*Una buena parte de las mujeres desplazadas por la construcción de la presa Cerro de Oro lucha por recobrar un pedazo de tierra que le dé sentido a su origen. Un espacio donde todas ellas puedan recuperar su familia, sus prácticas comunitarias y sus costumbres ancestrales.
KAREN ROJAS KAUFFMANN
Tuxtepec, Oaxaca.-“De repente un día nuestra casa quedó debajo del agua. Yo tenía 10 años la primera vez que escuché sobre la presa”, dice Rita Moreno Pradillo ahora de 53, mientras se ahuyenta los mosquitos con las manos chiquitas y ásperas, llenas de venas endurecidas, cocidas por el sol de la cuenca.
Doña Rita es una mujer indígena chinanteca menudita y de voz suave. Vive con su esposo en una casita desordenada de block y piso rústico en una comunidad llamada Santa Úrsula, en el municipio de San Juan Bautista, Tuxtepec en el estado de Oaxaca. Hace más de 30 años tuvo que abandonar su casa en Arroyo Chote, una pequeña localidad ubicada en San Lucas, Ojitlán, Oaxaca, cuando se inauguró la Presa Cerro de Oro en el sexenio de Miguel de la Madrid y se expropiaron las tierras de más de 26 mil indígenas, en su mayoría chinantecos y mazatecos de 37 ejidos de la Cuenca del Papaloapan para iniciar el funcionamiento del megaproyecto.
Desde entonces, una buena parte de las mujeres desplazadas por la obra energética lucha por recobrar un pedazo de tierra que le dé sentido a su origen. Un espacio donde todas ellas puedan recuperar su familia, sus prácticas comunitarias y sus costumbres ancestrales.
La memoria debajo del agua

26 mil indígenas chinantecos y mazatecos fueron despojados de sus tierras para iniciar el megaproyecto
En 1989 concluidos los trabajos en la presa, la familia de Rita fue arrancada de sus raíces y obligada a abandonar su casa. Por aquellos días, Arroyo Chote quedó completamente sepultado por el agua.
Ella, sus hermanos, sus padres y más de 30 familias originarias fueron reubicadas en Los Naranjos, un poblado perteneciente a Tres Valles, Veracruz, situado en el embalse de la presa y enclavado en la zona baja del río Papaloapan. Pero Rita, calladita y serena, desconfiaba del agua.
“Cuando nos mandaron a Los Naranjos yo no quise ir a verlo. Ya ni llegué allí. Me quedé en Tuxtepec trabajando con una maestra y luego me casé y me vine a vivir a Santa Úrsula. Nunca volví a ver a mis papás, y mi pueblito quedó debajo del agua. Cuando mis papás murieron mis hermanos no me avisaron. Hace dos años murió mi hermano el más chico y tampoco supe. Por eso desde que nos venimos de allá (se refiere a Arroyo Chote) cada quien agarró su rumbo”, dice Rita con la mirada afligida, espantándose con una servilleta bordada la humedad profunda que aletarga el día.
Los límites naturales de Los Naranjos en su mayoría son cursos de agua. La pequeña localidad colinda al norte con Arroyo Hondo, al Oeste con el río Amapa y a suroeste con el río Tonto.
“Al principio mi papá no quería dejar su casa pero el gobierno le prometió que le pagarían bien los animales, los árboles y la casa. Cuando nos dijeron donde ibamos a vivir pensamos que podíamos sembrar maíz, frijol, chile, ajonjolín, arroz o camote como en el rancho, pero cuando mis hermanos fueron a limpiar el terreno, antes de cambiarnos, sólo pudieron sembrar la mitad del año porque por estas fechas el pueblo es puro agua”. En Los Naranjos, dice Rita mientras suspira resignadamente, “la vida es puro agua estancada”.
El recuerdo de un pueblo que ya no existe
En la resolana del día entre los zancudos y el bochorno de la mañana, Rita está sentada sobre una silla de mimbre. Atolondrada por el sopor del mediodía recuerda como quien despierta de un sueño que se anega, los días en un pueblo que ya no existe.
