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  • Con equipo insuficiente y voluntarios sin salario ni seguridad social, la estación de bomberos de Tuxtepec atiende emergencias en los 20 municipios de la Cuenca del Papaloapan. Mientras quienes arriesgan la vida por ayudar esperan condiciones de trabajo dignas, en esta región ubicada a ocho horas de la capital de Oaxaca, la vocación sostiene el servicio.

 

Karla Arrazola/ El MuroMx

 

Tuxtepec, Oax.- La alarma suena en el interior de la estación del Honorable Cuerpo de Bomberos de Tuxtepec. Sesenta segundos es el tiempo establecido para que voluntarios y personal de base se coloquen el uniforme. En medio del sonido ensordecedor, se dirigen a los vestidores, un pequeño espacio adaptado con un perchero junto a la cabina de llamadas. Con rapidez, toman sus trajes y se preparan para subir a los camiones de rescate.

La habilidad para colocarse el traje se adquiere con la práctica. Diego Zaleta López, encargado de la estación y con 30 años de servicio, explica que primero se ponen la pantalonera con las botas; después, el chaquetón, el casco y los guantes. Los trajes no están hechos a la medida y algunos están percudidos por el uso: pantalones de distintos largos y chaquetas con marcas de los incendios que han enfrentado. El equipo básico proviene de donaciones, principalmente de estaciones de bomberos de Estados Unidos.

“Con la bendición de Dios”, expresa Diego, el personal sale a atender el servicio, un incendio en una casa o un pastizal, la captura de reptiles o un accidente vial. Durante las 24 horas del día, permanecen pendientes de la alarma. Por las noches, los voluntarios practican rápel o las maniobras necesarias para responder a una emergencia dentro de una casa en llamas y salvaguardar su integridad.

Diego Zaleta, encargado de la estación, tiene 30 años de servicio/ Foto: Karla Arrazola

La estación de bomberos de Tuxtepec, un municipio ubicado al norte de Oaxaca, está integrada por 16 elementos. Tres están adscritos desde 2020 a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) de Oaxaca y reciben un salario del estado. Los sueldos de otros dos son cubiertos por el patronato del Honorable Cuerpo de Bomberos, constituido como asociación civil el 30 de agosto de 1985. Otros 13 son voluntarios, jóvenes de entre 18 y 23 años.

La única estación en la Cuenca del Papaloapan

La estación de Tuxtepec es la única que brinda servicio a los 20 municipios que integran la región de la Cuenca del Papaloapan, en Oaxaca. Las estaciones de Tierra Blanca y Cosamaloapan, en Veracruz, son las más cercanas para apoyar cuando la magnitud de un siniestro requiere una respuesta coordinada. Ambas se encuentran a más de una hora de Tuxtepec.

Diego Zaleta reconoce que la distancia entre las estaciones dificulta la coordinación ante incendios que requieren una respuesta inmediata. A esto se suman los tiempos de traslado a los municipios que atienden. Acatlán de Pérez Figueroa, por ejemplo, se encuentra aproximadamente a dos horas de camino por carretera.

La estación de Tuxtepec siempre necesita apoyo, enfatiza Diego. Actualmente, 13 jóvenes forman parte de la estación como voluntarios. El nombramiento del almirante Félix Quiroz Javier como titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), en febrero de 2026, dio paso a cambios en la estación, entre ellos la autorización para incorporar voluntarios ante la falta de personal

—En su momento, personal de base salió de la estación por temas personales. Solo quedó respetar la decisión; muchos, en el fondo, no se querían ir —señala Diego.

La estación opera las 24 horas del día. Actualmente, dos personas reciben un apoyo económico del patronato que, aclara el encargado, no constituye un salario. Cada guardia está integrada por tres bomberos, aunque el personal voluntario es fundamental para responder a los llamados.

Precariedad salarial

A la falta de personal se suma la precariedad salarial, una problemática que no es exclusiva de Tuxtepec. De acuerdo con el encargado de la estación, no todos los bomberos reciben un sueldo. Por su oficio, conoce la situación de otras estaciones en municipios de Veracruz, donde solo dos o tres integrantes perciben un salario y el resto trabaja de manera voluntaria. Es el caso de Córdoba, señala, donde la mayoría son voluntarios.

