- Durante 41 años de ejercicio periodístico, Pedro Matías ha recorrido la fuente policiaca, Notimex y la corresponsalía de Proceso en Oaxaca. Su trayectoria, marcada por la cobertura de conflictos sociales, el levantamiento zapatista, la defensa de la verdad y la cercanía con las comunidades, muestra las transformaciones de un oficio que perdió certezas, salarios y protección, pero no su exigencia ética: informar sin traicionarse y conservar la capacidad de conmoverse ante el dolor y la dignidad de la gente.
Axel Illescas Tovar /
Toda la vida de un hombre radica en su actitud
Julio Scherer García
Oaxaca de Juárez.– Es un domingo de julio de 2026. El periodista Pedro Matías corta flores blancas de crucecita en el cerro de Esquipulas, junto a su hijo. Los designios de Dios son azucenas de campo, –pienso mientras los miro.
Vino a visitarlo desde Jalisco y Pedro lo trajo con la idea de que viera el paisaje y la convivencia, recuperar la esencia de ir a cortar flores. Así como cuando Pedro era niño y en estos mismos campos, hace 57 años, cortaba dos brazadas de flores para que su abuela Concepción Esteba Montes las llevara a vender al Mercado 20 de Noviembre, y en la tarde regresara con pan de yema, plátanos y chocolate.
–Mira, encontré una que está buena para cortarla –le dice Pedro a su hijo, entre la hierba a medio crecer y el cielo nublado.
–Sí, pero mejor dejémosla, mejor que se que prevalezca parte de esta naturaleza, que no se pierda –responde.
Notar el sentimiento de protección a la naturaleza que tiene su hijo, hizo que Pedro sonriera. Que sintiera un orgullo interno, algo cercano a la congruencia que para Pedro es un valor central de vida: “eso es lo que más cuestiono de los otros, que dicen con su discurso una cosa, pero sus hechos dicen lo contrario”.
–Es que mira, hijo, hay mujeres de las comunidades que las llevan al centro y las venden, ramitos, y es como una economía comunitaria. A veces la naturaleza te da para que comas un poquito, entonces es necesario –le dice Pedro, guardándole a su hijo que su bisabuela era de esas mujeres que le describe.
Y es que también estas fechas a Pedro, con la Guelaguetza, le traen el recuerdo de su abuela. Era cuando mejor comían en la casa donde creció, porque para ella estas fiestas representaban, más que ir al espectáculo que nunca conoció, vender dos clasques de tortillas y había más ingresos, pero eso representaba más trabajo para ella. Su abuela falleció de cáncer por inhalar tanto humo. Pedro la recuerda –y la sabe aún aquí con él– como la mujer más fuerte y valiente que ha conocido, que nunca se quejó ni una vez en su vida, ni cuando su abuelo se la llevó de su casa y tuvo que aprender a hacer tortilla, ni cuando perdió un ojo en una pelea entre comerciantes, ni cuando a los siete años le quitaron a su nieto para llevárselo a vivir al DF, ni en su lecho de muerte. “Pero ya al paso del tiempo lo que te das cuenta es cómo vivía una gente trabajadora que nunca se le hizo justicia. Y de ahí es que me viene esa cuestión de que no me gustan las injusticias, ni en el periodismo ni en la vida”.
Antes de que anochezca, Pedro y su hijo tienen que terminar su aventura familiar. Pero antes de irse, se toman una foto donde posan juntos, ambos con un sombrero negro, chamarra negra, pantalón de mezclilla y tenis. Pedro abraza a su hijo del hombro y sonríe a la cámara. Su hijo sostiene en su mano izquierda con la delicadeza de dos dedos una azucena.
Al día siguiente Pedro recibe un mensaje donde yo le digo que quiero escribir sobre su vida. Y al que sigue, su hijo va con la mamá de Pedro al centro a tomar un café. De regreso en su casa, su mamá mira a Pedro y le dice:
–Mira este cabrón, ya resultó como tú. Le fue a comprar un ramillete de azucenas a una señora para que tuviera para comer.
