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Scriptorium

Donaldo Borja

Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.

Posiblemente, todos los mundos idílicos que la literatura ha intentado elaborar, casi de forma genuina, tienden al fin último que Aristóteles en Ética a Nicómaco establece: la felicidad. Sin embargo, la gran literatura es una mera ficción —que no por ello deja de ser bella y profunda porque refleja el anhelo del hombre— cuyo punto de partida es la realidad en sí, el aquí y el ahora. Ficción y realidad están mezcladas incluso en el plano de la vida. Nos inventamos pretextos, historias, chismes y demás escenarios que parecieran haber sido inventados por el mismo Cervantes o por Cortázar.

Se ha dicho en repetidas ocasiones que la realidad supera a la fantasía. Pero, existe una contraposición en torno a esta tesis: en muchas ocasiones la fantasía supera a la realidad, por el hecho de que es un escape frente al drama humano dirigido por el dolor. Así, en la genialidad de los seres humanos, inventamos la utopía para pensar en un mundo posible, quizá como Eduardo Galeano lo expresó: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos”. La utopía es una ficción de movimiento, el mundo ideal puesto en el cielo al cual se pretende llegar —o al menos los creyentes, y los no creyentes pretenden encontrar el cese de todo, la paz— después de la existencia. Algunos muy atrevidos como Tata Vasco de Quiroga, tomaron al pie de la letra Evangelio y la Utopía de Tomás Moro, y crearon en Michoacán los ‘Pueblos hospitales’, pequeñas comunidades que implantaron el sueño del inglés asesinado por Enrique VIII. Casi, la mayoría de los evangelizadores del siglo XVI en América, tuvieron en sus manos aquella obra de un mundo idílico, basta señalar, también, al gran Bartolomé de las Casas.

Ahora, al lado de la utopía, aparece la distopía, una ficción donde la tiranía y el autoritarismo, regido por la violencia sistemática son el ambiente donde habitan los seres humanos. Baste para ello, leer 1984 de George Orwell, o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Y aunque, son mera ficción, al parecer, la distopía es la que más tiende a nuestra realidad. Así, la lucha entre lo utópico y lo distópico es la dialéctica perfecta que mantiene, posiblemente, el camino de la esperanza frente al fatalismo vacío del contexto.

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La Comisión Nacional de los Derechos Humanos, define a estos últimos, como: “El conjunto de prerrogativas sustentadas en la dignidad humana, cuya realización efectiva resulta indispensable para el desarrollo integral de la persona”. Así mismo, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en su artículo 1° remarca “la obligación de promover, respetar, proteger y garantizar los Derechos Humanos”. Como literatura en sí, ambas definiciones son una exaltación del espíritu humano. Pero, como realidad, distan mucho de lo que se vive a diario.

En la teoría, los Derechos Humanos se viven gracias al Estado de Derecho. Empero, esto es mera utopía. Si bien, la tendencia es hacer —lo que costó muchas vidas humanas— de estos Derechos una realidad. El mismo Estado —distópico, si queda como epíteto— es el flagrante de una violación sistemática estructural, porque no sólo es el Poder Ejecutivo el que acciona, sino todos los que habitan la cloaca, y así, al puro estilo de Bradbury, las voces disidentes, de aquellos que denuncian son acalladas “dándoles un periodicazo en el hocico” o en palabra de Alejandro Moreno: “no hay que matarlos a balazos, papá, hay que matarlos de hambre”.

Y esto es un mero ejemplo, porque, ante un Estado de Derecho fallido, el Estado de Excepción, aparece como resultado inmediato, casi una negación ontológica, es decir, a la persona no sólo le priva de las garantías jurídicas, que eso es puro adorno textual, sino se le priva de la vida misma como único bien que pudiera poseer. Quien debería de vigilar el cumplimiento de los Derechos Humanos, se convierte, entonces, en el principal violador. ¿Se vive realmente un Estado de Derecho? ¿O no es esto, al puro estilo del querido Platón y el ‘Mito de la Caverna’ unas sombras que los que están detrás del muro quieren que veamos?

[2]
Si la utopía es movimiento, y la distopía es tragedia, ¿qué nos queda pensar de los Derechos Humanos? ¿Forman parte de alguna de estas dos categorías? Y sepan disculpar si esto cae en la falacia del falso dilema. A como vemos las cosas, mientras no exista un Estado gobernado cuyo fin primario sea lo establecido en el artículo 1° de la Constitución, estamos viviendo la pantomima de una democracia simulada, por cualquier partido político, inclinada a la satisfacción de la megalomanía y a fines económicos.

Y, por último, si bien, hay algo de luz entre las cenizas, los Derechos Humanos están solamente garantizados a las altas cúpulas del poder. De ahí, es posible inferir que, mientras existan algunos ciudadanos —o el pueblo sabio— que luche en vez de aplaudir; que transforme desde casa en vez de ser eslogan; mientras las políticas sociales sólo beneficien a ciertos sectores, los Derechos Humanos se inclinan por una utopía, quizá nunca realizable. Me atrevería a decir: los Derechos Humanos al final de la cifra de muertos y desaparecidos, al final de la negación ontológica sistemática, terminan convirtiéndose en una ucronía… ¿Y si estos Derechos hubieran sido validados desde un principio? Otro gallo nos cantara.

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