“Un bombero no cobra los servicios que presta; casi todos son voluntarios. No pueden recaudar fondos para el ayuntamiento o el Estado. No existe un ingreso que se destine a las estaciones de bomberos, pero sí hay estaciones que cuentan con mejores salarios y equipo en el norte del país. En el sur, en cambio, escasean tanto los recursos económicos como los materiales”, dice Diego Zaleta.

Datos de la Secretaría de Economía y Ocupación Laboral indican que el ingreso promedio mensual de los bomberos en estados del norte como Sonora y Chihuahua, oscila entre 15 mil y 20 mil pesos, mientras que en Monterrey perciben 17 mil pesos. Estas cifras reflejan una marcada disparidad respecto de estados del sur, como Veracruz, Oaxaca y Chiapas, donde un bombero recibe entre 4 mil y 7 mil pesos mensuales.

Para el encargado de la estación, esta diferencia salarial explica que, en estados del norte, el modelo de financiamiento se basa en la figura del patronato, al igual que en Tuxtepec. La diferencia, señala, es que allá cuentan con donaciones de empresas, fábricas y gobiernos, lo que permite que todos sus bomberos reciban un salario.

Enfrentar el fuego

Ser bombero es un honor para quienes forman parte de la estación, pero su labor implica riesgos que se agravan por la falta de equipo. Diego y sus compañeros llevan tiempo buscando apoyo para adquirir un equipo especial que permita recargar los cilindros de los equipos de respiración autónoma. Según explica, su costo ronda los 200 mil pesos y fluctúa con el precio del dólar, pues no se consigue en México.

Los equipos de respiración autónoma se utilizan en emergencias que implican la exposición a atmósferas contaminadas. En diciembre de 2025, una fuga de cloro e hipoclorito de sodio en las colonias Exnormal e Hidalgo, en Tuxtepec, requirió su uso. También son necesarios para protegerse del humo y el hollín durante los incendios.

Los 18 bomberos que integran la estación de Tuxtepec no cuentan con el equipo necesario. Trabajan con lo que tienen e improvisan con mascarillas. Además, solo el personal adscrito al estado cuenta con seguridad social.

Diego recuerda que la primera vez que enfermó por una infección en las vías respiratorias presentó dificultades para respirar tras atender un incendio que duró una semana en el basurero de la ciudad, donde se concentran los residuos de Tuxtepec y otros cuatro municipios. Durante la pandemia de COVID-19 fue internado nuevamente. A estos episodios se suman fracturas en una mano y un pie.

Una estación sostenida por el patronato

La estación de bomberos de Tuxtepec se fundó en abril de 1980, con Eddie Van Vollenhoven Parra como presidente fundador de la corporación y del patronato. Ante la falta de un cuerpo de auxilio en el municipio, su origen se remonta a un grupo de amigos que se organizó e inició colectas casa por casa para recaudar fondos y adquirir equipo. Con el tiempo, nuevas generaciones se incorporaron a esta labor.

Ese mismo año se constituyó formalmente el patronato para apoyar a la corporación. Este cubre los gastos de combustible, mantenimiento de las unidades y funcionamiento de la estación, incluidos pintura, telefonía, energía eléctrica, garrafones de agua y otros insumos.

Tan solo por el servicio de energía eléctrica pagan más de 4 mil pesos mensuales, por lo que optaron por instalar focos ahorradores para reducir el consumo. Según el encargado de la estación, no reciben ningún subsidio de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), pese a que brindan servicio a la comunidad y colaboran con la propia dependencia durante desastres.

La estación cuenta con tres unidades activas: una autobomba, “El Choco”, donada por el Club Rotario Tuxtepec; un camión cisterna con capacidad de 12 mil litros y una unidad adaptada para ataque rápido. Además, está pendiente la reparación de una unidad equipada como ambulancia.

