Scriptorium
Donaldo Borja
Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.
El Tiempo en sí mismo ha sido uno de los conceptos más complejos de definir, empezando con las concepciones filosóficas y terminando con las nociones científicas. Todas y cada uno de estas definiciones tienen algo de verdad. Aristóteles ha mencionado en su libro De Física, que el tiempo es un cierto movimiento (2014, p. 143). Movimiento de un antes y un después, esto quiere decir, que el tiempo es una traslación. Y la definición aristotélica continua con una cadena de fuertes palabras que amalgaman de modo racional lo que están definiendo.
Sin embargo, para la concepción del tiempo siempre se parte de un punto de inicio: el presente. Así, el tiempo presente es lo único que existe en relación al pasado que ya pasó, y el futuro que no existe. San Agustín de Hipona, el filósofo y teólogo, menciona textualmente que “El presente de las cosas idas es la memoria. El [presente] de las cosas presentes es la percepción o visión. Y el presente de las cosas futuras es la espera” (2015, p. 332). La sentencia de Agustín genera una concepción del tiempo diversa a como se ha pensado, es decir, presupone un presente pasado, un presente presente, y un presente futuro (2015, p. 332). ¿Por qué Agustín hace referencia al presente? ¿no era más fácil denominar al tiempo por pasado, presente y futuro?
La temporalidad que San Agustín ofrece es entendida desde una visión de un solo tiempo: la eternidad. De este modo, el presente, como canta Julieta Venegas, “es lo único que tenemos”. Porque si bien el pasado es un movimiento que habla de un después, en algún momento, este era un presente. Y de modo inverso, si el futuro es un antes, hablamos de que este será presente. El obispo de Hipona coloca para una humanidad una verdad innegable: vivir el presente.

Las concepciones respecto al tiempo atormentan al hombre moderno. Estresado, cansado, agobiado, y en el peor de los casos, desesperanzado, el hombre moderno vive la fatiga interminable de las cosas que siempre le golpean. El hombre moderno se ha constituido en un ser débil por el abatimiento de la existencia misma, que ni el existencialismo, ni el personalismo, lograron solucionar. Para el hombre moderno, la vida en sí misma es una agonía y angustia, y no porque la vida lo sea, sino porque el hombre moderno vive atrapado en el tiempo.
La memoria —que es el presente de las cosas idas— atormenta al hombre en razón de aquellas cosas que no pudo hacer, es decir, presenta a un hombre cuyas oportunidades son solamente recuerdos incompletos. El pasado atormenta a los hombres por la carga de nostalgia y melancolía que contiene entre sus pasillos. El pasado oprime porque el dolor le habita. Muchos seres humanos viven desanimados, y nunca mejor dicho, porque su alma —las potencias intelectivas— viven en los recuerdos, y no de modo inverso, los recuerdos deberían vivir en el alma.
Por su parte, el presente de las cosas futuras, que generan la espera, más bien desespera, porque el hombre moderno, absorbido por la cultura de lo inmediato, no sabe que es esperar. Vivir sin saber esperar es una angustia. Las grandes angustias no proceden de lo que nos pasa, sino de las consecuencias que imaginamos que nos pasarán en el futuro. El hombre moderno es un ser angustiado porque teme al vacío incierto que encierra el inexistente futuro. Hoy, se habla que “la esperanza no defrauda” (Romanos 5, 5) —apropósito del Año Jubilar convocado por la Iglesia Católica— pero ¿en quién tiene, el hombre moderno, puesta su esperanza? ¿Qué espera?
El asunto es complejo, porque el presente es el único tiempo que no nos atrevemos a vivir. Los antiguos romanos tenían dos frases: carpe diem y memento mori. Estas dos frases son esa invitación, y porque no, actualización, a vivir el presente como un eterno en sí. El grito de “vive el día” y “recuerda que morirás”, son la esencia del presente, por el cual, casi nadie se detiene a pensar, y mucho menos a vivir. El hombre moderno podrá vivir las vidas que quiera, pero muy pocas veces vivirá el presente, y cuando lo intente vivir, el hombre moderno dejará de ser moderno para convertirse en un ser humano en plena humanidad.
- Bibliografía
Aristóteles. (2014). Física. Gredos.
San Agustín. (2015). Confesiones. Alianza editorial.
S. S. Francisco. (2024). Spe non confundit. https://www.vatican.va/content/francesco/es/bulls/documents/20240509_spes-non-confundit_bolla-giubileo2025.html