Es un viernes de julio de 2026, el periodista Pedro Matías habla de su vida junto a un periodista de la edad de su hijo.
–Mira, yo creo que tengo una misión en la vida, quizá divina, soy muy creyente, que es informar –dice Pedro–. No la sé o medio la entiendo. ¿Por qué? Porque se me han presentado circunstancias o etapas que yo no las busqué, se presentaron y se dieron. Me han hecho lo que soy.
Escoger ser periodista
Pedro Matías Arrazola nació el 29 de abril de 1964 en la calle Húsares 119, del centro de la capital oaxaqueña, con una partera, su tía. Es el mayor de cuatro hermanos. Sus padres se fueron a vivir a la hoy Ciudad de México y lo dejaron con su abuela, de quien era el consentido por ser el varón más grande. A los siete años sus papás decidieron llevárselo con ellos y allí empezó a trabajar como revisor de bulbos de televisión; con su primer sueldo de niño se compró unos Ruffles y una camisa guinda con el estampado de la película Tiburón.
Al llegar los 15 años, ingresó al CCH de la UNAM. Las matemáticas eran su materia más odiada y tuvo que recursarla varias veces. Aquella experiencia lo llevó incluso a convertirse en líder estudiantil y, más tarde, a elegir una carrera que lo mantuviera lejos de los números; así eligió Ciencias de la Comunicación y Periodismo Colectivo. No es que el periodismo lo hubiera llamado desde siempre, ni que fuera la vocación o el sueño que imaginaba cumplir cuando era niño.
Por errores administrativos, perdió el primer semestre de la licenciatura. Al ver los esfuerzos de su madre para pagarle los estudios y tras la muerte de su abuelo en Oaxaca, decidió regresar a casa.
El 12 de diciembre de 1985 comenzó a trabajar en el periódico El Nuevo Informador, donde Mario Medina Torres, hijastro de su tío, le abrió un espacio para cubrir la sección policiaca. Así inició su camino como periodista empírico. Con uno de sus primeros sueldos le compró a su abuela unos zapatos negros de pana.
***
Mi primer día –y ahí volvemos un poco a que Dios me protege.
El director del periódico, llega y le dice al entonces encargado de la sección policial: “Ven, Jesús, te presento a Pedro, mi sobrino, va a empezar a trabajar contigo para la policial, para que se pongan de acuerdo”. Entonces, me dice Jesús: “Te espero mañana a las siete de la mañana en la agencia del Ministerio Público que está en Aldama”. No sabía las calles, porque venía de México.
A las siete de la mañana estaba yo en la agencia del Ministerio Público. Ocho, nueve, 10, 11, 12 de la mañana y nada. No; una, dos, tres, cuatro, cinco de la tarde y nada. Como a las seis de la tarde me dice el que estaba en el Ministerio Público: “¿Tú eres Pedro Matías?”. “Sí”. “Te hablan por teléfono”. Y ya que hablan del periódico y me dicen: “Toma datos de todas las averiguaciones y te vienes a la redacción, no va a llegar Jesús López”.
“Como no sabía qué datos debía recabar, empecé a copiarlo todo: el nombre, la dirección… Llené casi una cuartilla sobre el hombre que había golpeado a su esposa. Llegué a la redacción alrededor de las nueve de la noche y pregunté: ‘Ay, ¿cómo se redacta esto?’. Terminamos cerca de la una de la mañana y tuve que quedarme a dormir en el periódico, porque ya no había camiones para Esquipulas.
“Al día siguiente, mientras iba rumbo al Ministerio Público, vi en los puestos de periódicos un titular: ‘Detienen por violación al periodista Jesús López Aquino y al fotógrafo Aquiles Cruz Ramos’. Nunca llegué a trabajar con ellos. Dios apartó de mi camino a personas negativas; sentí que me estaba ayudando.
“Yo padecía la fuente policiaca; incluso sufría pesadillas. Tenía que ir al anfiteatro, fotografiar a los muertos, recabar todos los datos y regresar a la redacción para escribir la nota. Además, debía revelar las fotografías de manera artesanal, con todos los líquidos y químicos que requería el proceso”.