La vocación de ayudar también se hereda

Diego lleva más de 20 años de servicio en la estación y desde hace diez está adscrito al gobierno del estado. Es paramédico y no tiene como meta jubilarse porque, según explica, en el cuerpo de bomberos no existe la jubilación, sino únicamente el retiro por vejez o enfermedad.

“No tenemos ese privilegio. Yo ya estoy grande, tengo 44 años. Antes de mí está Casimiro, el mayor de todos los elementos, que tiene 62 años. Agradezco a los jóvenes que se acercan; en ellos me apoyo”, admite con resignación.

Desde la cabina donde recibe las llamadas de emergencia, insiste que para ser bombero se necesita energía. Él batalla con un malestar permanente, una tos que no desaparece y que siente como “algo que tiene atorado en el pecho”.

Para Diego, ser bombero es formar parte de un legado familiar. Su padre, Diego Zaleta Monteagudo, y su tío, Pedro Zaleta Monteagudo, pertenecieron al grupo de fundadores, junto con Eddie Van Vollenhoven y su vecino Guillermo Portugal Sánchez.

La vocación de servir y enfrentar el fuego está en su ADN. Con una sonrisa, recuerda que, desde muy niño, veía correr a sus familiares cuando sonaba la alarma que alertaba de un incendio.

En aquellos años se trasladaban a pie. La ciudad de Tuxtepec apenas alcanzaba los 30 mil habitantes, de acuerdo con el censo de 1980 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

—Todos corrían cuando escuchaban la alarma. Yo decía: “Quiero ser así, llegar a ayudar a las personas”.

En la línea del deber

A lo largo de sus años de servicio, innumerables momentos han marcado al cuerpo de bomberos. Uno de ellos fue la pérdida de un compañero en un accidente ocurrido en enero de 2021, mientras cumplía con su deber. Otros dos elementos resultaron lesionados.

Diego recuerda que aquella tarde no imaginaron que su compañero no regresaría del servicio. Reconoce que esa incertidumbre los acompaña siempre. Saben que salen, pero no si van a regresar.

—En ese momento, mirar el cuerpo tirado, preguntarse qué pasó y enfocarse en atender a las personas heridas, es terrible. Tenemos que trabajar con frialdad. No dio tiempo de llorarle al compañero hasta después. Cuando llegamos a la estación, nos encontramos con muchas personas que, al enterarse, acudieron para ver cómo estábamos —relata conmocionado todavía.

Los bomberos atienden entre dos y tres servicios al día. Además de combatir incendios, responden a fugas de gas, capturan reptiles y auxilian en accidentes de automóviles y motocicletas y en inundaciones.

El cuerpo de bomberos no lleva un registro de cuántas vidas y patrimonios ha logrado salvar, pero sus integrantes tienen más presentes a quienes no pudieron auxiliar, pese a sus esfuerzos.

“Atendimos un accidente vehicular en la Sierra Juárez. Como llovió, se desprendió una parte de la carretera y la unidad cayó a 50 metros de profundidad. El chofer quedó vivo; viajaba con su esposa y su hijo. El bebé tenía la misma edad que mi hijo en ese entonces, tres meses. Cuando lo buscamos, encontraron solo a la mamá. Comencé a hablarle al bebé como lo hacía con mi hijo, hasta que lo encontré entre un árbol y el camión. El niño tenía una sabanita parecida a la de mi hijo y me derrumbé”.

Ser bombero es una profesión difícil. Diego destaca que cada emergencia los enfrenta a situaciones distintas, que no dejan de sorprenderlos.

En la memoria colectiva permanecen el incendio del 24 de diciembre de 2015 en el centro de Tuxtepec, provocado por pirotecnia acumulada por vendedores ambulantes, y las labores de auxilio tras el derrumbe del techo de la catedral La Barca, el 3 de marzo de 2016.

Ser voluntario: la adrenalina de ayudar

La pasión por ser bombero se refleja en cada palabra de Kevin Méndez Lara, un joven enérgico de 20 años, alto y delgado, que se incorporó como voluntario al cuerpo de bomberos hace dos años y medio.

