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Amor de Cabaret

Antonio Mundaca

Antonio Mundaca estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Veracruzana. Ha sido becario de la Fundación Gabo y es miembro de la Red de Periodistas de A Pie. Es corresponsal de El Universal, colaborador de Pie de Página, cofundador y reportero de El MuroMx. Obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo 2022 y el Premio Estatal de Periodismo y Derechos Humanos de Oaxaca en 2017.

  • Requiem para la periodista Avisack Douglas Coronado, asesinada en Rodríguez Clara, Veracruz, este 20 de mayo.

El lamento

Pobres de nosotros los periodistas desconocidos, reducidos a la nada de un país pequeño en municipios olvidados y hostiles, donde siempre gobiernan los lobos, los caciques cañeros, los narcopolíticos de los que no podemos dar nombres porque saben la ubicación de nuestras casas.

Qué afortunada serías ahora, lejos de este bajo mundo, Avisack Douglas, si no fuera por esa bala dolorosa que te perforó el pulmón y dejó tu cuerpo temblando y muriendo en un hospital de Acayucan, hace unas horas.

Afortunada y moribunda, como si en esa contradicción no exhibieras lo peor de nosotros, los que nunca seremos periodistas puros. Como si no fuera el claroscuro de tu muerte y la orfandad de tus hijas un taladro en el sur y un cable eléctrico a tierra ensangrentada, que se guarda para siempre en nuestras cabezas. Como si tu asesinato no fuera algo que nos hunde de nuevo, otra vez en un hoyo sin fondo, como la vida cortada de otros tantos colegas asesinados en estas rutas, que desde la frontera entre Oaxaca y Veracruz, llegan al mar del Golfo y el Estado se niega a reconocer porque muchos de ellos cobraban 20 pesos la nota. Asesinados, no muertos. Asesinados por hacer el trabajo que no debían, que no debieron, que quisieron hacer a pesar de la advertencia, que tuvieron que tomar porque de eso se trata esta friega para ganar algo de dinero en esta selva espesa donde el crimen organizado es algo más sutil, más metido en el sudor y las cantinas, en los puestos de mondongo a las orillas del tren migratorio y sus municipios pintados de blanquito, y sus pangas cruzando ríos donde muchos sabemos han sido tiraderos de cadáveres.

Porque aquí, quizá supiste tarde ¿o no lo sabías, Avisack Douglas?, nunca pude preguntártelo, los ajustes de cuentas del narco con la prensa, no tienen la estridencia norteña del desierto, aquí se trata más de periodistas puestos en la mira sin saberlo, puestos en peligro por nosotros mismos, puestos en peligro por los colegas que simulan que nunca trabajaron para el jefe de la plaza, o por el empresario de medio pelo que cuida su negocio de siembra de piña y exporta la muerte y la droga en contenedores por caminos rurales destruidos.

Porque para nosotros, como tú seguramente sí sabias Avisack Douglas, siempre se trató mejor de no saber, o de saber a dónde o con quién, pero solo para tener esa idea fantasiosa e ingenua que al menos con eso, algo de nosotros o nuestras familias podría quedar a salvo, porque de consuelo nos queda que no hay nada más triste que el apocalipsis porque nunca completa su destino.

Convertirnos en eso que dice Elías Canetti; superviviente es quien, tras haber estado en el camino de la muerte, haber conocido muchas muertes y haber estado entre los caídos, sigue vivo.

Pero no pudiste sobrevivir, tú que incluso conocías cómo era el monstruo desde adentro trabajando en una dependencia de gobierno, y que ahora tras tu asesinato usan para borrar tu trabajo en la trinchera, pero no había como salvarte. Estabas en la hora precisa, en el lugar equivocado, con el rocio del calor elevándose sobre la noche de Rodríguez Clara, ese 20 de mayo cuando un grupo armado no llegó a buscarte a ti, que nada debías, pero para no estar tuviste que saber demasiado y asumirlo, porque estuviste ahí, aun sabiendo que todo ese triángulo piñero que incluye también los municipios de Ciudad Isla y José Azueta, son una zona donde la plaza está en disputa, y el “triángulo piñero” es un eufemismo para no llamarlo un gran “Triángulo de las Bermudas “que lleva por 12 años siendo el centro de crisis de desapariciones veracruzanas, ligadas a políticos locales, al reclutamiento forzado y el control de un rico territorio que se extiende en línea recta hasta Cosamaloapan y Loma Bonita, Oaxaca en el norte, y los municipios de Coatzacoalcos, Tierra Blanca y Las Choapas más al sur, al menos desde 2014.

Porque en esas zonas de México, el soberano no es el Estado, es el poder del narco con sus negocios, con sus empresas fachada, con su lavado de dinero en obra pública municipal , con sus políticos aspirantes a heredar el poder familiar, con la policía municipal bajo su mando, con sus ganaderos coludidos financiando labores altruistas, con su propia prensa, los que ejercen el control sobre quién vive y quién muere, sin mediaciones.

Ofertorio

18 días antes de tu asesinato, Avisack Douglas, el 2 de mayo murió impune el exgobernador veracruzano Fidel Herrera Beltrán, ese gobernador cuenqueño que nació en Nopaltepec a 92 kilómetros de donde tú fuiste asesinada, y que instauró como un legado definitivo que se extiende hasta tu muerte y la de al menos 30 periodistas sembrados de polvo.

