CuencaMecánica de la Censura

El sismo y la memoria

KAREN ROJAS KAUFFMANN

Tuxtepec, Oax.- Hace un año que el reloj de la plaza en Santo Domingo Tehuantepec, una de las ciudades del sureste mexicano más azotadas por el sismo de 8.2 grados que devastó el estado de Oaxaca aquella noche de septiembre, se detuvo.

Y a la luz de los días sobrevino el duelo colectivo. La pérdida de la esperanza y el miedo. Hoy en el Istmo ya no existen cifras optimistas. Ya no llegan caravanas de ayuda humanitaria ni destacamentos del Ejército Mexicano acompañando a políticos de alto nivel para tranquilizar a la gente. Tampoco hay albergues con personal o recursos de organizaciones internacionales ni alimentos calientes.

Persisten, por el contrario, el abandono y el desasosiego. Y muchos hombres hurgando entre los escombros, viviendo entre plásticos viejos, tubos de PVC y lonas curtidas por el sol de un tiempo suspendido. Un tiempo anegado entre el recuerdo de los muertos y miles de casas sin techos desde donde se mira con pena, a veces con rabia, el cielo.

Hace un año que en Juchitán de Zaragoza, un municipio ubicado a 27.5 kilómetros de la ciudad de Santo Domingo Tehuantepec, no amanece. El dolor de mover los restos de sus casas, hospitales y escuelas indigna. Ensombrece.

La reconstrucción de las de las viviendas y las escuelas afectadas, el mercado, el hospital general, la casa de cultura y el palacio de gobierno va lenta, porque el costo de los materiales y la mano de obra se ha encarecido en los últimos meses.

Los juchitecos se sienten heridos porque a pesar de que el gobernador Alejandro Murat Hinojosa, afirmó el pasado 23 de agosto, que “más de 4 mil millones de pesos se canalizaron en tarjetas Bansefi para la reconstrucción de 60 mil viviendas afectadas por los sismos del 7, 19 y 23 de septiembre de 2017”, la realidad contrasta con las declaraciones oficiales. Y mientras el gobernador miente, el municipio juchiteco es una herida abierta, un agujero en la tierra por el que se estanca la noche.

En Elmuromx hicimos algunas postales después del terremoto que hoy nos gustaría recordar como homenaje al tesón de aquellos hombres y mujeres que continúan trabajando por la reconstrucción de sus pueblos. Para todos ellos va nuestro reconocimiento y el deseo de que pronto sanen sus heridas.

 

Asunción Ixtaltepec. No hay comida. Apenas hay agua

Asunción Ixtaltepec, Oaxaca. México

Fotografía y texto: Antonio Mundaca

 

Asunción Ixtaltepec es un pueblo sitiado por militares y policías estatales. Hay denuncias de rapiña y camionetas con hombres armados cruzando el río Los Perros. Al caer la noche, los niños corren al albergue improvisado a comer bolillos de frijol con atún. El gobierno oaxaqueño, rebasado por la tragedia, levanta censos que hablan del futuro, no del hambre y el miedo de quienes afuera de sus casas, sienten la desconfianza que han dejado los temblores, uno tras otro desde hace seis días.

Inda Jani es una anciana de 76 años , sale de su vivienda de media agua a esperar que pase la noche. Ya tiene luz eléctrica pero sirve de muy poco. No hay comida. Apenas hay agua. Cocinaba bajo techos de adobe y lámina que fueron colapsados.

El techo sobre su cama tiene troncos delgados que sostienen las paredes a punto de derrumbarse. Su casa será censada para que en unos cuatro meses, después de varios filtros burocráticos, pueda ser levantada de nuevo por un programa federal aún por anunciarse.

Son las 9 de la noche. Inda Jani está en la calle en su silla de ruedas, sentada en hilera con cuatro de sus hijos. Su falda larga impide ver si sus pies tocan el suelo. Inda Jani está viva, pero sus ojos negros brillan con la tristeza de un fantasma que incendia la noche.

 

Juchitán. Hay fracturas que tocan el suelo profundo

Juchitán, Oaxaca. México

Fotografía y texto: Karen Rojas Kauffmann

 

 

 

Hay heridas que nunca cierran. Hay fracturas que tocan el suelo profundo y supuran. La familia Jiménez Betanzos lo sabe. Sabe que pasarán varios años para que las grietas que se abrieron en la casa de los abuelos después del terremoto del jueves 7, sanen. Aquel día, once minutos antes de las doce de la noche, los padres de Martha dormían. Su esposo miraba la televisión recostado sobre la hamaca que colgaba en medio de la sala.

