Scriptorium
Donaldo Borja
Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.
Recientemente, México fue testigo de una protesta más que se realizó bajo el nombre de “Marcha de la generación Z”, que al final, terminó con actos de vandalismo, por un lado, y la represión por parte de otros. Las marchas han sido el vehículo donde muchos se han subido para la defensa de sus derechos, privilegios o exaltar su dominio poderoso: Marcha de las Madres de la Plaza de Mayo, Marcha en defensa del INE o las marchas militares realizadas durante el dominio NAZI. Sin la pugna —en toda la historia universal— no se entenderían los cambios sociales.
En el acontecer actual de México, el uso de las marchas por parte de la derecha y de la izquierda, ha sido el modo en que buscan el restablecimiento de una nueva visión política. Curiosamente, pareciera que muchas de estas marchas terminan en disturbios que, afectan en demasía a la población. Sólo basta pensar en las marchas del 8 de marzo, las del magisterio (sección XXII) o en esta última, donde a punta de aerosoles, fuerza y gas lacrimógeno, se busca expresar el descontento y especialmente el hartazgo.
Ese hartazgo se ve representado en la aglomeración ¿será por ello que toda marcha se mide con la afluencia? ¿No es acaso un orgullo que más de un millón de personas en distintos puntos participaron en tal o cual manifestación? Así, en la marcha existe un símbolo que es dinámico: el pueblo, o al menos, una parte del pueblo que se siente identificado por el movimiento. Pero, aunque se intente negar, toda marcha tiene un sentir ideológico, representa algo más, una especie de interés que mueve al sector que lo convoca. Esta ideologización atrae a participantes cuyo sentir es el mismo. Por ello, la marcha representa, es simbólica.

Sin embargo, casi en la mayoría de mexicanos existe un descontento por estas aglomeraciones o, mejor dicho, depende de quién las haga. Al parecer, si la marcha la convoca el oficialismo, la participación del pueblo se hace efervescente. Si la hace la derecha, solo participan unos cuantos, los políticamente identificados con esta tendencia. Si lo hace algún movimiento social como el magisterio, la mayoría lanza una crítica feroz. Si es realizada por alguna asociación, Derechos Humanos, Derechos de los animales, por mencionar algunos, pasa totalmente desapercibido. Con ello, las marchas son un símbolo líquido.
Zygmunt Bauman, en sus reflexiones ha presentado lo “líquido” como una cualidad de las sociedades modernas. Es decir, que compara el estado social con alguna sustancia que dependiendo del molde que lo contenga será la forma. Esta liquidez, casi de la mano con el relativismo, ha llevado a que la lucha social pierda consistencia. No por la lucha misma, sino porque el continente en el que recae la lucha, es decir, el pueblo, pierde el interés por el que se esta en pugna. Así, la indiferencia es parte de la arquitectura social que conforman las marchas.
De lo anterior, se puede decir, que las marchas son un símbolo que solo responde a los partidarios que la acobijan. Y al ser parte de sectores y minorías, al resto de la población le parece una obstrucción a la vialidad. Con ello, nace una pregunta ¿Qué tan funcional son las marchas hoy en día? ¿Solucionan algo? ¿Hacen la presión política que se requiere? ¿o sólo se ocupa como un modo de llamar la atención mediática? Al parecer, desde que la indiferencia se asoma, la marcha pierde de suyo el carácter de identidad, de la no-representación.
Existen marchas representativas en la historia de México, como las de 1968, el hartazgo de electricistas, de los ferrocarrileros, de los maestros, de los estudiantes, etc. Y es que cuando el pueblo se una en realidad por un objetivo común, cuando la mayoría se cobije en el símbolo de la lucha, las marchas representarán un cambio social, mientras, seguirán siendo una añadidura a la historia de México, quizá, hasta una pantomima. Para que una marcha sea símbolo tiene que haber conceso entre todos para que realmente surta efectos, de lo contrario, es solo una conglomeración de personas que busca algo, pero sin fines reales, y que llegan a emplear la violencia como modus operandi para atraer la atención: los afectados y desacreditaros, los mismos que protestan. Porque después del disturbio viene la pregunta: ¿Qué sigue?