Y había días que yo ni comía, por tener de cumplir y ¿cuál estrés? ¿O con quién te quejabas? Te quejabas y al contrario te corrían porque no encajabas en esa época. Era de resistencia y de competencia, sí, porque no te dejan, no había esta esa posibilidad de que te ganaran.
Y fue así como empecé. Pero te digo, se dan esas circunstancias. Luego estuve en El Imparcial. Y ya en 1987 me invitó Don Leandro Hernández al área de Comunicación Social del Gobierno de Oaxaca, que es la etapa donde mejor aprendí, conocí el estado, y con viáticos, hospedaje y alimentación.
- Con el escritor Gabriel García Márquez, durante un recorrido por el Centro Histórico.
- Durante una movilización para exigir justicia por las agresiones y asesinatos de periodistas en Oaxaca.
- En compañía de la escritora y periodista Elena Poniatowska.
***
En esta cafetería de barrio, Pedro me platica su vida. Afuera, frente a nosotros desde esta terraza, se ve a jóvenes ensayar bailables en la plaza del parque central del Ayuntamiento de Santa Cruz Xoxocotlán, su música se mete en nuestras grabaciones. Empecé a grabar y Pedro, casi como acto reflejo, me dijo que él también empezaría a grabar, que era más bien porque igual quiere escribir de su vida y espera que nuestra plática le sirva a hilar ideas que a veces solo y forzando el recuerdo, florecen menos rápido.
Le digo que sé que es de lágrima fácil, que lo vi estas semanas en entrevistas y que cuando habla se conmueve y se conduele hasta que se le corta la voz. Aprendería durante la plática y tras conocerlo, que así es Pedro, se conduele tanto, de tanto en la vida, que a veces entre pláticas y recuerdos emocionantes, se asoman los sollozos de quien ha sentido y cubierto la vida en primera fila.
—Yo nunca trabajaría en un área de Comunicación Social porque, para mí, es un territorio difícilmente compatible con el periodismo. ¿Tú cómo enfrentaste esa contradicción? ¿Qué te llevó a entrar? —le pregunto, como quien explora los límites de la ética periodística. Entonces dejo entrever una de mis verdaderas razones para entrevistar a Pedro: encontrar, en su experiencia acumulada durante 41 años de oficio, alguna pista para que ser periodista duela un poco menos.
—A la distancia, lo veo como una experiencia positiva, porque aprendí mucho. En aquel momento no lo entendía así: apenas comenzaba y tomé la invitación como una distinción. Además, me permitió conocer el territorio y recorrer distintas comunidades.
Para muchos periodistas, trabajar en el área de Comunicación Social de un gobierno representa el extremo opuesto del oficio: pasar de vigilar al poder a comunicar para él. Esa cercanía puede dificultar la recuperación de una distancia crítica y dejar una marca persistente en la credibilidad, pues el escrutinio público y la memoria suelen vincular al periodista con un partido, una figura política o las promesas de la administración para la que trabajó.
–Para algunos colegas con los que he platicado antes de conocerte, me decían que eres un referente de ética, ¿cómo le haces? ¿cuál es tu brújula? –le cuestiono esperando una fórmula infalible, un gran proceso mental y axiomas lógicos como los que hacía con su maestra de ética en la preparatoria.
—No tengo un reglamento de ética. Tengo un sentimiento, así; eso se me hace injusto y eso no estoy de acuerdo. Lo sientes con el cuerpo.
–Hacer periodismo social y cercano a la gente, tiene sus riesgos, sobretodo emocionales. ¿Cómo le has hecho para no quebrarte?
—No traicionarme; sostener esa congruencia. No sé qué ocurra con los demás y no me corresponde juzgarlos, elogiarlos ni decidir si son buenos o malos periodistas. Cada persona actúa desde sus propias circunstancias. Por eso no juzgo, pero también elijo con quién caminar. Como dices, la empatía provoca dolor y frustración; sin embargo, actuar en contra de lo que piensas y de tu propia manera de entender el oficio sería traicionarte.
–¿Volverías a escoger ser periodista?
