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Karen Rojas Kauffmann/ @krojas2018

 

Sobre la cima del cerro, el pueblo es un punto extraviado entre la hierba que duerme. Todavía no amanece. Los campesinos triquis trepan la montaña con las manos húmedas, exhalando el frío. Suben sigilosamente los caminos escarpados para no pisar los agujeros de las tuzas, los nidos de las culebras que sueñan debajo de la tierra. Algunos ascienden cargando veladoras y palitos de ocote. Otros caminan despacio hasta la cueva donde piden al Señor del Rayo que caiga sobre la cosecha el agua suficiente.

Los sembradores van subiendo poco a poco. Uno a uno se toman de las manos hasta formar un círculo fuera de otro círculo de flores. Son doce rayadores parados frente al fuego con los puños repletos de semillas. Luis está a mi lado. Tiene 29 años y los labios partidos por el sudor y el frío. Hoy despertó a las cuatro y media de la mañana para llegar a la orilla del camino, y abordar la camioneta que lo traería hasta la punta del cerro Santo Domingo, ubicado en Santa Cruz Progreso Chicahuaxtla, en el municipio de Putla Villa de Guerrero, Oaxaca.

Todos cuidan las llamas. Han improvisado un techo rústico con hojas de palma donde ponen la sangre de un chivo pequeño, que cuidadosamente vacían dentro de un hoyo que cavan en la tierra. También reparten tragos de mezcal que luego escupen sobre la lumbre para mantenerla viva la fogata.

Con los talones agrietados y gruesas capas de piel en las manos, Luis me explica que el trabajo en la montaña es demandante, algunos días trabaja jornadas de hasta 12 horas sin descanso. Por 250 pesos al día, ha trabajado rayando y picando amapola casi la mitad de su vida.

–Yo empecé a los doce años. Desde chamaquito me enseñaron a rayar el bulbo girando con cuidado la navaja. Para entrar a las parcelas debes ser ligero o pequeño porque las matas de la flor crecen pegaditas y es muy fácil pisarlas. Además hay que tener buen ojo: la flor morada aguanta más rayas y esas dan un líquido más lechoso.

Con la venta de la goma, Luis alcanzó a comprarse una casita de madera y un par de parcelas donde su esposa y sus hijos siembran maíz, frijol, café y plátano. La familia de Luis vive al día, comiendo lo poco que ellos mismos producen.

–Lo que se gana con la flor no es mucho, apenas da para vivir. Aquí la gente se dedica a la siembra de amapola porque no hay más trabajo. Cultivas la flor, o migras, o te mueres de hambre. Esas son nuestras opciones. Por acá es normal que salgas con tus hijos a los cultivos, pongas lumbre y comas, mientras cuidas y cosechas las flores.

–¿Y no les da miedo? -le pregunto en seco.

–Muchas comunidades triquis deshijan, rayan o abonan la amapola, y dentro, en el pueblo, todo el mundo lo sabe: es un mal necesario -me dice Luis con la mirada fija entre las llamas mientras amanece.

 

 

Encuentra el texto completo en #español y #zapoteco en el siguinte enlace:
Ilustración Antonio Mundaca y Daniel Berthely
✴️ Esta crónica forma parte del proyecto ‘Amapola en Oaxaca: Sembradores en la niebla’, realizado con el apoyo de la Fundación Gabo y la Open Society Foundations, gracias al Fondo para investigaciones y nuevas narrativas sobre drogas (FINND).

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