- ¿Qué fue de quienes creyeron que la revuelta de 2006 cambiaría sus vidas? Una revuelta que cambió vidas y dejó heridas que, viente años después, siguen abiertas.
Pedro Matias/ Qué Pasa Pedro
Oaxaca de Juárez.- El niño que en 2006 encarnaba la esperanza de una transformación social, hoy está encarcelado. El conflicto magisterial de 2006 en Oaxaca marcó vidas, encendió esperanzas y también dejó heridas que, veinte años después, siguen abiertas.
Algunas de aquellas heridas tienen nombre y rostro. Uno de ellos es Felipe Vicente Ojeda Pacheco, el niño de las barricadas, el niño vestido de resistencia, el Mascota. Aquel pequeño vestido de resistencia que conocí hace 20 años, ahora permanece en una celda del penal de Cuicatlán.
La historia tiene una ironía amarga. Mientras Mascota permanece tras las rejas, Flavio Sosa Villavicencio, uno de los rostros más visibles de aquella revuelta, disfruta hoy de las mieles del poder como integrante del gabinete de Salomón Jara Cruz. De las marchas y la confrontación política pasó a la promoción de espectáculos, incluida la lucha libre, desde los espacios institucionales de la cultura.
Una misma lucha: dos destinos. Dos maneras de transitar por la misma historia. Y una pregunta que no deja de perseguirme: ¿qué quedó de aquella lucha por la justicia social?
La Sección 22 del magisterio oaxaqueño vuelve cada año sobre las heridas de 2006. En la memoria de aquel conflicto permanecen las 30 ejecuciones extrajudiciales, entre ellas la del periodista estadounidense Bradley Roland Will; las 311 detenciones arbitrarias; los 248 casos de tortura documentada y comprobada, y la desaparición forzada de Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Cruz Sánchez, dirigentes del Ejército Popular Revolucionario (EPR).
Son heridas que no deben olvidarse ni convertirse en moneda de cambio político. Sin embargo, mientras los aniversarios alimentan discursos, movilizaciones y negociaciones, la vida de El Mascota parece haberse quedado detenida en aquella promesa de transformación que aprendió a defender cuando apenas era un niño.
El niño que encarnó la rebeldía
El Mascota, quien en 2006, siendo apenas un niño, fue fotografiado y documentado en las barricadas como uno de los símbolos infantiles de la resistencia popular. Su imagen encarnó de manera muy mediática a los “niños rebeldes” o “niños de las barricadas” de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO).
Veinte años después, vuelvo a encontrarme con él, aunque esta vez no frente a frente, sino a través de una grabación.
El video me devuelve a la avenida Universidad, al 2 de noviembre de 2006, a la llamada Batalla de Todos Santos, horas antes del enfrentamiento con la Policía Federal Preventiva (PFP).
Ahí está. Un niño de unos once años, quizá menos. Lleva un suéter negro con vivos grises, desgastado por el uso; un pantalón oscuro, zapatos vencidos por las caminatas, un pañuelo azul que le cae del cuello al pecho y un cubrebocas. Esta historia terminaría por convertirlo en símbolo: la ropa sencilla de un niño que ha hecho de la resistencia su identidad.

De la infancia a la juventud. Dos fotografías muestran el paso del tiempo y los cambios físicos de El Mascota, desde sus primeros años hasta la actualidad.
Lo entrevisto mientras la tensión crece en la avenida. Sus ojos, su voz y sus palabras parecen contener una rabia demasiado grande para su edad.
—¡Acá sacamos a los judiciales, chinguen a su madre, que maten al que sea…! —exclama con fuerza, con vehemencia, con una furia que estalla frente a la grabadora y que sin percibirlo lo grabó en una cámara videoastas de Ojo de Agua Comunicación, me parece—.
No habla como un niño que juega a la revolución. Habla como alguien que ha encontrado en la lucha una causa a la cual entregarse por completo.
—¡Estamos acá haciendo justicia a todo el pueblo! ¡Acá nadie se va a rajar porque es pueblo y el pueblo no se va a rajar nunca! —proclama a todo pulmón.
Lo escucho de nuevo y una pregunta me atraviesa —¿quién hizo justicia por este niño que también vino del pueblo?
En sus palabras hay arrojo, valentía, enojo y una temeridad que estremece. —¡Que maten al que sea! —grita, como si la muerte fuera apenas un riesgo secundario frente a la promesa de cambiar el mundo.
No parece importarle el peligro. Está convencido de que la causa que defiende es justa.
Mientras avanzamos por la avenida Universidad, El Mascota camina con pasos firmes hacia la primera línea de la PFP. Los policías federales avanzan protegidos por escudos y cascos, mientras el niño se dispone a hacerles frente con sus únicas armas: una resortera y sus palabras, que empuña como si fueran un fusil.
