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Scriptorium

Donaldo Borja

Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.

  • Olvidar es propio de los adultos. Los niños no olvidan, atesoran continuamente como si las circunstancias de la vida fueran un álbum de estampas. Olvidar quiénes somos para sumergirnos en la “vida” es hacernos “funcionales” y esclavos del sistema, que, pieza por pieza, nos va quebrando, nos obliga a morir.

 

Entre los devenires de la vida se asoman siempre los recuerdos de aquellas cosas que para el resto del mundo son insignificantes, pero, que, para el observador consciente, para el yo-consciente, tienen mucha resonancia. Es como el coronel Aureliano Buendía que, frente al pelotón de fusilamiento, recordó la vez que conoció el hielo. Una cosa tan simple se convierte en la más bella. Una cosa insignificante para el mundo, para el yo-consciente se vuelve un todo. Quizá, Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad, nos intenta gritar el retorno a las simples cosas y las cosas simples.

Existe una canción escrita por César Isella y, que entre los más destacados intérpretes se encuentra la voz de Mercedes Sosa: Canción de las simples cosas. Dice el primer verso: “Uno se despedide, insensiblemente, de pequeñas cosas”. Parece una lapidaria sentencia del crecimiento humano, es decir, entre más adulto, más abandonas la expectación por la vida. La despedida de las cosas expectantes que en la niñez nos hacían vivir nos lleva a una muerte que incontrolablemente nos convierte en fósiles: en seres decadentes. Ahora, que lo pienso, El extrajero de Camus, no es más que el olvido del amor, la cosa más simple.

Olvidar y despedirse son dos actos propios de la vida adulta. Olvidamos fechas, eventos, recuerdos, al extremo que nos hacemos valer de agendas, y de anotaciones poco improvisadas que nos hagan vivir. Pareciera que entre más crecemos más nos olvidamos de cómo vivir la improvisada vida. Olvidamos nuestros nombres por convertimos en un número referencial como la CURP o el RFC, etc., pura y dura burocracia ontológica. Olvidar es propio de los adultos. Los niños no olvidan, atesoran continuamente como si las circunstancias de la vida fueran un álbum de estampas. ¿Qué tiene el olvido contra los adultos? Nada. Es más bien, parte del sistema. Olvidar quiénes somos para sumergirnos en la “vida” es hacernos “funcionales” y esclavos del sistema, un engrane más, una pieza más. Olvidar las cosas simples es morir.

Y ahora, no se diga el despedirse. Porque si bien, la adultez nos obliga a olvidar. La misma vida adulta nos fuerza a despedirnos de aquellas cosas simples, “las que se devora el tiempo”, como sigue la canción de Isella. Cuando uno se despide de algo, una parte de nosotros se queda en la cosa de la que nos despedimos. ¿Se entiende ahora, porque cuando decimos adiós a alguien lloramos o nos sentimos cabizbajos como si una parte de nosotros se rompiera? Es sin más porque las despedidas nos arrancan parte de nosotros. Así, cuando nos despedimos de las cosas de la infancia —mucho de nosotros se torna a ellas— y se arranca de nosotros una parte que el tiempo va recubriendo con quien sabe qué cosa, pero que ese ligero vacío aparece con la nostalgia por las tardes.

Digo por las tardes por la fortísima frase de uno de los místicos españoles, San Juan de la Cruz. Este poeta tiene una frase que dice: “en el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”. El retorno a las cosas simples, a las cosas que nos hacen ser, está en el amor y la nostalgia. ¿Cómo el amor? ¿Por qué la nostalgia? El amor tiene la fuerza de recordar, de hacer memoria. El amor hace de la vida un memorial. ¿O es que recordar el primer beso, el primer regalo, el primer sí, no nos saca una sonrisa ligera? El amor tiene la capacidad de rememorar, construir y reconstruir las cosas, porque si en la despedida se nos quiebra una parte de nosotros, en el amor, se unifica la cosa con nosotros. No se diga la nostalgia, esa ligera tristeza que es un abismo. El nostálgico sonríe sin saber, llora por su porqué. Pero, la nostalgia arrastra, evoca, llama a las cosas que permanecen en el pasado y el amor las une a nosotros.

¿Cuántas cosas simples hemos dejado pasar? Me atrevo a decir que cientos. Sólo espero, que no estemos como el coronel Aureliano Buendía, frente a la muerte, frente a nuestra muerte, para recordar las primeras veces que la vida nos invitó a vivir. Aquí cabe como epilogo de estas ideas, un fragmento del poema de Jaime Sabines, Del mito:

Alguien me habló todos los días de mi vida

al oído, despacio, lentamente.

Me dijo: ¡Vive, vive, vive!

Era la muerte.

 

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