El Sermón del Face
Miguel A. Vázquez de la Rosa
Miguel A. Vázquez de la Rosa estudió Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Es Integrante de la directiva de Servicios para una Educación Alternativa A.C. (EDUCA) desde 1994. Formó parte de la Comisión de la Verdad de Oaxaca y fue director de Radio Universidad de 2017 a 2022.
México vivió una semana convulsa, marcada por la tragedia, la polarización política y la desconfianza hacia las instituciones. Todo comenzó con un crimen que estremeció al país y terminó con un hecho que evidenció, de manera brutal, la vulnerabilidad incluso en las más altas esferas del poder.
Día 1. La luz que se apagó en Uruapan
Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, el cuarto municipio con mayor percepción de inseguridad en México, fue asesinado a tiros mientras encendía las luces del parque principal de esa localidad. Las imágenes de su ejecución inundaron, en cuestión de minutos, las pantallas de los teléfonos celulares. México presenció en tiempo real un acontecimiento de muerte durante una celebración de vida.
En las exequias, una niña tomó un megáfono para denunciar el acto injusto y pronunció quizá la expresión más genuina del dolor colectivo: “Te amamos, Carlos.” El alcalde fue considerado un dirigente valiente, crítico de la falta de apoyo gubernamental en la lucha contra el crimen. Su asesinato desató una nueva ola de polarización: los simpatizantes del gobierno acusaron a la oposición de “usar políticamente” la tragedia, mientras que la oposición culpó al gobierno de incapacidad frente al crimen.
México celebraba su festividad colectiva más importante del año cuando un crimen atroz apagó una vida y encendió la indignación. Antes de morir, Carlos encendió una luz. Ese gesto debería sacudir al país, recordarnos que México necesita muchas luces encendidas para luchar por la justicia y contra la violencia.
Día 2. Crimen político, redes sociales y libertad de expresión
El lunes siguiente, la presidenta Claudia Sheinbaum abordó el asesinato de Manzo durante su conferencia matutina. Condenó el crimen, pero también arremetió contra la oposición por el “uso político de la tragedia”.
Sin embargo, lo más inquietante fue una declaración que pasó casi inadvertida:
“Ayer pedí una revisión de las cuentas en redes sociales para ver cómo se generaron tendencias y cómo estas están creando un ambiente propicio para la desestabilización.”

Esa frase encendió alarmas. La presidenta relacionó la protesta en las redes con la anunciada marcha de la Generación Z, insinuando que existían intentos coordinados para desestabilizar al gobierno. Más allá de las pugnas partidistas, hay un hecho innegable, la ciudadanía está harta. En amplios sectores se percibe enojo, miedo e insatisfacción ante los pobres resultados en materia de seguridad.
Protestar es un derecho, no un delito. Intentar acallar esas voces resulta grave. Los gobiernos pueden pactar con las grandes empresas de comunicación o con los comentócratas, pero no pueden controlar el descontento social. En un ambiente tan convulso, abrirse a la crítica y escuchar al pueblo debería ser un sello distintivo de cualquier gobierno democrático.
Por el bien de todos y todas: primero, la libertad de expresión.
Día 3. La crisis se extiende
A mitad de semana, la crisis alcanzó un punto neurálgico. La presidenta Claudia Sheinbaum sufrió una agresión sexual en las inmediaciones de Palacio Nacional, a manos de un desconocido que burló los filtros de seguridad. Su escolta no logró impedirlo. El hecho, además de indignante, desnudó el nerviosismo en el primer círculo del poder.
La agresión ocurrió justo después de que la presidenta anunciara una iniciativa de pacificación en Michoacán. Su equipo había promovido un “baño de pueblo” para mostrar cercanía con la gente y proyectar una imagen de tranquilidad. El resultado fue catastrófico: el mensaje que se envió al país fue demoledor, ninguna mujer está segura en México, ni siquiera la presidenta.
Eduardo Guerrero, especialista en temas de seguridad, ha dicho que México vive una “epidemia criminal” que se arrastra desde 2008. Aunque el gobierno presume una reducción en los homicidios, muchos sospechan que las cifras están maquilladas. Es la vieja narrativa de “los otros datos”.
La presidenta hace bien en reconocer la crisis de seguridad que enfrenta Michoacán y en buscar soluciones. Pero hace mal en limitar el problema a ciertas regiones. Hoy le tocó a ella, mañana puede ser cualquiera.
Día 4. El ruido y las víctimas
El caso de violencia sexual que sufrió la presidenta acaparó la conversación pública. Actores de Morena y de la oposición se solidarizaron con ella; incluso ONU Mujeres manifestó su respaldo. Organizaciones feministas condenaron el ataque con contundencia: “La violencia contra las mujeres no puede normalizarse ni minimizarse.”
Sin embargo, pronto el debate se desvió. Una parte de la población, hombres y mujeres por igual, consideró que se trató de un montaje político. Otro sector trivializó el hecho con burlas y memes que ridiculizaron a la presidenta. El resultado: un ambiente de confusión, ruido y desinformación.
¿A quién conviene este clima?
Entre tanto ruido, se pierde lo esencial: las víctimas. No solo la presidenta, sino todas las personas que sufren violencia día a día en un país que parece haber perdido la capacidad de conmoverse.
Las instituciones deben atender lo fundamental: cómo reconstruir lo roto y qué acciones emprender para frenar la violencia política, las desapariciones forzadas y la impunidad.
El relato que coloca a la presidenta y su movimiento como únicas víctimas no hace justicia al humanismo que tanto se proclama.
En México, las verdaderas víctimas siguen siendo miles de personas anónimas que, lejos de los reflectores, esperan justicia.
Epílogo
En una sola semana, México pasó del dolor por el asesinato de un alcalde a la indignación —y perplejidad, debido a la sospecha de un montaje— por la agresión que sufrió la presidenta. La violencia no distingue jerarquías. La polarización crece. Y la confianza se disipa.
En medio de las movilizaciones crecientes en Michoacán, y frente a una violencia política que no da tregua, quizá la lección de esta semana trágica sea la misma que dejó aquel gesto del edil ultimado en Uruapan: encender una luz en medio de la oscuridad, aunque parezca inútil. Porque en este país herido, encender luces —de verdad, no solo simbólicas— puede ser el primer paso para no acostumbrarnos a vivir en la obscuridad.


