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Scriptorium

Donaldo Borja

Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.

Tomas un libro entre tus manos, un artefacto frío, lejano, a veces muy distante en los tiempos. Abres unas cuantas páginas y observas un mundo de letras cuyas finuras rosan los márgenes para no salirse de un cuadrante perfecto. Con detenimiento observas que no hay dibujos, ni un rastro de imágenes que puedan absorber páginas enteras. Cierras de golpe aquel artefacto que tanto dolor te ha causado, y dices entre una voz casi comprometida: ¡No gracias, no me gusta leer!

Esa definición ambigua de la lectura, tira por base el acercamiento a los contenedores de ideas y letras: los libros. Y es que, leer queda disociado de la lectura. Es como si leer es igual a libro. ¿A caso no leemos los mensajes de textos o de las redes sociales como WhatsApp, Facebook, X (Twitter), etc? Leer es el acto de recoger los códigos de la lengua escrita que comúnmente llamamos letras. Esa conjunción de letras reunidas hace que contenga un significado y, poco después, un significante. Pero, para llegar a este nivel, se necesita de la lectura.

La mayoría de personas son grandes lectores, pero no de libros. ¿Por qué, en la era de la digitalización y de la fácil imprenta, son pocos quienes tienen el gusto por la lectura? Años anteriores se decía que la adquisición de libros era para las clases altas y medias, quizá los únicos que tenían acceso a la cultura. Incluso, hubo una serie de autores que sólo se conformaban con escribir para esos grupos selectos. La lectura estaba marcada por un sesgo de clasismo y discriminación, donde el acceso a los libros por las clases bajas y grupos vulnerables era poco factible. Sin embargo, tras la creación de la Secretaría de Educación Pública, se acercó a las clases bajas el llamado “libro de texto gratuito”, el problema: la lengua en la que estaban escritos y la pedagogía.

La castellanización de las clases bajas y, en especial, de los pueblos indígenas, fue uno de los grandes retos del siglo XX, en especial de los años 70. La mayoría de personas que no vivían en las capitales de los estados, hablaban su lengua indígena, pero, la escuela obligatoria por mandato de la Constitución de 1917, producto de la Revolución Mexicana, exigía que se homologaran la lengua de la enseñanza. Hubo intentos más amables como las “escuelas bilingües” donde se hablaba español y la lengua indígena. Estos intentos de hispanización y de acceso a la cultura, favoreció que aparecieran pedagogías poco holísticas, en otras palabras, se dio la aparición del maestro “lee y copia”.

Los maestros “lee y copia”, se caracterizaron por una lectura donde los errores no eran permitidos, y el apego estricto a la literalidad era la mayor excelencia. Esta clase de maestros estaban acostumbrados a dejar grades resúmenes de grandes lecturas. Imponían, una de las prácticas más dolorosas de un neolector: el reporte de lectura. Pedían grandes trabajos para recuperar y aprender de los grandes autores. Pero, en el fondo, esto acarreaba una grave problemática: el alumno entre más leía, más se distanciaba de la lectura. ¿Por qué? Porque se leía para el cumplimiento y no para el verdadero aprendizaje.

Aprender es un placer doloroso. Tomás de Aquino hablaba de la fruitio, como el gozo o gozne más profundo que la inteligencia puede experimentar. Y esto, lo encuentra en el estudio: en la lectura y la escritura. Así, la lectura es la fruitio, cuando esta primera estimula realmente la inteligencia, cuando sumerge al lector en un mundo diverso o paralelo al que vive y lo lleva a la reconstrucción de una realidad diferente, para que, como propone Platón, ayude a los condenados de la caverna a salir de su encierro. Por ello, la lectura por placer o fruitio, es el resultado de un ejercicio pedagógico flexible y holístico, donde el lector no lee por el imperativo de “es obligatorio” o “así tiene que ser”, sino que lee por el mero gusto de leer, haciendo de la lectura una entelequia.

Cuando un sistema educativo se torna adverso en la educación, leer es una obligación que termina en el alejamiento del alumno, haciendo que el maestro —responsable primero de la promoción lectora— se convierta en primer causante de los traumas lectores. Según la psicología, y la página psiquiatria.com, un trauma es “una respuesta emocional o psicológica profundamente perturbadora que resulta de experiencias extremadamente estresantes o abrumadoras”. Así mismo, el Diccionario de la Lengua Española menciona que el trauma es: un “choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente”. Cabe aclarar que existen otras definiciones de traumas, especialmente cuando se habla de la parte física del cuerpo. A lo que aquí nos ocupa, es entender el ‘trauma lector’ como la respuesta conductual de una persona tras enfrentar una situación extremadamente estresante con relación a los libros, dejando daños y secuelas que conducen al abandono de la lectura por placer.

Si bien, existen factores que pueden llegar a ocasionar un trauma lector, como el sistema educativo, el acceso a libros, las pedagogías en la enseñanza y los padres de familia, los maestros frente agrupo, deberían de ser los primeros en saber detectar y conducir a los neolectores hacía experiencias más placenteras de la lectura, esto mediante la reconstrucción de la historia lectora. Así, un trauma lector, si bien puede ser una disfuncionalidad, puede dar la alternativa de una reconquista que venza obstáculos sociales e institucionales, replanteando al libro no como único soporte de lectura, sino siguiendo las sabias palabras de Sor Juana Inés de la Cruz en Respuesta a Sor Filotea de la Cruz: “aunque no estudiaba [leer] en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndose ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal.” El soporte de lectura más excelso por antonomasia es la realidad misma, de donde parte nuestra experiencia y de donde puede nacer una nueva versión que reconcilie a los neolectores con los libros.

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