Antes del desplazamiento, dice, “la otra vida era progreso, aunque éramos pobrecitos comíamos lo que cosechaba mi papá en el campo. Era arroz, sembraba su ajonjolín, sus pollos de rancho. Éramos felices porque andábamos en el pueblito de aquí pa´lla. Trabajábamos en el campo, esa era su cosecha de mi papá allá en su tierra, en el pedacito que él tenía. Entonces ya cuando se fue abajo del agua se fue nuestro pueblo, se hizo la presa y ¿el beneficio para quién fue? para el gobierno. No fue para nosotros. Y ya nosotros, pues cada quien agarró para donde vivir porque todo se perdió lo que tenía uno. Con el agua se fueron para donde pudieron. El gobierno fue mala paga porque mi papá nunca supo cuánto le costaba su tierra, no nos avisaron. Nada más dijeron que van a pagar la casita, los árboles, lo que uno tenía. Naranjas, palma de coco, lo que sembraba uno. Luego mi familia se fue pa´ Los Naranjos y ahí murió mis padres. Nunca los volví a ver”.
Rita resiste al embate de haber sido despojada de la infancia pero le duele sobre todo, cerrar los ojos y no tener en la memoria, las imágenes del sepelio de sus padres.
Cuando no hay regreso de camino a casa
Los desplazamientos internos* generan sufrimiento particularmente en las mujeres. Sus lazos familiares y sociales se quebrantan, se anulan sus relaciones laborales y se afectan satisfactores vitales como el acceso a la vivienda, a la salud y a la comida.
La construcción de la presa Cerro de Oro tenía como objetivo concentrar el agua de los ríos Santo Domingo, San Juan Evangelista y Tesechoacan. El megaproyecto formaba parte de un programa que preveía la construcción de un sistema de presas sobre los ríos que abastecían el gran cauce del río Papaloapan. Según el discurso oficial, con las presas se generaría electricidad y también se desarrollarían distritos de riego. Pero los beneficios no serían para todos.
Miles de indígenas que integraban los núcleos de población ejidal nunca fueron reubicados y el desplazamiento se dio de manera forzada. Las hijas de los ejidatarios, menores de 18 años, avecindados y posesionarios que tenían parcela por decisión de la asamblea, no entraron en los planes del proyecto.
Las mujeres y los hombres que tuvieron “suerte” de ser reubicados, fueron marginados en comunidades lejanas con tierras infértiles a las que a mitad del año siempre amenaza el agua.
La mayoría de las mujeres -sin posibilidad de acceder a la tierra por sí mismas- se trasladaron a los nuevos ejidos cuando eran niñas o siguiendo a sus esposos.
Julia Allende Alejo no recuerda cuando abrieron las compuertas de la presa. Llegó en el reacomodo a Florentino Terán -una ranchería asentada en Ojitlán, al fondo de la presa- todavía en brazos de su madre.
Sin el imperativo de buscar el camino de regreso a casa, Julia creció en aquel ejido pequeñito donde fueron reubicadas apenas 17 familias en jacales de madera y piso de tierra, sin drenaje, agua potable y paradójicamente, sin acceso a la luz eléctrica.
Julia es una mujer indígena con ojos de mirlo tierno. Pasó los primeros 18 años en aquella ranchería a las faldas de la presa hasta que conoció a su esposo, un cortador de caña que vivía con su familia en Emiliano Zapata, un poblado vecino que se anega cuando crece la presa. Norberto, harto de tanta iguana oteándose en los amates, un día decidió abandonar aquellos ejidos -que más bien parecen lagunas- y aprovechar la próxima zafra en Santa Úrsula para llevarse a Julia, entonces quebradiza de tan flaca y con unas ganas imperiosas de salir volando por la ventana.
“Llegamos hace 18 años porque allá se inunda cuando crece la presa y no hay trabajo. En época en que entra el agua la gente tiene que llevar sus animales al cerro para que no se los lleve la corriente. Suben al cerro los cochinos, los pollos, los guajolotes. Cuando entra el agua se pierde toda la siembra. Esa fue la tierra que el gobierno le dejó a mis padres”. *
Pese a las promesas gubernamentales numerosas familias chinantecas fueron reubicadas en pequeñas islas esparcidas en el embalse de la presa. Otras tantas fueron forzadas a trasladarse a poblados de hasta tres horas en canoa o chalupa sobre las aguas profundas del valle.
A consecuencia de la distancia Julia visita cada dos años a su familia en Florentino Terán. Viajar hasta la casa de sus padres es una travesía imposible, entre el costo del pasaje –que oscila entre los 400 pesos por persona- y las veces que se hace necesario trasbordar–un autobús hasta Ojitlán, un colectivo hasta la presa y una lancha hasta la comunidad-.