A su alrededor, la ciudad se transforma en territorio de combate. Los gases lacrimógenos y el gas pimienta lanzados por los federales intentan dispersar a quienes defienden el movimiento popular. Desde el otro lado, las piedras vuelan; algunas son transportadas en carritos de canastilla procedentes de los supermercados de Plaza Oaxaca.
Maestros y habitantes derriban postes de luz y los atraviesan sobre la avenida para levantar barricadas. Cada obstáculo busca frenar el avance de las tanquetas. Cada piedra, cada grito, cada cuerpo colocado frente a la fuerza pública parece responder a una misma convicción: impedir que el movimiento sea silenciado.
La defensa de Radio Universidad se convierte en uno de los símbolos de aquella jornada. Para la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca y quienes se sumaron a la movilización, resistir también significaba desafiar al gobierno de Ulises Ruiz Ortiz, cuya administración representaba, para sus opositores, el rostro del autoritarismo y del cacicazgo político.
En medio de aquella batalla, El Mascota es mucho más que un niño con una resortera. Es la imagen de una infancia absorbida por el conflicto; un pequeño que ha aprendido el lenguaje de las barricadas antes de conocer otras formas de nombrar el mundo.
Suda indignación. Vocifera rabia. Respira agitadamente. Parece dispuesto a entregar la vida por una causa que ha hecho suya. El plantón de la APPO es su casa; quienes permanecen en las barricadas, su familia.
¿En qué momento un niño deja de ser niño para convertirse en combatiente de una causa que apenas alcanza a comprender?
En aquel noviembre de 2006 yo no tenía respuesta. La cámara registraba sus palabras y yo escuchaba a un pequeño que hablaba de justicia, de pueblo y de resistencia con una convicción que impresionaba. No podía imaginar que, dos décadas después, aquellas imágenes me provocarían una tristeza tan profunda.
Tengo que reconocerlo, la dignidad de aquel niño me desarma.
Cuando vuelvo a reproducir el video, siento que algo se rompe dentro de mí. De mis ojos brotan lágrimas que se mezclan con la tristeza, el dolor y la admiración. No lloro solamente por el destino de El Mascota. Lloro también por lo que aquella imagen representa: las esperanzas depositadas en un movimiento que prometía transformar la realidad y cuyas contradicciones terminaron por convertir una lucha en un instrumento de extorsión, una ideología en moneda de cambio y en un negocio.
Durante años he aprendido a ocultar ciertos sentimientos detrás de una coraza. Es una forma de protegerme ante lo irreparable, ante las traiciones y ante la decepción que dejan quienes alguna vez caminaron bajo las mismas banderas y después encontraron acomodo en otros territorios, los del abuso de poder y el dinero.
Pero hay imágenes que atraviesan cualquier blindaje. La de El Mascota es una de ellas. Al ver el video, vuelvo a escuchar su voz y me pregunto qué fue de aquel niño vestido de resistencia. ¿Terminó la escuela? ¿Pudo construir una vida distinta a la que conoció entre barricadas y enfrentamientos? ¿Qué ocurrió con sus sueños cuando las consignas dejaron de escucharse y las calles volvieron a la normalidad?
Las respuestas que he encontrado son dolorosas. A través de las redes sociales un buen amigo de El Mascota me pone al tanto de su historia. Me rompió el corazón. Me sentí con culpas.
A veinte años de aquella revuelta, sé que El Mascota tiene nombre y apellido: Felipe Vicente Ojeda Pacheco, tiene dos hijos y está preso.
Por doña Verónica, su mamá, me enteré que está encarcelado en el penal de Cuicatlán. No terminó siquiera el primer año de primaria. Su vida tomó un rumbo muy distinto al que parecía anunciar aquella jornada en la avenida Universidad.
No pretendo explicar su historia con una sola causa ni convertir su pasado en una justificación de su presente. Pero tampoco puedo ignorar el contraste entre el niño que gritaba que luchaba por todo un pueblo y el hombre que hoy vive privado de la libertad, lejos de los reflectores y de las ceremonias conmemorativas.
Ironías de la vida
El Mascota cumple años el mismo día que Flavio Sosa Villavicencio: el 11 de septiembre. La coincidencia adquiere un significado difícil de ignorar.
Uno pasó su cumpleaños tras las rejas, acompañado únicamente por la visita que le permitieron: la de su madre, doña Verónica. Sus dos hijos tuvieron que sobrellevar su ausencia.