Inició en el ámbito prehospitalario, aunque desde niño sintió el llamado de servir. Su primer acercamiento fue a través de su abuela, quien perteneció a una delegación de la Cruz Roja Mexicana en Veracruz. En la primaria también entabló amistad con el hijo de quien entonces era comandante de bomberos.

Estudia la carrera de técnico embalsamador, pero ser bombero es su mayor pasión. Recuerda que su amigo le contaba sobre el trabajo de su padre. Más adelante, ese compañero se convirtió en paramédico, lo que lo animó a tomar un curso e iniciarse en los primeros auxilios.

El cubículo donde se atienden las llamadas de emergencia parece pequeño para la energía que desborda Kevin al hablar de sus actividades. Gesticula sin dejar de estar atento a lo que ocurre en la estación. Cuenta que, en su caso, el trabajo prehospitalario y como bombero en Tuxtepec no es remunerado. Lo hace por amor al arte, por voluntad y por pasión.

Kevin Méndez Lara combina sus estudios con el servicio voluntario en la estación, donde lleva dos años y medio atendiendo emergencias sin recibir un salario/ Foto: Karla Arrazola.

Las historias de su abuela también lo llevaron a involucrar a su hermano, quien actualmente estudia medicina y es paramédico. Kevin cursó el bachillerato en el Centro de Bachillerato Tecnológico Industrial y de Servicios número 107, donde brindaba primeros auxilios.

—Me apasiona —dice, mirando fijamente la lente que lo graba—. Hay veces que no estoy de guardia y les digo a mis compañeros que se comuniquen en caso de que requieran apoyo. Me encanta estar en el servicio.

Al igual que sus compañeros voluntarios, Kevin divide su tiempo entre la escuela y el trabajo en la estación. Sabe que ser bombero requiere capacitación y preparación física y mental. Por las tardes, corren y realizan ejercicios de resistencia para afrontar el desgaste de las emergencias.

El joven considera que muchas personas imaginan la profesión como la muestran las series de televisión. En Tuxtepec, sin embargo, la realidad es distinta: la falta de recursos limita la adquisición del equipo que necesitan para desempeñar su labor.

Cuenta que cada día llegan personas con vocación y curiosidad por conocer el trabajo de los bomberos. Los actuales voluntarios son sus compañeros desde la secundaria y, como él, han pasado por otras corporaciones. Espera que más jóvenes se interesen en vivir la experiencia del voluntariado porque, asegura, es lo mejor que les puede pasar en la vida.

Entre el orgullo y la zozobra familiar

Para Kevin, ser bombero es una vocación; para su familia, un orgullo. Así lo expresa su abuela, Amalia Rangel Ramos, quien, con los ojos cristalinos, cuenta que su nieto es el primer rescatista de la familia.

Originaria de Veracruz, Amalia relata que de joven trabajó durante ocho años como enfermera en el Hospital General. Siente que su vocación influyó en sus nietos. Con asombro, recuerda que Kevin era un niño muy llorón al que todo le molestaba. Ahora escucha los relatos de los servicios que brinda a sus 22 años. Desde atender a una persona accidentada hasta ayudar a recibir a un bebé. Para ella, es motivo de orgullo.

—Quiero ayudar, mami —decía Kevin cuando era pequeño.

En la preparatoria se escapaba a la estación de bomberos. “La vagancia no existió para ellos”, dice Amalia al hablar de sus nietos. Cada vez que Kevin sale de casa, la familia permanece a la expectativa, porque no sabe en qué momento puede ocurrirle algo. Todos le dan la bendición y le piden que tenga cuidado. Temen que, por ayudar a otras personas, pierda la vida.

Al preguntarle si le gustaría que Kevin continuara como bombero, Amalia responde sin titubear que no. Pero sabe que a él le gusta y se siente orgullosa de su labor. Pese al temor que la acompaña cuando sale a atender una emergencia, confía en que regresará con bien.

En la estación también convergen otros jóvenes voluntarios cuyas historias están vinculadas al deseo de servir y a la curiosidad por conocer el oficio. Rosa Isela Amador Saldaña tiene 23 años y este año decidió acercarse para aprender y experimentar lo que significa formar parte del cuerpo de bomberos.

