El Sermón del Face
Miguel A. Vázquez de la Rosa
Miguel A. Vázquez de la Rosa estudió Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Es Integrante de la directiva de Servicios para una Educación Alternativa A.C. (EDUCA) desde 1994. Formó parte de la Comisión de la Verdad de Oaxaca y fue director de Radio Universidad de 2017 a 2022.
- En Chiapas se había levantado el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y la iglesia progresista era vista con sospecha por su apoyo incondicional a la causa de los rebeldes. La lucha por la autodeterminación de los pueblos en el sureste mexicano vibraba, y Carmen con ella.
Carmen era una niña cuando Juan XXIII gobernaba la Iglesia Católica. Ella no sabía que, con el tiempo, Angelo Giuseppe Roncalli -el papa precursor del Concilio Vaticano Segundo- iba a remover las viejas estructuras eclesiales para abrir las puertas y ventanas de la iglesia a las necesidades del mundo contemporáneo. Soplaban vientos de cambio a mitad del siglo pasado y esa sinergia global, unas décadas más tarde, colocaría a Carmen en el epicentro de las luchas autonómicas de los pueblos indígenas en el sur de México.
Carmen Santiago Alonso (1952-2022), oriunda de San Antonino Castillo Velasco, municipio del distrito de Ocotlán, por azares del destino nació en la ciudad de Oaxaca. Miguel Álvarez Gándara, hombre cercano a J’tatik Samuel, obispo emblema de la Teología India en Chiapas, cuenta que, al nacer, Carmen traía el cordón umbilical enredado. Sus progenitores se trasladaron de urgencia a la ciudad capital, donde su madre alumbró en una clínica citadina.
Inquieta desde la infancia, Carmen fue una explosión de júbilo en sus primeros años. Era la chiva de la campana, así la recuerdan sus amigos de niñez. Una líder que lo mismo declamaba, bailaba el Jarabe del Valle, ensayaba obras de teatro, organizaba concursos, o bien, escenificaba las fiestas patrias del 15 de septiembre. Vivió una infancia feliz entre el campo, la escuela, la siembra de hortalizas, la comida y el mercado. Cultivó el amor a la tierra y a las amistades.
Sus primeros años fueron cruciales, ahí se forjó un liderazgo excepcional: una mujer indígena, con un profundo conocimiento de los modos de vida comunitaria, consciente de sus derechos y con una fe inquebrantable; en síntesis, una fiestera con una espiritualidad profunda y una inteligencia emocional a prueba de fuego.
Carmelina, como también se le conocía, se sumó a una generación naciente de misioneras laicas, en la línea de la opción preferencial por los pobres, una pastoral de mujeres indígenas de la diócesis de Antequera comprometidas con los pueblos y comunidades. Conectó inmediatamente con la religiosidad popular y acompañó las principales demandas de los pueblos. A nivel continental, la región del Abya Yala se preparaba para la conmemoración de los 500 Años de Resistencia Indígena, Campesina. Negra y Popular.
Su trayectoria, como misionera laica y como defensora, estuvo íntimamente relacionada con el contexto histórico. Las transformaciones en la iglesia suscitadas por el Concilio Vaticano Segundo, las Conferencias del Episcopado Latinoamericano en Medellín y Puebla, el trabajo pastoral de los obispos rebeldes de la Región Pacífico Sur, siempre a contracorriente de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Club de Roma, fueron los acicates e inspiración en la misión que ella desarrolló.
En enero de 1995, fundó el Centro de Derechos Indígenas Flor y Canto, al lado de catequistas y dirigentes comunitarios de diversas regiones del estado. Este trabajo recibió el apoyo del obispo Bartolomé Carrasco, el Hijo del Surco, y del Centro Diocesano de Pastoral Indígena (CEDIPIO). Sabiamente tomó distancia de la iglesia, sin romper con ella, para conformar una asociación civil. Flor y Canto, se concibió originalmente como un centro de derechos humanos que atendía a comunidades parroquiales en zonas indígenas, cuyas demandas de justicia frente a violaciones a derechos y otras arbitrariedades eran su foco de atención.
En Chiapas se había levantado el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y la iglesia progresista era vista con sospecha por su apoyo incondicional a la causa de los rebeldes. La lucha por la autodeterminación de los pueblos en el sureste mexicano vibraba, y Carmen con ella.
Carmen dejó una huella imborrable en la lucha por la defensa de los derechos indígenas en Oaxaca y en el país. Son incontables las experiencias y procesos que acompañó, y aquellas gestas en donde estuvo involucrada.
El 1° de diciembre de 2018, en la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México, entregó al presidente López Obrador el bastón de mando con la siguiente advertencia: “Aquí está el bastón de mando, sirva para usted mandar obedeciendo, es el símbolo con el que usted conducirá a nuestro pueblo. Le recordamos que queremos ser tomados en cuenta en sus planes de estos seis años”. Tres meses antes de morir, Carmen, me confesó su deseo de escribir una carta al presidente para recordarle sus promesas incumplidas con los pueblos indígenas: “Yo le entregué el bastón de mando, siento una gran carga con eso”.
Uno de sus principales legados fue la defensa del agua en los pueblos del valle de Ocotlán. El trabajo de Flor y Canto y la Coordinadora de Pueblos Unidos por la Defensa del Agua (COPUDA), tuvieron como resultado el otorgamiento de las primeras concesiones comunitarias para el uso, aprovechamiento y cuidado del agua subterránea en zonas indígenas. Una experiencia pionera en el país.
Contaba Carmen que, unos días antes que se expidiera el decreto presidencial por el que se establecía la zona reglamentada del acuífero de los Valles Centrales, soñó a una culebra en el fondo de un pozo de captación de agua. En la cosmovisión de los pueblos indígenas, la culebra tiene un significado especial, está asociada a la reproducción, la fertilidad y el cuidado de la tierra. Este fue el símbolo con el que se despidió Carmen. Y esta es la imagen que nos dejó para continuar su lucha.
*El pasado 16 de julio celebramos 72 años del natalicio de Carmen Santiago Alonso. Estas palabras son un modesto homenaje a su trabajo en favor de los pueblos indígenas.
© Fotografía Centro de Derechos Indígenas Flor y Canto A.C.



