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Bertha, la esperanza detrás del bordado del huipil Ojiteco

Ella no pide mucho. No exige. Solo quiere llevar comida a su mesa pero desea que le paguen por su trabajo, que le reconozcan de manera monetaria el desgaste de sus huesos y sus ojos.

SOFÍA ESTILLADO GALLEGOS 

Son las 5 de la mañana. El sol apenas se asoma en el horizonte, la tibieza de la madrugada sigue estando en las calles de San Lucas Ojitlán, el pueblo de las artesanas que bordan el huipil Ojiteco. A esa hora la mayoría de los habitantes duermen cómodamente pero hay excepciones. Bertha Mónico ya está de pie tras el fogón atizando la lumbre para preparar el desayuno de su viejo, quien se prepara para ir a trabajar el campo.

Bertha cumple pasmosamente su rutina. Abre los ojos todos los días a las 5 de la mañana y se duerme hasta las 12 de la noche. Es artesana de toda la vida. Sigue el ejemplo de su madre quien le enseñó a salir adelante trabajando con los hilos y sus manos.

Cuando sus deberes domésticos terminan, puede sentarse en su hamaca que está colgada en el centro de una estrecha salita donde no existe ningún mueble. Aquella casa pequeña bardeada de tablas y techo de palma tiene, por suerte, un piso de cemento y no de tierra. En la sala suele pasar el resto del día atravesando los hilos por los estrechos agujeros del telar. El día transcurre con la trama que de a poco va acabándose su vista, pero ella borda pájaros, flores de colores y un águila de dos cabezas.

Se pincha los dedos a causa de su vista cansada. Con sus manos temblorosas toma hilo y aguja. Trabaja incansablemente para tener los huipiles listos y salir a venderlos por algunas monedas que le ayuden a darle de comer a sus hijos.

De entre sus deberes domésticos busca el tiempo para salir a la calle y recorrer el pueblo con su morral en mano, y la esperanza en el corazón de que alguien compre sus huipiles. Ruega por que no se lo regateen como ya es costumbre.

Ella no pide mucho. No exige. Solo quiere llevar comida a su mesa pero desea que le paguen por su trabajo, que le reconozcan de manera monetaria el desgaste de sus huesos y sus ojos. Quiere que no se burlen de ella pidiendo fiado. Que no le digan, está muy caro. Porque caro está el doctor que la atiende por la artritis, que ha desarrollado con los años de bordado.

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