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Scriptorium

Donaldo Borja

Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.

Hoy en día, bajo un trazo casi perfecto y a modo de eslogan propagandístico, se hace notar el fin de la política: el Estado de Bienestar. Con ello, las llamadas becas del bienestar, los productos del bienestar, las casas del bienestar —y el ruega por nosotros puede continuar— se han convertido en el producto que el gobierno en turno ofrece al mercado social. Pero, ¿de dónde viene esta idea del Estado de Bienestar? Y ¿por qué la llamada Cuarta Transformación hace suya esta idea?

A modo de justificación, el Estado de Bienestar está presente en el Artículo 4° de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el cual manifiesta, bajo una serie de derechos presididos por la denominada igualdad sustancial entre hombres y mujeres, el derecho a la alimentación, a la salud, al medio ambiente, al agua, a la vivienda, a la identidad, a la cultura y al deporte. Estos derechos crecen constantemente; es decir, se tornan progresivos.

El Estado de Bienestar y los denominados derechos sociales arriba señalados tienen su contexto histórico ubicado en el siglo XIX, en la Alemania de Bismarck, y se consolidan tras la crisis de 1929 y el informe Beveridge de 1942 en el Reino Unido para salvar al sistema de la Gran Depresión. Cobraron un gran impulso en el siglo XX, en especial durante el periodo de la Guerra Fría, bajo la confrontación ideológica de los dos bloques económicos en los que se dividió el mundo: el capitalismo y el socialismo. Por un lado, el capitalismo liberal proponía la mínima intervención del Estado en el sistema económico, mientras que el socialismo y la socialdemocracia defendían un Estado rector y administrador de los bienes, a fin de distribuir con justicia aquello que contribuyera al bienestar. Por su parte, George Orwell, en Rebelión en la Granja, había predicho lo que posiblemente podía pasar si las personas que constituyen las estructuras del Estado perdían el equilibrio ético.

Así, en medio de esta pugna ideológica, nació un paradigma que el Estado mexicano adoptó, quizá movido por los ideales de la Revolución Mexicana que buscaba la justicia social. La idea del Estado de Bienestar se instaló en México bajo los gobiernos del PRI —partido que había conservado hasta el momento el ideario político de la Revolución— impulsando diversas estrategias. Un preámbulo fue el periodo de gobierno del general Lázaro Cárdenas, quien repartió tierras bajo el marco de la Reforma Agraria y creó el primer proyecto de seguridad social.

Posteriormente, Manuel Ávila Camacho creó el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y el denominado Plan de Unidad Nacional, que favorecía un modelo corporativo articulado por el gobierno (rector), los trabajadores y los patrones. Con Adolfo López Mateos, el Estado de Bienestar se expandió y consolidó, especialmente con la creación del ISSSTE y el impulso a los libros de texto gratuitos.

De tal modo, a la pregunta sobre de dónde viene la idea del Estado de Bienestar, se responde diciendo que procede de un contexto de desigualdad y lucha de poderes económicos. El Estado de Bienestar es la utopía que mueve constantemente a la construcción de condiciones favorables de vida para todos los que conforman una nación; un modelo en continua edificación. Por otro lado, ¿por qué la llamada Cuarta Transformación hace suya esta idea? Si bien el proyecto iniciado en 2018 con Andrés Manuel López Obrador y continuado por Claudia Sheinbaum tiene una fuerte inclinación hacia esta utopía —por su matriz de izquierda—, el modelo en parte se consolida y en parte se tambalea. La Cuarta Transformación adopta la idea del Bienestar para afianzar un modelo diferente al neoliberalismo, el cual dejó grandes estragos en México. El problema de fondo no es la búsqueda del Estado de Bienestar, sino la capacidad y ética de quienes lo ejecutan.

A modo de conclusión, se puede afirmar que el trabajo para que el Estado de Bienestar sea una realidad requiere un esfuerzo constante. No solo toca al gobierno ejecutarlo, sino que es papel de la sociedad involucrarse en su desarrollo y cumplimiento. Si bien el gobierno y el Estado son rectores para que esta utopía sea posible, todos debemos contribuir al fin común. Esto abre una interrogante decisiva: ¿realmente estamos interesados en nuestro bienestar común, o hemos dejado la política a unos cuantos que mueven los hilos del títere mientras recibimos la misma violencia estructural de siempre, pero ahora con otro color y otro nombre? Mientras no exista un cambio de conciencia, de democracia y de participación activa fuera del plano meramente institucional y sobre todo de ética, el Estado de Bienestar seguirá siendo una utopía en el horizonte.

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