—Yo mismo me he preguntado qué profesión elegiría si volviera a nacer. Con plena conciencia, volvería a ser periodista. Este oficio te mantiene cerca de la gente: te permite sentir su dolor, pero también compartir su alegría, sus triunfos y sus celebraciones. Para mí ha valido la pena. Volvería a elegir el periodismo.
–Un colega que conocemos en común dice que es falso eso que decía Kapuściński. Que los cínicos sí sirven para este oficio, que es falso eso de que un periodista tiene que ser buena persona, porque hay unos que son malas personas y hacen periodismo.
–Yo digo que sí, un periodista tiene que ser una buena persona. Porque desde ahí ya partes con una buena intención de hacer algo para tus semejantes, para los demás. Si no sólo van a ser muy buenos periodistas en análisis y que tienen los conocimientos, pero no tienen el trato directo con la gente de abajo. Y en cambio una gente buena tiene esa capacidad de poder acercarse, porque hasta para eso hay que tener tacto.
Para reconocer los bordes de la ética periodística hace falta el tacto de dos dedos que sostienen una azucena recién cortada y la capacidad de habitar el oficio, conmovido.

Con colegas periodistas, durante una cobertura en la región de la Cuenca del Papaloapan, Oaxaca.
El periodismo ya no es lo que era antes
El 29 de abril de 1994, el día de su cumpleaños número 30, Pedro recibió un regalo por teléfono, la noticia que iba a ser el corresponsal de Proceso en Oaxaca. Tras estar en el gobierno del estado, fue invitado a estar en Notimex, la Agencia de Noticias del Estado Mexicano, donde colaboró desde 1990.
Semanas antes Isidoro Yescas llamó a Pedro y le dijo que estaban buscando un corresponsal de Proceso para Oaxaca. Pero Pedro sintió un temor sólo comparable a cuando de niño lo apodaban El Monje sus amigos de la colonia, por ser serio y retraído. Él, al ser un periodista empírico y que no había estudiado una licenciatura, y al saber la importancia de Proceso –que llegó a ser uno de los semanarios más importantes de todo el continente– no estaba seguro. Pero, igual que con sus amigos de la cuadra cuando le decían, vente, vamos a jugar futbol, ahora escuchaba de Isidoro “Si te dicen no, ¿qué pierdes?”.
Se postuló para colaborar en Proceso y estaría a prueba durante tres meses. En ese momento aún trabajaba en Notimex, una agencia del Estado que, bajo la dirección de aquellos años, mantenía una línea crítica frente al gobierno, aunque cautelosa.
Después de que Pedro informó que un grupo de pobladores había retenido al gobernador Diódoro Carrasco, fue despedido sin justificación, presuntamente por presiones del propio mandatario. Cuando en Proceso se enteraron, le recomendaron resolver primero su situación laboral. Pedro se desanimó, pero decidió luchar por su reinstalación.
Viajó a la Sierra para hablar con policías y pobladores, con quienes mantenía una buena relación desde la época en que recorrió el estado como parte de Comunicación Social. Sus testimonios le permitieron demostrar que la información publicada era cierta. Finalmente, fue reincorporado a Notimex.
El 1 de mayo de 1994, Pedro Matías inició oficialmente su trayectoria como corresponsal de la revista Proceso en Oaxaca.
***
No tenía idea porque no conocía Chiapas. Nunca había salido de Oaxaca. Entonces al poco tiempo de empezar a trabajar allí, me dan esa instrucción: “Pedro, te vas a apoyar a los compañeros de Chiapas, porque Julio se fue a la selva, porque Memo Correa está en tal lugar y va a haber una conferencia en San Miguel”.
No había aviones, nada de eso. Tengo que salir de aquí de Oaxaca en el ADO que va a San Cristóbal. Llegando a San Cristóbal, lo que menos te importa es el hotel o comer, sino el ¿ahora dónde? ¿Cómo me muevo? ¿Qué transportes hay? ¿A dónde hay que tomarlo? ¿Cuánto se paga? ¿Qué se tiene que hacer?
