AMOR DE CABARET

El millonario

Y podríamos decir que se fue como llegó, pero eso sería una mentira, se fue con nuevos y renovados hoteles, con la vida –gracias al dinero público- ahora sí resuelta, y con policías municipales a su servicio, gozando ya como ciudadano común las mieles del compadrazgo y la impunidad.

ANTONIO MUNDACA

“Ahora el presidente es él”-dijo Antonio Sacre Rangel y puso pies en despoblado después de firmar la entrega-recepción oficial. Estuvo acompañado del mismo séquito que le hizo de guarura por tres años y fiel a sus formas rústicas hasta el final. A su silencio le faltó decir como Fox ,“ahora puedo decir lo que quiera, total yo ya me voy”. Con la acotación necesaria que el ex presidente para desgracia de los tuxtepecanos ya hizo y sobre todo deshizo, no solo con el vocabulario sino por muchas tropelías que ahora son para él una apuesta a la corta memoria.

Y podríamos decir que se fue como llegó, pero eso sería una mentira, se fue con nuevos y renovados hoteles, con la vida –gracias al dinero público- ahora sí resuelta, y con policías municipales a su servicio, gozando ya como ciudadano común las mieles del compadrazgo y la impunidad.

Afeitado del cabello, bronceado, dando órdenes a sus subalternos, tanto que incluso a su ex secretario particular se le salió decir en tono sumiso en plena entrega-recepción: “ Sí presidente”, que generó las risas de ese momento incómodo y forzado, lleno de plutocracia y formas y todo ese juego político de solemnidad, donde el que se va y el que entra posan para las fotos, ojalá que no para convertirse en iguales.

Apurado, con la cínica tranquilidad de los impunes, se fue de la presidencia municipal sin extrañar aquellos famosos baños de oro y mármol que hizo cuando entró para sentirse a gusto. “En Tuxtepec ya todos nos conocemos y sabemos a quién se le va la cochina al monte”, fue de sus primeras frases célebres, chuscas y desafortunadas que llevó al clímax cuando atajó que “ el único que ronca soy yo”. Sacre Rangel dejó de roncar, para dormir en la tranquilidad huatulqueña, sabedor que le espera el olimpo del que se sale con la suya, se fue y ofreció nuevamente la asesoría al gobierno entrante, como aquella vez que le dijo a Dávila, “Tengo la biblia de como gobernar”, se fue a brincos y desde el parque Juárez despidió a varios de quienes los acompañaban con la promesa de volver.

“Ahora el presidente es él”-le dijo a un reportero de radio y a brincos y a tumbos se fue del palacio municipal, sonriendo: dejó dos hijos predilectos para orgullo de su nepotismo, y esa sensación de que durante su trienio, Tuxtepec sufrió de una presidencia soberbia e incompetente y los tuxtepecanos perdieron con Sacre la capacidad de sorprenderse ante lo que debió ser un comportamiento condenable, la corrupción sin fin.

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