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Veredas Psicosociales
Veredas Psicosociales es una organización de mujeres que acompaña proyectos de vida digna y contrarresta los efectos de las violencias y desigualdades desde el feminismo y una perspectiva psicosocial.
En México, la violencia no es un hecho aislado ni excepcional: se ha vuelto parte del paisaje cotidiano. Feminicidios, desapariciones, desplazamientos forzados, militarización, criminalización de la pobreza y del activismo, así como la violencia contra personas defensoras, periodistas y comunidades enteras, configuran un escenario de exposición constante al daño. Frente a este contexto, muchas personas experimentan una respuesta psicosocial conocida como Desensibilización a la Violencia (DV).
La desensibilización no implica falta de valores o insensibilidad “natural”, sino un mecanismo de adaptación. Cuando la violencia es persistente y estructural, el cuerpo y la mente buscan protegerse disminuyendo la intensidad de las respuestas emocionales. El problema surge cuando esta estrategia de supervivencia se normaliza socialmente y deriva en procesos más profundos de deshumanización.
Ignacio Martín-Baró (1990) señalaba que uno de los impactos psicosociales más graves de los contextos de guerra y violencia prolongada es la deshumanización, la cual transforma los esquemas cognitivos y los patrones de conducta social. En México, esto se expresa en la dificultad para pensar con lucidez ante la saturación de información violenta, en la pérdida de confianza en la palabra pública y en el debilitamiento de la sensibilidad frente al sufrimiento ajeno.
Estas transformaciones se manifiestan en patrones como la desatención selectiva —elegir no ver—, el aferramiento a prejuicios, la rigidez ideológica, el escepticismo evasivo, la defensividad constante y la circulación de sentimientos de odio y venganza. En un país donde las cifras de violencia se repiten día tras día, estas actitudes no solo son individuales, sino socialmente producidas.
La desensibilización a la violencia como fenómeno psicosocial, se alimenta de la exposición continua a imágenes, narrativas y experiencias de daño. Investigaciones recientes señalan que esta exposición reduce las reacciones emocionales negativas y la capacidad crítica frente a la violencia, favoreciendo su normalización y minimización. En algunos casos, incluso se transforma en consumo, entretenimiento o morbo, erosionando los límites éticos frente al dolor ajeno.

Desde una perspectiva feminista descolonial, María Lugones (2010) aporta una clave fundamental para comprender estos procesos en México y América Latina. La autora explica que la deshumanización no es un efecto colateral, sino una tecnología central del sistema colonial, capitalista, patriarcal y racista. Bajo la lógica de la “misión civilizadora”, se ha legitimado históricamente la violencia sobre cuerpos, territorios, memorias y formas comunitarias de vida, produciendo subjetividades fragmentadas y jerarquizadas.
En el contexto mexicano, esta colonialidad del ser se expresa en la desvalorización de vidas indígenas, rurales, empobrecidas, feminizadas y disidentes; en la criminalización de quienes buscan a sus desaparecidos; y en la normalización del dolor de ciertas poblaciones como si fuera inevitable. La deshumanización permite que algunas vidas sean lloradas y otras ignoradas.
Sin embargo, Lugones también advierte que no habitamos un mundo completamente colonizado. Vivimos en lo que ella nombra un locus fracturado: un espacio atravesado por la opresión, pero también por la resistencia. A pesar de la herida, persisten prácticas comunitarias, saberes ancestrales, redes de cuidado y formas de organización que sostienen la vida frente a la violencia estructural.
Es aquí donde el acompañamiento psicosocial cobra una relevancia ética y política. Acompañar no es intervenir para corregir, ni patologizar el dolor, sino caminar junto a las personas y colectividades, reconociendo que sus malestares están profundamente ligados a condiciones sociales, históricas y estructurales. En contextos como el mexicano, el acompañamiento psicosocial busca contrarrestar la desensibilización rehumanizando la experiencia.
Acompañar implica abrir espacios seguros para nombrar el miedo, la rabia, el duelo y el cansancio; fortalecer la escucha colectiva; recuperar la capacidad de sentir sin quedar atrapadas en el sufrimiento; y reconstruir el sentido comunitario frente al aislamiento y el individualismo. Es una práctica que apuesta por la vida, por la memoria y por la dignidad.
Frente a un sistema que promueve la fragmentación y la indiferencia, el acompañamiento psicosocial se convierte en una forma de resistencia cotidiana. Resiste al olvido, a la normalización del horror y a la idea de que la violencia es el destino inevitable de este país. Reafirma que sentir no es debilidad, sino una forma de sostenernos juntas y juntos.
Pensar la desensibilización en el México actual no es solo un ejercicio teórico; es una invitación urgente a rehumanizar nuestras relaciones, a reconstruir el tejido social desde el cuidado colectivo y a seguir creando espacios donde la vida valga más que la ganancia, la seguridad militarizada o el silencio impuesto.
✊ Resistir no siempre es confrontar; muchas veces es cuidar, escuchar, acompañar. Es volver a sentir juntas y juntos, sin romantizar el dolor, pero sin negarlo.
💜 El acompañamiento psicosocial no busca “arreglar” a las personas, sino sostener la vida, reconstruir sentido y caminar colectivamente frente a la violencia.
Referencias:
Lugones, M. (2010). Hacia un feminismo descolonial. Hypatia, 25(4), 105-116.
Martín-Baró, I. (1990). Psicología social de la guerra: trauma y terapia: El impacto psicosocial de la guerra. UCA EDITORES.


