Scriptorium
Donaldo Borja
Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.
- Ante una navidad moderna ruidosa y engañosa, se presenta la navidad histórica sobria, silenciosa y sin sentido. Estos contrastes se suelen dar porque el elemento de contemplación más importante, el silencio, ha desaparecido.
Las fiestas decembrinas, quizá por su propia tradición histórica, ha representado desde siempre el momento de la unión, del amor y la esperanza. En sí misma, la navidad y las famosas reuniones se originaron en los ambientes más pobres, donde el frío del duro invierno europeo llevaba a prender fogatas comunes, por la carencia de la leña, y permanecer todos, familiares o no, cercanos a dicha fogata, con la finalidad de mantener el calor, y claro está, de compartir los pocos alimentos que se tenían.
El sentido religioso por el nacimiento de Jesús de Nazaret reconstituyó y formuló una razón más solida y fuerte de unión y de amor. La película llamada Visión: la vida de Hildegarda Von Bingen del 2009, en sus primeros minutos presenta cómo los habitantes del Rin (región de Alemania), aguardaban en conjunto, en una iglesia, el fin del mundo tras la llegada del año 1000 de nuestra era. Esa idea de unión, propia del cristianismo, transmigró hasta nuestros días, pero, fue inevitable el punto de contaminación por parte de los sistemas económicos hacia la navidad, convirtiendo a esta en una celebración más escandalosa, de ostentación y presunción.

Las narrativas bíblicas sobre el nacimiento de Jesús de Nazaret, lo presentan en las condiciones más infrahumanas del momento: de padres que migraron, de una madre embarazada misteriosamente, un hombre el cual acepta un hijo que no es suyo, y de colmo la indisponibilidad de alguna habitación para el nacimiento. Quitando la formula religiosa, romantizada y divina, el nacimiento histórico de Jesús parece más una tragedia que una bendición. Sin embargo, en la misma literalidad de los textos bíblicos, este nacimiento, que para creyentes o no revolucionó la historia, se dio en el silencio más profundo de la naturaleza humana.
Ante una navidad moderna ruidosa y engañosa, se presenta la navidad histórica sobria, silenciosa y sin sentido. Estos contrastes se suelen dar porque el elemento de contemplación más importante, el silencio, ha desaparecido. En vez de ser una reunión para unir a los amados, reflexionar lo bueno o lo malo de nuestra vida, estas celebraciones se han vuelto peleas, reclamos, discusiones y tristezas.
¿Pero por qué sucede así? Pienso, que justamente, porque ese es el silencio profundo de la naturaleza humana: la desesperación. En estas épocas donde la taza de suicidio aumenta, los casos de depresión se van al alza y los aludes de las familias se ven más resaltados. La navidad que vivimos sólo refleja la máscara de aquellas cosas que no se quieren afrontar. Se prefiere el oropel de la presunción y de la apariencia, que la autoconfrontación y aceptación de quiénes somos y hay dentro de cada uno de nosotros. Se da la prioridad a otras personas y no a nosotros mismos. Se piensa de forma estresante sobre qué cenar, qué regalar y no en cómo está el corazón.
El nacimiento de Jesús refleja justamente lo que somos: seres en constante movimiento para ver, si en algún momento, llegamos a una autodefinición. La navidad moderna refleja lo embarazoso y lo inhóspito que podemos ser con nosotros mismos. Quizá, lo mejor que se puede hacer esta navidad, es guardar silencio, encender la fogata del corazón, esa que está dentro de nosotros e invitar a unos cuantos a pasar el frío de la cruda indiferencia. Reunirnos en la sencillez propia de los seres humanos, cobijarnos en la unidad y el amor, para compartir con los solos y abandonados lo que nosotros, también, llevamos por dentro y disfrazamos con un: “¡Feliz navidad!”.