El otro recibió felicitaciones y celebró rodeado de su familia, en una posición política que contrasta con aquellos años en los que encabezaba movilizaciones y se convirtió en uno de los personajes más controvertidos del conflicto oaxaqueño.
Las preguntas se asoman sin proponermelo: ¿Qué significa la justicia social cuando algunos de sus antiguos portavoces llegan al gobierno y otros terminan olvidados?
¿Qué queda de una revolución cuando sus símbolos sobreviven en los discursos, pero quienes pusieron el cuerpo , sudaron sangre o dieron la vida en las calles desaparecen de la memoria pública? Lo que es peor, que utilicen sus casos como bandera política.
Flavio Sosa, personaje controversial que fue señalado durante el conflicto por su papel en las acciones de protesta y confrontación, forma hoy parte del gobierno de Salomón Jara Cruz, al frente de la Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca. Desde esa posición impulsa actividades culturales y espectáculos que también han despertado cuestionamientos por el uso de recursos públicos.
Entre las cifras señaladas en torno a contrataciones artísticas figuran pagos aproximados de diez millones de pesos al cantante panameño Rubén Blades; 7.8 millones a Lila Downs y 3.6 millones a Siddhartha. Montos que, por su dimensión, exigen transparencia, explicación pública y rendición de cuentas.
El contraste es inevitable. Quien alguna vez fue identificado con la lucha de los sectores populares hoy participa en la administración de recursos públicos destinados a la cultura o en la lucha…pero lucha libre. Mientras tanto, El Mascota, aquel niño que encarnó la rebeldía de una generación, permanece tras las rejas. Sus sueños o ideales, si es que algún día los tuvo, están encarcelados.
La paradoja se vuelve todavía más amarga al recordar que Sosa llegó a protagonizar escenas políticas que parecían impensables para alguien identificado con la izquierda, como levantarle el brazo al entonces presidente Vicente Fox, emanado de la derecha. La trayectoria posterior del dirigente muestra los giros que puede dar la política; la de Mascota, en cambio, revela cuánto puede quedar fuera de sus recompensas.
No es la historia de dos vidas que puedan juzgarse con una sola fotografía. Es la imagen de un movimiento heterogéneo, de aspiraciones legítimas, contradicciones profundas y consecuencias humanas que no terminaron cuando los enfrentamientos cesaron.
A veces vuelvo a la frase de El Mascota: —¡Estamos acá haciendo justicia a todo el pueblo!.
La escucho y me pregunto si él mismo recuerda aquellas palabras. Si recuerda la avenida Universidad, las piedras, los gases lacrimógenos, los escudos de la Policía Federal y las barricadas que alguna vez consideró su hogar. Si al cerrar los ojos todavía puede verse con aquel suéter negro, el pañuelo azul y la resortera en las manos.
Yo sí lo recuerdo.
Recuerdo al niño que avanzaba hacia la primera línea sin medir del todo la dimensión del peligro. Recuerdo la fuerza de su voz y la certeza con la que proclamaba que el pueblo no se rendiría. Recuerdo, sobre todo, que detrás de aquel personaje que el movimiento convirtió en símbolo había un niño que merecía una oportunidad de vivir una infancia distinta.
Hoy, cuando se cumplen veinte años de aquella revuelta, Oaxaca sigue cargando con las heridas de 2006. Las víctimas, las familias que buscan justicia y quienes sufrieron detenciones, tortura o desaparición no deberían quedar reducidos a una lista de cifras ni a una efeméride conveniente.
Tampoco El Mascota debería ser recordado únicamente como el niño rebelde de un video que circula de vez en cuando por las redes sociales. Su historia obliga a mirar más allá de la épica de las barricadas. Obliga a preguntarnos qué responsabilidad tuvieron los adultos, los dirigentes y las organizaciones frente a una infancia que encontró en la confrontación su escuela y en la protesta su familia. Obliga, también, a reconocer que la justicia social no puede medirse solamente por las consignas pronunciadas ni por los cargos conquistados después de una revuelta.
Han pasado veinte años. Algunos cambiaron de trinchera; otros encontraron un lugar en el poder. Las banderas siguen apareciendo, las consignas vuelven a escucharse y los aniversarios renuevan la memoria colectiva.
Pero El Mascota sigue tras las rejas.
Y yo, al volver a escuchar su voz, no puedo dejar de preguntarme quién se hizo responsable de aquel niño cuando las cámaras se apagaron, cuando las barricadas desaparecieron y cuando los protagonistas de la revuelta comenzaron a escribir sus propias versiones de la historia.
Él gritaba que estaba haciendo justicia por todo el pueblo. Veinte años después, su voz permanece en la grabación, suspendida en el tiempo, como una pregunta que Oaxaca todavía no termina de responder.


