El Sermón del Face
Miguel A. Vázquez de la Rosa
Miguel A. Vázquez de la Rosa estudió Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Es Integrante de la directiva de Servicios para una Educación Alternativa A.C. (EDUCA) desde 1994. Formó parte de la Comisión de la Verdad de Oaxaca y fue director de Radio Universidad de 2017 a 2022.
- A diferencia de quienes integran la plana mayor de Morena, Claudia no procede del PRI, ni del PAN, ni del foxismo, como Monreal, Marcelo, Durazo o el mismo López Obrador. Tampoco es producto de los pactos entre las mafias empresariales para posicionar una marca. Sheinbaum tiene una larga carrera de lucha por el cambio social . Paradójicamente, el movimiento que ahora conduce la futura presidenta, mantiene una abierta confrontación con los movimientos sociales en el país. ¿Qué rumbo tomará la historia? ¿Reconocerá su gobierno que a Morena le ha faltado humildad para escuchar los reclamos y palpar las heridas por las que sangra el país?
Hija legítima del sesenta y ocho, formada en la tradición de la izquierda latinoamericana, Claudia Sheinbaum tiene certificados de sobra que acreditan su militancia en diversas causas sociales del país. Desde su participación en el movimiento de desaparecidos políticos encabezado por Rosario Ibarra, hasta su celebre incursión en el Consejo Estudiantil Universitario (CEU 1986) de la UNAM. La próxima primera mujer presidenta de México presume su procedencia política: “Nosotros venimos de un movimiento social, yo soy parte de un movimiento histórico”.
En Claudia, el documental realizado por su hijo Rodrigo Ímaz, son notorias dos influencias en la formación temprana de su carácter: la preparación académica y la lucha por las reivindicaciones sociales. En las primeras imágenes de este video documental, aparece a cuadro la niña Claudia, toca una jarana e interpreta la música llanera del venezolano Juan Vicente Torrealba: “Levántate campesina, que viene la luz del día, ya cantó la guacharaca a las orillas del río”.
La música latinoamericana, en la década de los setenta, era propia de los movimientos contestatarios y de protesta, o bien de los sectores de la población así llamados “con conciencia social”; no eran melodías que las clases medias se sentaran a escuchar en familia un domingo cualquiera.
A diferencia de quienes integran la plana mayor de Morena, Claudia no procede del PRI, ni del PAN, ni del foxismo, como Monreal, Marcelo, Durazo o el mismo López Obrador. Tampoco es producto de los pactos entre las mafias empresariales para posicionar una marca. Sheinbaum tiene una carrera forjada en los movimientos sociales y la academia; ese es su timbre de orgullo, como suele fanfarronear el dirigente de su partido, “estar del lado correcto de la historia”.
Paradójicamente, el movimiento que ahora conduce la futura presidenta, mantiene una abierta confrontación con los movimientos sociales en el país. Son innumerables los testimonios de rechazo que este gobierno ha expresado hacia las organizaciones que luchan por un cambio social: los ambientalistas, las organizaciones defensoras de los derechos humanos, los zapatistas, las madres buscadoras, las feministas, el movimiento por la paz, los familiares de Ayotzinapa, la iglesia progresista, las personas defensoras del territorio, entre otros.
Los movimientos sociales son incómodos a la Cuarta Transformación y este gobierno los ha criminalizado.
A inicios del sexenio fue abierta la oposición del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y el Agua de los estados de Morelos, Puebla y Tlaxcala (FPDTA-MPT), contra el Plan Integral Morelos, proyecto consistente en la creación de un gaseoducto y dos centrales termoeléctricas en la Huexca. El presidente López Obrador descalificó las protestas llamando a los opositores “radicales de izquierda” y “seudoambientalistas”.
Los activistas tomaron nota de la incoherencia. El presidente en campaña se opuso a la termoeléctrica y como mandatario se convirtió en su principal impulsor. Ya sabemos la historia, una semana antes de la consulta, impulsada por el gobierno para legitimar su proyecto, el dirigente social Samir Flores fue asesinado a balazos afuera de su domicilio. Este fue el primer crimen en el sexenio cometido contra un defensor del territorio. Apenas era el mes de febrero del año 2019.
A partir de entonces el país se convirtió en un lugar aún más hostil para las personas defensoras, activistas y movimientos sociales. Opositores al Tren Maya, al Corredor Interoceánico y a los proyectos extractivistas recibieron una sarta de críticas desde el Salón de la Tesorería, en la hora estelar de La Mañanera. Las madres y padres de lo 43 normalistas de Ayotzinapa pasaron de héroes de este gobierno, a ser vistos con recelo por su insistente señalamiento contra las Fuerzas Armadas, por el ocultamiento de la información. Paralelamente se diseñó una línea editorial incriminatoria hacia la crítica social e indulgente con la labor del gobierno. Inyectaron anticuerpos.
En este escenario, el próximo 1° de octubre de 2024, arribará al poder Claudia Sheinbaum. Los resultados electorales le han conferido un nutrido respaldo social. La popularidad del presidente López Obrador está al alza y los medios de comunicación críticos se cuentan con los dedos de la mano.
La historia no tiene “un lado correcto”, pero si lo tuviera este sería el lado de la “gente sin historia”, parafraseando al cantautor cubano Silvio Rodríguez, “grano a grano se forman largas playas”; el lado de la gente que lucha, que marcha a contracorriente; el lado de las víctimas que han sufrido la opresión de los poderosos, en suma, el lado de los movimientos sociales. El obradorismo es un movimiento que proviene de ese árbol, que tiene hondas raíces, pero es sólo una rama, no es todo el árbol.
Si Claudia Sheinbaum está del “lado correcto de la historia”, como fanfarronean los suyos, un buen inicio de su gobierno sería reconocer que se han equivocado en su relación con los movimientos sociales, reconocer que les ha faltado humildad para escuchar los reclamos y palpar las heridas por las que sangra el país. Sería más consecuente con su historia y raigambre familiar, la conexión profunda con su pasado.
Escuchar, sólo escuchar, sería un buen arranque, la impronta de su gobierno.
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© Fotografía: Claudia, El Documental, de Rodrigo Ímaz, Archivo Familiar.



Excelente trabajo un fuerte abrazo milguel