Técnica en urgencias médicas certificada por la delegación Tuxtepec de la Cruz Roja Mexicana, Rosa Isela trabajó en el ámbito prehospitalario y actualmente labora en el área de Protección Civil municipal. La cercanía con los cuerpos de emergencia despertó su interés por las actividades de los bomberos.

Antes de incorporarse, valoró los riesgos y habló con su familia sobre el temor que les provocaba su decisión.

—Cuando llegué, entendí lo demandante y peligrosa que puede ser la actividad. Son personas que tienen mucha capacidad y habilidad, que llevan su cuerpo al límite. La mayoría no podría; se requiere cierta capacidad. Se exigen a sí mismos para hacer frente a una emergencia. Nada que ver con cuando los veía: no es lo mismo estar fuera que dentro —explica emocionada.

Uno de los primeros servicios que recuerda fue un incendio de pastizal. Reconoce que todavía debe mejorar su resistencia y capacitarse para ayudar durante las emergencias y saber cómo actuar sin ponerse en riesgo ni a sus compañeros.

Rosa Isela Amador y Ángeles Pacheco forman parte del voluntariado, donde las mujeres también enfrentan las exigencias físicas para atender emergencias con equipo insuficiente/ Foto: Karla Arrazola.

Rosa Isela es una de las pocas mujeres que integran el voluntariado de la estación. Desde su ingreso, una de las mayores exigencias ha sido portar el equipo de protección por su peso. Su uso requiere resistencia física, especialmente ante las altas temperaturas de Tuxtepec y las dificultades para moverse en los espacios donde atienden las emergencias.

Sacrificio, voluntad y acción

Rosa Isela y Kevin consideran que los jóvenes con deseos de servir a la comunidad pueden integrarse a la estación de bomberos. Sin embargo, advierten que primero deben valorar los riesgos y el compromiso que implica una labor que, para ellos, resulta gratificante por la posibilidad de ayudar.

Ángeles Pacheco comenzó en el servicio de ambulancias a los 15 años. Esperó tres años, hasta cumplir la mayoría de edad, para salir a atender una emergencia. Actualmente tiene 21 años y forma parte del voluntariado.

Recuerda la adrenalina que sentía al escuchar la alarma y no olvida su primer servicio. Desde entonces ha atendido incendios de casas y pastizales, así como emergencias con personas ahogadas. Al igual que sus compañeros, tiene un empleo y dedica sus ratos libres a la estación.

Para Ángeles, la incorporación de otras mujeres al voluntariado es una motivación. “Si una puede, las demás también pueden dar su máximo esfuerzo”. Una de las mayores dificultades, señala, es el peso del traje, que ronda entre los 20 y los 30 kilos.

Luis Ángel Ortiz Blanco tiene 25 años y se considera un voluntario intermitente. Este año regresó a la estación, tras una pausa mientras estudiaba Ingeniería en Sistemas. Ahora acude en su tiempo libre. Su acercamiento al voluntariado fue a través de su madre, quien trabajó durante 18 años en Protección Civil.

Blanco, como lo llaman sus compañeros, creció escuchando las sirenas. Lo motivan la adrenalina, enfrentar el fuego y participar en rescates. Es uno de los cuatro operadores de la estación y considera que ser bombero requiere vocación. Divide su tiempo entre el trabajo y el voluntariado, aunque no descarta dedicarse por completo a esta labor si tuviera la oportunidad.

Diego Zaleta confía en sus voluntarios. Sabe que, si ocurre una emergencia, responderán. Son jóvenes que alternan los empleos con los que se sostienen y el servicio en la estación, al que destinan sus horas de descanso sin recibir un salario. Aunque algunos de estos voluntarios no cuentan con una plaza remunerada, atienden las emergencias de Tuxtepec movidos por la vocación de servir.

La estación de bomberos de Tuxtepec se sostiene con el apoyo del patronato y el trabajo de voluntarios para atender emergencias en los 20 municipios de la Cuenca/ Foto: Alberto Castañeda.

 

 

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