Y a empezar a preguntar ahí mismo en la terminal, que estaba medio descuidada, es la terminal como de segunda: “Oiga, voy a ir a Ocosingo, dónde salen los camiones o las urban”.
Estaba muy vigilado, porque estaba el ejército y porque estaban recientes los ataques y las refriegas que se daban con el EZLN. Había mucha tensión, había que pasar varios filtros de la milicia para llegar a Ocosingo.
Para entonces ya me podía presentar como reportero de Proceso. La credencial te abría la puerta con los otros, pero con el ejército no. En muchas ocasiones lo más prudente es pasar desapercibido, sentarte hasta atrás y no dar ni explicaciones que si periodista o lo que sea. Esa vez no, no me revisaron, pero sí el camión, si no llevaban armas.

Junto al maestro Francisco Toledo, en su taller del Centro de las Artes de San Agustín (CaSa).
Llegué a Ocosingo y busqué la presidencia municipal. Primero a ubicar dónde hay teléfono. Como no había varios lugares, por el mismo levantamiento estaba todo cerrado, aunque sea una papelería o alguna oficina de gobierno para pasar la nota por teléfono, porque no había máquinas de escribir.
Encontré una papelería y le pregunté a qué hora cerraba, me dijeron que como a las ocho. Y le digo: “Oiga, pero es que yo soy periodista y tengo que mandar información. Podría tener la posibilidad de tocarle y me da acceso”. “Sí, sí, claro”. Entonces, ya hice un acuerdo con alguien y ya sabía a dónde acudir.
Entonces empiezas a ubicar a los de gobernación, son los que van a dialogar con los otros y hay que seguirlos. Es como el pool de prensa, se empiezan a juntar con ellos, pero como no era tan abierto, entonces sí tuve que tomar una camioneta de redilas a San Miguel, ahí pues agarrándose. Ya no había transporte para San Miguel, era ya el inicio de la selva, pero no había tanta población.
Llegué y tenías que acreditarte para que te permitiera tener acceso a la zona donde iban a hacer el diálogo. Y eso fue lo que hice, ya yo ni me acuerdo qué tema trataron, de tanto estrés que iba y solo sé que tomé datos.
Y a pensar en el regreso. ¿En qué me voy a ir? ¿Con quién me voy a ir? O si algún colega me da un ride y todo eso. Y ahí es donde empiezas a identificar algunos compañeros, eran muy solidarios con Proceso. Como en otra ocasión que llegué a San Cristóbal y entonces fue cuando conocí a La Colocha, Gabriela Coutiño, y le dije, “No, es que yo soy de Oaxaca”. “Ah, no te preocupes, yo te conecto. No te despegues de mí. Él es el comandante Tacho, ella la comandanta Ramona”.
Ay, no me acuerdo con quién, pero alguien se vino en una camioneta y me dio un aventón. Regresé a Ocosingo como a las nueve de la noche, le fui a tocar a esa papelería y me puse a dictar por teléfono. Dictaba. Dictaba, con mis notas de la libreta en la mano. Del otro lado, alguien que estuviera en la redacción de guardia las transcribía y ya salían firmadas con mi nombre: “Samuel Ruiz se reunió con este fulano de tal y estuvo en representación del EZLN el comandante Tacho. El acuerdo es que…”. Ya le corrigen ciertas cosas, algunas sintaxis o algo así, y ya.
–Cuando ya colgué, dije, ahora dónde voy a dormir, o cómo me regreso.
“Proceso te pagaba todo, todo, todo, ahí Proceso estaba en la opulencia. Tenía casa Proceso, tenía camioneta Proceso, estaba el corresponsal, dos enviados, más fotos, dos fotógrafos, más yo que fui. Nosotros éramos como 10 los que estábamos ahí de Proceso. Todos con viáticos y no era de un sándwich, no, era comida completa, cena, entonces todo fue bueno. Llegamos hasta a alquilar avionetas para llegar a cubrir en los límites con Guatemala”.