Para las olvidadas de la presa hablar por teléfono también es una hazaña. “Sólo se puede llamar por celular porque no hay caseta”, dice Julia sudando mares de agua dulce, hecha aguacero de puro limpiar jilote.
Sin luz y con tan poco dinero, la madre de Julia y sus hermanas viajan hasta una hora en lancha para ponerle saldo y cargar la batería al teléfono móvil. Una condición inaceptable para las mujeres que viven en los márgenes de una presa que genera el 20% del total de la energía eléctrica que se consume en México y el 10% que se exporta a países como Estados Unidos y Canadá.
Un lugar donde enterrar a los muertos
“A muchos nos engañó el gobierno. Ignacio de la Llave, por ejemplo es puro pantano, no da nada, es un lugar feo. Es puro aire”, dice Matilde Miguel Dionisio, una indígena chinanteca de sonrisa cálida y palabra fácil, que antes del desplazamiento vivía con su madre y sus hermanos en Laguna del Diablo, una comunidad de Vicente Guerrero en el municipio de Juan Rodríguez Clara, Veracruz.
“De repente abrieron las compuertas de la presa. A mi madre tuvimos que sacarla a empujones porque no era ejidataria y no quería dejar su casa. Aguantamos hasta que cerraron las veredas que bordeaban el cerro y los poblados empezaron a hundirse. Mi abuelo murió allá adentro”.
La mamá de Matilde hoy está enferma. “Ella luchó durante varios años para conseguir que la asamblea ejidal le dejara ocupar un pedacito de parcela en Zona de Riego, un lugar escondido, allí perdido, pegado a Uxpanapa. Le costó mucho acostumbrarse. Sufrió mucho. En Laguna del diablo había 14 lagunas. Dicen que la más grande colindaba con el mar. Había muchísimo pescado porque se embarbascaba el agua y ahí la gente agarraba los peces. Ahí el agua y la tierra daba de todo. Mi abuelita tenía limón, naranja, café, todo tipo de árboles frutales. Ahora que tengo 52 años y que soy madre y abuela, que perdí a mis abuelos en diferentes lugares y mi mamá está ya muy malita”, dice Matilde Dionisio con una dulzura inmensa y extraviada en los ojos, “pienso que ha de ser bien bonito tener un lugar donde enterrar a los muertos”.
- Matilde Miguel Dionisio es originaria de Laguna del Diablo, comunidad sepultada bajo el agua
- La familia de Julia Allende en Florentino Terán al fondo de la presa carece de energía eléctrica.
- En 1989, concluidos los trabajos de la presa, la familia de Rita Moreno fue arrancada de sus raíces y obligada a abandonar su casa en Arroyo Chote
- Ellas son las hijas, las madres, las abuelas que fueron desplazadas por la construcción de la presa Cerro de Oro en Tuxtepec
*Según la Agencia de la ONU para los refugiados los desplazados internos están entre las personas más vulnerables del mundo. A diferencia de los refugiados, no cruzan fronteras internacionales. En determinadas circunstancias son obligados a huir por las mismas razones de los refugiados como conflictos armados, violencia generalizada violaciones de los derechos humanos por siniestros naturales o megaproyectos con la diferencia que los desplazados internos permanecen bajo la protección de su gobierno aún en los casos en que el mismo gobierno se convierta en una de las causas de su huida.
**Según documentos oficiales la presa tendría como principal función la de ampliar el espejo de agua de la presa Miguel Alemán, también llamada presa de Temascal, puesta en funcionamiento en 1959, para agregar dos turbinas de generación eléctrica y controlar las inundaciones súbitas que afectaban a ganaderos, cañeros y pueblos de la cuenca baja del Papaloapan en Veracruz. Las presas Cerro de Oro y Temascal están unidas con una cuenca conjunta de casi 70 mil hectáreas. Los ejidatarios afectados por la construcción pidieron 86 hectáreas de tierras en restitución del terreno expropiado; sin embargo, la oferta de indemnización sólo fue cumplida por el gobierno parcialmente, auqnue la promesa consistía en la construcción de 15 poblados con todos los servicios básicos y casas con solares, dinero que cubriera el valor de sus casas y acceso a programas productivos con capacitación y asesoría.






