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Juchitán, Oaxaca. México.
Fotografía y texto: Karen Rojas Kauffmann

Hay heridas que nunca cierran. Hay fracturas que tocan el suelo profundo y supuran. La familia Jiménez Betanzos lo sabe. Sabe que pasarán varios años para que las grietas que se abrieron en la casa de los abuelos después del terremoto del jueves 7, sanen. Aquel día, once minutos antes de las doce de la noche, los padres de Martha dormían. Su esposo miraba la tele recostado sobre la hamaca que colgaba en medio de la sala.

Ella y sus dos hijos casi terminaban los deberes. De repente el estrépito de las paredes crujiendo. “Sentí que la tierra se partía”, dice Martha mirando fijamente hacia un punto muerto de la casa. Hay heridas profundas que nunca cierran. La casa de los abuelos de Martha en la calle Francisco I. Madero en la Séptima Sección de Juchitán, una de las más castigadas por el sismo y la pobreza, ya no es la misma. “Salvamos la vida de milagro, mire, pase, vea cómo se doblaron los castillos por completo”, me señala con la mirada perdida entre los alambres retorcidos y los pedazos de concreto y vidrio tirados en el suelo.

Las autoridades federales informaron que el sismo de 8.2 grados en la escala de Richter causó que 9 mil 621 viviendas en la región de Istmo colapsaran. Y aunque la secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, Rosario Robles Berlanga, aseguró que en tres días cada familia afectada tendría un folio que les garantizaría la remoción de escombros hasta la reconstrucción de su vivienda, la realidad rebasa los cálculos de escritorio. “No creo que nos ayuden a reconstruir la casa de mis abuelos. La veo y no la reconozco. Aquí crecieron mis padres, aquí crecí yo y aquí también crecerían mis hijos, ¿usted cree que puedan ayudarme a reconstruir nuestra casa?

En todos estos días ni siquiera han podido darnos una despensa”, dice Martha con el corazón fracturado, empobrecido por el sismo y el hambre. Hay heridas que nunca cierran. Sobre Juchitán cae el sol entristecido de la tarde.

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