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Scriptorium

Donaldo Borja

Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.

Muy adentro del panteón de las frases sobre la historia resaltan por lo menos dos que han sido el tópico continúo, la de Cicerón: “La historia es maestra de los tiempos”, y la de George Santayana: “un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”. Si bien, como epíteto de cualquier investigación o discurso político, estas frases suenan como arma decorativa, la realidad planea otra cara totalmente diferente, en ocasiones disfrazada de falsos nacionalismo o historias a modo.

La historia de las naciones, apoyada de una narrativa “oficial” siempre ha sido punto clave para, hasta cierto punto, la realización del presente. Ya diría Orwell en su novela “1984”: “quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”. Sin embargo, es poco probable que exista una narrativa histórica realmente objetiva, casi neutra. Más bien, existen narraciones cuyos rasgos se ven casi contaminados por la serie de intencionalidades de quien financia la investigación o del historiador mismos. Entre tanto, es posible distinguir la historia de la narrativa histórica. Si bien, la primera es la reconstrucción del pasado; la segunda, tienda a contar dicha reconstrucción, la arma, la adorna, se convierte en expresión.

Si sigue el pensamiento de Michael Foucault: “quien controla el discurso controla la masa”, es fácil comprender porque los gobiernos —de izquierda o derecha— tienden a acomodar las narrativas hacía los fines propios. Por ejemplo, el Partido Acción Nacional (PAN) con el ideario de Patria, Familia y Libertad, quien por la vestimenta del Estado laico y para no hacer referencia al fascismo, sustituyó libertad por Dios. O no se diga del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) que ondea una equiparación de los movimientos políticos que se han dado en nuestro país: la Cuarta Transformación. Y no se diga el abandonado Partido Revolucionario Institucional (PRI) que bajo ‘memes’ comparativos y un discurso casi obsoleto, intenta revivir una memoria de triunfos bañados más por el descontento de los años 60 y 90 que por la verdad misma.

Aquí es importante hacer una presión: en la actualidad, no existe una clase política, el ars gobernandi dejó de existir. Más bien, existe una clase ideológica que bajo el argumento de “nueva política” tiende a gobernar sin saber gobernar. Implantando de manera contundente más su ideología de mercado que una real transformación social. Y si bien, en los dos últimos períodos de gobierno, se ha intentado implantar un “Humanismo Mexicano”, la utopía es posible deslumbrarla en muy pocos estados, convirtiendo a esta idea en mera propaganda.

Hecha la precisión, es posible entender que el discurso ideológico ‘necesita’ del discurso histórico. Pero, ¿De qué modo? Cuando la ideología necesita justificar su accionar, torna a la historia, pero, no a esa aproximación de acontecimientos, sino a una historia casi mitológica, donde los héroes —en ocasiones más acartonados e inmorales— se vuelven una especie de referencia del ideal. Así, la narrativa histórica se reconstruye continuamente, haciendo que en ocasiones esta se pierda o navegue sin sentido. En México, las derechas e izquierdas de la clase ideológica gobernante, toman a la historia como una vendedora de caricias, para engendrar en ella narrativas cuyo único fin es la justificación ideológica. Con ello, nuestra historia, casi prostituida por narrativas a modo, pierde su sentido de referencia, es decir, su impacto en el presente se vuelve una simple gloria y no un acto memorable.

La necesidad de una narrativa histórica apegada al acontecimiento en sí, exige la investigación en las fuentes: el retorno a la búsqueda más propia y científica. Para conducirnos de un planteamiento ideológico —propuesto desde Plutarco Elías Calles, y con sus acepciones— a una política histórica de lo real a ejemplo de Lázaro Cárdenas. El paso de una narrativa a modo, debe efectuarse con la creación plena de una consciencia histórica donde todos tengan participación y exista, por lo menos de manera utópica, una ética histórica. Entiéndase, pues, la ética histórica como el modo favorable donde no existen divisiones entre ricos y pobres, donde no existe la explotación, sino el bien común, así como el hecho mismo de que toda narración se emplee en su contexto. De este modo, el paso de la ideología hacia la política será un acto de verdadero humanismo.

El planteamiento, que hasta aquí se presenta, nos lleva a una simple conclusión. El ser humano como ser histórico necesita superar la práctica ideológica de una política donde siempre han estado los mismos. Si no se tiene memoria, basta recordar los años anteriores para darse cuenta que los políticos de siempre han sido reciclados en el ahora, ¿acaso eso no le sucede, también, a la basura? Ni la historia, ni ninguna narración histórica, debería estar debajo del quehacer de los ideólogos políticos. Más bien, la historia tendría que ayudar a la política a construir una sociedad que supera las dificultades del pasado y mantenga, a modo de tradición mutable, aquellas cosas que puedan servir para el bien común. En todo ello, la historia y la narración histórico como una igual a la política, plantean un horizonte siempre abierto.

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