Era Agencia. Tenía la Revista, pero tenía una agencia, la agencia Apro. Y desde entonces, ahí tenía un chingo de suscriptores. Esa información que yo publicaba la retomaban todos los medios nacionales e internacionales. Aquí en Oaxaca el Noticias es el que tenía la suscripción, 50 y tantos creo que eran los que tenían la suscripción en el país, porque a nivel nacional era uno por estado, creo o dos, no sé.
***
Llevamos ya casi dos horas de plática, le preguntó cómo va, me dice que bien, que por él no hay problema en seguir. Afuera ya es de noche. Pide otro café, yo un agua mineral. Me dice y se le quiebra la voz, que hace pocos años Marcela Turati vino a un taller, le preguntó cómo iban en Proceso, porque ella sabía que la estaban pasando mal, que había meses en que no les pagaban, y le pidió de favor que la llevara al otro día al aeropuerto. A Pedro no le pagaron hasta por un año, hasta que lo jubilaron tras 30 años de trabajo periodístico allí.
—Y les dije a los de Proceso cuando no me pagaban: “Me dieron de comer tantos años, que yo quiero retribuir algo” –dice y solloza–. Y por eso ahorita me tienen estima. Ya soy colaborador. Dejé dos meses de trabajar nada más en Proceso. Pero mis notas no pasan por los filtros. Es Pedro Matías, pasa, Pedro Matías, sí.

Pedro Matías y Regina Martínez, corresponsales de la revista Proceso en Oaxaca y Veracruz, respectivamente.
El periodismo ya no es lo que era antes. El cuarto poder, decían. Siempre que me viene a la mente eso del cuarto poder, me acuerdo de lo que escribió el periodistas salvadoreño Oscar Martínez en su libro Los Muertos y el Periodista:
“El mejor oficio del mundo”, dijo García Márquez. “No jodás”, le respondería con muchísima admiración. Creo que ser periodista no es el mejor oficio del mundo. Prefiero lo que dijo Guillermoprieto, que es un oficio que te da un privilegio inmenso y una enorme responsabilidad: atestiguar el mundo en primera fila. Aunque a veces, casi siempre, el espectáculo sea nefasto”.
¿Los periodistas jóvenes ya no soñamos con publicar en Proceso? Pero cuando el sueño desaparece también llegan el desarraigo y la desprotección. Quizá sí hubo un tiempo en que el periodismo fue el mejor oficio del mundo, aunque aquel era otro mundo y muy pocos podían habitarlo: quienes tenían salario, prestaciones, prestigio y la certeza de pertenecer al llamado cuarto poder. Porque la ética resiste mejor las tentaciones cuando ya se comió.
–Y la mejor referencia que tengo de don Julio Scherer, te digo, me baso otra vez en las actitudes, es que siendo ya corresponsables varios de nosotros, no hubo aumentos de salario. Fuimos a hablar con Carlos Marín y nos corrió de su oficina, pero don Julio nos recibió y hasta lloró cuando le contamos nuestra situación y al día siguiente nos aumentó –recuerda Pedro.
—Pero tampoco es que fuera un regalo, eran sus derechos laborales –respondo.
—No, no, no, estoy de acuerdo en eso, pero a lo que yo me refiero es de que ningún medio de comunicación tenía las condiciones que teníamos nosotros, porque ya después llegó Reforma y sí se equiparó y hasta nos superó. Pero eran los bien pagados. Y sí teníamos derechos sí, pero bien, tenías seguro de vida, teníamos vales, teníamos viáticos.
–Pero has sido muy privilegiado para hacer el periodismo que querías hacer. Si no hubieras estado en Proceso, ¿entonces te hubieras repensado hacer periodismo?
—Si no hubiera sido ese cobijo, el espacio, si me hubieran pasado otras condiciones a lo mejor no me hubiera dedicado al periodismo.
Guardo silencio. Siento que en Pedro he encontrado más preguntas que respuestas sobre esto del periodismo. Lo miro a los ojos y le digo que el oficio que él vivió ya no existe y que probablemente no volverá. Que, aunque Dios me tocara, ya no habría condiciones para recorrer ese mismo camino. El destino de un periodista es tan frágil como el roce de Dios.






