama Celeste Santiago y fue la encargada de realizar los carteles que estarán expuestos durante todo este mes. Mientras todos se encontraban en la presentación de documentales y trabajos finales, Celeste se encontraba en las afueras pintando: “mi arte se define como expresionismo y las pueden encontrar en una galería de Xochimilco, dar este taller fue una experiencia nueva para mí de la que siempre estaré agradecida”.
El eco del esfuerzo
Durante todo el rato que estuve presente, noté a una persona que captó mi atención, pues siempre estaba corriendo y dirigiendo a los técnicos, era un hombre alto, güero, vestido muy formal, de camisa azul y pantalón negro. Momentos más tarde tuve la oportunidad de platicar con él y me contó que se llama Arturo Saavedra y es el director del MIO, comentó que el museo ya ha sido sede de este festival en años anteriores. “Esperaba algo muy bueno, porque la edición anterior fue muy afortunada, pero esto superó todas mis expectativas”, compartió mientras observaba el flujo de personas en la sala principal. “Me siento emocionado de ver los proyectos de todos los participantes, especialmente porque para muchos es su primera vez realizando estas actividades. Ya quiero ver todos los resultados de tanto esfuerzo”.

La antigua estación, lejos de ser una reliquia olvidada, se ha transformado en un motor de cambio. Sus paredes, que antes escuchaban las órdenes de los jefes de tren, ahora son testigos de debates sobre identidad, justicia social y memoria colectiva. Sus andenes, donde alguna vez se escucharon los silbidos de los trenes, ahora resuenan con las voces de quienes buscan un futuro mejor.
En medio de una explosión de creatividad, un grupo de niños scouts, luciendo sus uniformes impecables rojos y pañoletas verdes al cuello, recorría las exposiciones con ojos llenos de asombro. Carlos Eduardo Luria Figueroa, su líder, compartía: “El aprendizaje se basa en las tradiciones y costumbres de antes, por eso decidí traer a la tropa para que aprendan más sobre sus raíces y lo que pueden lograr”. Uno de los niños, que no debía tener más de diez años, señaló una pieza de fotoperiodismo y preguntó: “¿Eso pasó aquí, en Oaxaca?”. Su pregunta resonó como un recordatorio de que el arte no solo documenta, sino que también educa.
La noche del sábado 4 de octubre, alrededor de las 20:00 horas, el festival llegó a su fin. Pero no fue un adiós, sino un “hasta pronto”. El cierre estuvo marcado por un concierto en vivo y la entrega de marquesitas, cuyo dulce aroma se entrelazó con la música y las risas. Sin embargo, bajo la celebración latía una reflexión profunda. Las obras creadas durante el festival permanecerán expuestas en el andén de la antigua estación durante los próximos dos meses, permitiendo que el diálogo con la comunidad continúe.
Uno de los talleristas, con voz firme, resumió el sentir general: “Cuenten su verdad, porque hacer arte es cambiar el mundo”. Sus palabras resonaron en la noche oaxaqueña como un manifiesto, un compromiso colectivo de seguir creando, resistiendo y transformando.
El MIO, con sus rieles simbólicos, ha demostrado que Oaxaca no necesita trenes para viajar hacia nuevos destinos. Le basta con el arte, la comunidad y la convicción de que otro mundo es posible, y se está construyendo en cada mural, en cada cortometraje, en cada voz que se alza en la antigua estación. El artivismo ha descarrilado el olvido y ha emprendido una ruta sin retorno hacia la creatividad.
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Estudiante de la Licenciatura en Comunicación y Medios Digitales de la Universidad La Salle Oaxaca, esta crónica se realizó en el marco de la asignatura de Periodismo II impartida por el profesor Axel Illescas, en colaboración con El MuroMX


