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Juntas

Veredas Psicosociales

Veredas Psicosociales es una organización de mujeres que acompaña proyectos de vida digna y contrarresta los efectos de las violencias y desigualdades desde el feminismo y una perspectiva psicosocial.

¿La despolitización tiene que ver con la apatía o la indiferencia? ¿Responde a un sistema que, una y otra vez, nos empuja hacia el individualismo? Tal vez no tenga una causa única y pueda pensarse también como un síntoma: el cansancio acumulado de sentir que pocas cosas cambian, de la desesperanza que, en algunos momentos, parece ganar terreno.

¿Qué alimenta entonces la despolitización? ¿Es una de las principales causas de la desesperanza o, por el contrario, es la desesperanza la que, de una u otra forma, produce despolitización? Más que establecer una relación lineal de causa y efecto, consideramos que ambos fenómenos pueden analizarse de manera independiente, pero también que mantienen una profunda vinculación. Hay, sin embargo, una pregunta sobre la que sí parece haber claridad: ¿a quién le conviene la despolitización?

La despolitización no ocurre en el vacío. Como hemos señalado en otros espacios, comprender el contexto en el que vivimos es fundamental para reflexionar sobre estos procesos. En este sentido, existen múltiples caminos para aproximarnos a esta relación, todos ellos íntimamente entrelazados: el individualismo, la derechización del mundo que presenciamos actualmente, la concentración de los beneficios en un porcentaje cada vez menor de la población, el cansancio social, así como la creciente sensación de necesidad de orden y estabilidad.

Uno de los caminos que consideramos clave para pensar el vínculo entre despolitización y desesperanza es la derechización del mundo contemporáneo. Lo observamos en distintos países, incluso entre sectores jóvenes, y también a través de fenómenos difundidos en redes sociales, como el de las tradwives, que promueven un modelo de familia tradicional en el que las mujeres no trabajan fuera del hogar, se dedican al cuidado y se presentan como “felices”, mientras los hombres asumen el rol de proveedores. Mirado así, pareciera que estamos asistiendo a un retroceso en términos de pensamiento político, cuestionamientos sociales, luchas colectivas y exigencia de derechos.

Probablemente una de las razones por las que cada vez más personas se orientan hacia posiciones de derecha sea la promesa de esperanza que éstas ofrecen: la posibilidad de seguridad, bienestar y estabilidad. En un mundo que se percibe caótico e incierto, con tantos cambios y noticias que hacen retumbar al mundo, el retorno a lo tradicional puede aparecer como una salida que promete solidez y orden. La derecha opera, en muchos casos, como el deseo de que alguien vuelva a decidir cómo se vive, qué es seguro y qué funciona; ante la incertidumbre, lo conocido puede sentirse como alivio. Y esta puede ser una de las claves que nos ayude a entender por qué tanta gente está apoyando la política exterior intervencionista de la derecha estadounidense actual.

Aquí aparece otra clave fundamental: la búsqueda de seguridad, en la que se deposita la esperanza de orden, descanso y funcionamiento. Sin embargo, esta aparente seguridad no está exenta de trampas. No se trata simplemente de regresar a lo conocido, sino de renunciar a avances colectivos en materia de derechos humanos, igualdad y autonomía. Retroceder en la capacidad de las mujeres para decidir sobre sus cuerpos, su vida pública o su participación social puede presentarse como esperanzador, cuando en realidad responde a una lógica de sumisión, control y silenciamiento de las disidencias. La tarea pendiente no es volver a lo conocido, sino disputar el sentido de la seguridad: construirla de manera colectiva, desde el cuidado, las redes cercanas y la vida en común, apostando por formas de habitar el mundo donde la dignidad de la vida sea el centro.

Otro camino central para comprender la relación entre despolitización y desesperanza es el cansancio. En muchos casos, la despolitización no es indiferencia, sino el resultado de una vida cotidiana que desborda. La precarización laboral y la creciente inviabilidad económica de la reproducción de la vida hacen que el cansancio físico, mental y emocional se vuelva permanente.

Este cansancio no se limita al plano individual, sino que permea el ámbito colectivo y atraviesa a las propias luchas sociales. En este contexto, la defensa de los derechos se ha visto progresivamente fragmentada, dando lugar a una multiplicación de reivindicaciones particulares que, si bien son legítimas, han debilitado tanto la construcción de proyectos y agendas comunes como la configuración de un sujeto político colectivo. Hemos aprendido —con razón— que todo es político; sin embargo, el problema no radica en ese reconocimiento, sino en el desplazamiento hacia un terreno en el que sostener las luchas, los cuestionamientos y las reflexiones se vuelve profundamente agotador. Permanecer constantemente alertas, informadas y críticas exige un nivel de energía que no siempre es posible sostener.

En contraste, la derecha —a nivel global, nacional y local— suele presentarse como un proyecto con claridad, con una mirada de largo plazo y con respuestas aparentemente simples. Se mantiene vigente como opción para quienes sienten que han perdido el rumbo. Es lo que promete Trump en sus discursos “volver a hacer a América grande” (claro, su América sólo contempla a Estados Unidos). En este contexto, hacerse a un lado puede parecer la salida más fácil o incluso la más saludable: por “bienestar”, mejor no involucrarse, no informarse, alejarse de lo que ocurre alrededor.

No obstante, esta salida también encierra trampas. Puede prometer una vida más tranquila o placentera, pero esa calma se asemeja más a la anestesia que al descanso. Aquello frente a lo que alguna vez nos posicionamos —las violencias, la desigualdad, la precariedad, la incertidumbre— sigue ahí y continúa afectándonos. Tal vez sea importante no perder de vista que lo que nos agotó no fueron las luchas en sí, sino un sistema que las vuelve necesarias una y otra vez.

Frente a esto, ¿existe un antídoto para la despolitización? No uno definitivo. Sin embargo, hay momentos en lo cotidiano que nos acercan a él: el encuentro, el sabernos acompañada/os, el no sentirnos sola/os. Para quienes creemos que otro mundo es posible —más humano y más justo—, la esperanza no siempre se sostiene en grandes gestas transformadoras, sino en acciones pequeñas, lentas y honestas. Ver las luchas compartidas devuelve impulso, porque una de las estrategias más eficaces para producir desesperanza es hacernos creer que estamos solas y que nada tiene sentido.
Tal vez la esperanza no siempre quiera salvarlo todo, pero hay algo que no olvida: la certeza de que la vida —toda vida— merece ser vivida con dignidad.

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