Ella y sus dos hijos casi terminaban los deberes. De repente el estrépito de las paredes crujiendo. “Sentí que la tierra se partía”, dice Martha mirando fijamente hacia un punto muerto de la casa.

Hay heridas profundas que nunca cierran. La casa de los abuelos de Martha en la calle Francisco I. Madero en la Séptima Sección de Juchitán, una de las más castigadas por el sismo y la pobreza, ya no es la misma. “Salvamos la vida de milagro, mire, pase, vea cómo se doblaron los castillos por completo”, me señala con la mirada perdida entre los alambres retorcidos y los pedazos de concreto y vidrio tirados en el suelo.

Las autoridades federales informaron que el sismo de 8.2 grados en la escala de Richter causó que 9 mil 621 viviendas en la región de Istmo colapsaran. Y aunque la secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, Rosario Robles Berlanga, aseguró que en tres días cada familia afectada tendría un folio que les garantizaría la remoción de escombros hasta la reconstrucción de su vivienda, la realidad rebasa los cálculos de escritorio. “No creo que nos ayuden a reconstruir la casa de mis abuelos. La veo y no la reconozco. Aquí crecieron mis padres, aquí crecí yo y aquí también crecerían mis hijos, ¿usted cree que puedan reconstruir la casa? En todos estos días ni siquiera han podido darnos una despensa”, dice Martha con el corazón fracturado, empobrecido por el sismo y el hambre.

 

Juchitán. Casi todos en esta colonia perdieron sus casas

Juchitán, Oaxaca. México

Texto: Carolina Mejía

Fotografía: Karen Rojas Kauffmann

 

Alma Rosa es una juchiteca morena y vivaz como tantas, como todas. Pasado el mediodía, reparte sopa de pasta con pollo y zanahorias a los colonos de la séptima sección que lo perdieron todo. A cinco días del terremoto, sobre la calle Francisco I Madero, recién llegó el primer camión con despensas y agua proveniente de la Cuenca del Papaloapan del norte de Oaxaca.

Los estragos del sismo de 8.2 grados en la escala de ritcher se cuentan por miles. Tan sólo en la séptima, alrededor de sesenta colonos duermen en la calle principal a la intemperie y sobre el piso. Solo piden colchonetas para pasar las noches. Ellos mismos se organizan para preparar desayunos y cenas colectivas con donaciones de alimentos que les han llevado organizaciones civiles.

“Casi todos en esta colonia perdieron su casa o están en malas condiciones, es peligroso y por eso dormimos aquí en la calle cerca de lo que era nuestro hogar”, comenta Alma Rosa, mientras vierte con un cucharon enorme la sopa caliente sobre el plato que sostiene un señor agobiado por el cansancio y el dolor de haber perdido su casa.

“La comida se prepara para los colonos de esta cuadra, aquí nos organizamos, pero cuando ya les ha tocado a todos repartimos entre los vecinos de otras colonias o secciones. Las familias duermen sobre la banqueta con lonas improvisadas, junto a los objetos que lograron recuperar. Televisor, refrigerador, mesa, y sus mascotas. Algunos otros continúan levantando escombros y limpiando lo quedó de sus viviendas. Por dentro las casas están vacías”.

 

 

Domingo no ha dormido desde el temblor del jueves, su nieta tampoco

Juchitán, Oaxaca. México

Fotografía y texto: Karen Rojas Kauffmann

 

 

Domingo toma su lugar en la fila pero hace cinco días que él y su nieta malcomen. Con el rostro curtido por el sudor y el cansancio espera a que lleguen las despensas. No ha dormido desde el temblor del jueves siete. No puede. Su nieta tampoco. Teme que la tierra termine arrebatándole lo poco que tiene.

Domingo toma su lugar en la fila pero está. Hace apenas media hora buscaba entre los escombros algún objeto, alguna imagen que le dé el coraje que necesita para pasar la noche. Ayer un vecino le prestó una hamaca que cuelga entre dos árboles de pochote.

Domingo toma su lugar en la fila pero está angustiado. Vive bajo la zozobra de tener que dormir junto a los restos de su casa de barro y adobe. Hoy por la mañana escuchó en el radio que la Sedena y la Marina desplegarían 23 mil soldados para atender oportunamente las contingencias del sismo y las tormentas tropicales.

Domingo escucha inquieto. Duda. No entiende por qué habiendo tantos militares no hay nadie que le ayude, entrada la noche, a conseguir un vaso de leche caliente.

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