Esa noche escribí sobre como la “Fidelidad Roja”, fue la herencia que ensangrentó Veracruz e inició en México hace 20 años “la moda” de los narcoestados y las campañas políticas financiadas por el crimen organizado. Esa noche me amenazaron por decir esa verdad incómoda mientras le tiraban incienso al que llamaron el Z1, hoy es el ofertorio frente a tu asesinato.

Me tocó cubrir toda la campaña a la gubernatura del “gober fogoso” en 2004, sin imaginar que la canción El Jefe de Jefes, que repitió tantas veces en todos sus mítines, era un anunció de la entrega que haría del territorio veracruzano al Cártel de los Zetas cuando logró el poder y a falta de justicia, hoy es una leyenda veracruzana.

Un estilo de gobernar que se caracterizó por una incansable campaña permanente de dádivas y dinero en efectivo. Ríos y ríos de dinero para pobres, ancianos, madres solteras, reporteros, líderes sociales, defensores de derechos humanos, halcones del Café la Parroquia; la creación y consolidación de medios de comunicación subordinados que él denominó “succionadores profesionales”, y el rasgo más importante y todavía permanente desde su sexenio en Veracruz: la proliferación de la violencia y la repartición de las plazas para el cobro de piso.

Sin Fidel Herrera no se podrían entender nuestros días, como desde el poder el exgobernador veracruzano fue el responsable de allanar el camino al asesinato sistemático de periodistas que se dispararon con su discípulo Javier Duarte, y su policía estatal convertidas de facto en células del narcotráfico. Un mal que ahora se extiende a estos sexenio morenista. Sin la Fidelidad no podría entenderse el hoyo profundo que son los territorios tropicales de la Cuenca del Papaloapan veracruzana, incluida su frontera con Oaxaca.

Sanctus

En el país profundo no hay “periodismo puro”. No existe ese de manual ético que tanto gusta en las metrópolis llenas de ruido con sus coberturas de “la gran agenda mundial”. En las regiones no sirve ese catecismo periodístico que es muy valorado como escuela para las financiadoras gringas o europeas, que dan sus dólares o sus euros y son útiles para vivir la vida cómoda desde una ciudad muy lejana de los pueblos en llamas.

En las regiones de México solo hay colegas buscando cómo llevar comida a sus casas. Saltando entre calles angostas entre un asesino y otro; entre trabajar en la jefatura de prensa de una campaña de la viuda de un expresidente municipal asesinado por narcotráfico, como pasó con Avisack Douglas, al trabajar para Xochilt Tress, que había sido directora de Espacios Educativos de la Secretaría de Educación de Veracruz en el gobierno de Javier Duarte, y en julio de 2017, fue detenida en los límites de Nayarit y Jalisco por elementos de la Fiscalía veracruzana, acusada de enriquecimiento ilícito y que hoy es candidata de Movimiento Ciudadano.

En las regiones de México los colegas por necesidad o adaptación prefieren no ver que siempre han estado en la cueva del lobo. Entre un corrupto y otro. Sin saber nunca cómo manejar la muerte del prójimo, la segregación y el propio duelo. En las regiones los reporteros son desechables. Los políticos primero, los narcopolíticos después y los cárteles desde hace varios años han sabido propagar la omertá: el plata o plomo; la frase lapidaria que Fidel Herrera instauró en Veracruz: “los periodistas sirven para tapar la mierda como los gatos”.

En medio de las armas o el “amigo diputado”, los periodistas ejercen su trabajo con censura, mal pagados, explotados con dos o tres o cuatro patrones para alcanzar la quincena que pague una ida al cine, juegan al emprendedor con medios de comunicación chiquitos, que muchas veces son únicamente ellos mismos con un celular sin una agenda propia, con convenios de dinero público donde casi siempre se trata de tirar incienso y callarse la boca o perderlo todo.

Lo que hay en las regiones son colegas expoliados de información por los periodistas consagrados del centro del país, que se llevan los premios, los viajes, el prestigio y extienden miserablemente, de muchas maneras, la hipótesis represiva del poder, eso que Michel Foucault dice en la Genealogía del Racismo, la propagación de periodistas lejanos con poder pastoral que normalizan y medicalizan la precarización y la guerra interna del país que vivimos.

En las regiones el periodista no es una abstracción sesuda de redes sociales. El periodista no es el viajero consumado, el conferencista, el opinador amortajado por su pensamiento de izquierda o de derecha: los enemigos no son imaginarios. Es el que cubre el asesinato del día por una nota mal pagada y esa información que no llega a las conferencias mañaneras de ningún Tlatoani favorito.

En las regiones los periodistas no distinguen entre ser voceros de un gobierno, de un narco o eso que alguna vez alguien venido de fuera les anunció: “el periodismo es un servicio”. No es nada de eso que dice un valiente que viaja a una zona de guerra en una camioneta blindada, y les vino a contar mientras jugaba a salvar reporteros de provincia. En las regiones de México, la vida del periodista se parece muy poco a lo que dice Kapuściński sobre que “los cínicos no sirven para este oficio”. El método periodístico en las regiones de México requiere muchas dosis de cinismo para sobrevivir, tiene como rigor pagar el precio sin frivolidad, exige cosas jodidas como negociar, lidiar y escuchar a criminales.

AMOR DE CABARET

El viajero

elmuromxelmuromx2016-11-18