Scriptorium
Donaldo Borja
Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.
Marco Aurelio, el emperador, solía pensar que la política tenía un único fin: el bien común. Para llegar a dicho fin era necesario el deber, la justicia y la razón. Incluso, siglos atrás, Platón y Aristóteles planteaban que para ser “político” era necesaria: la virtud. Así, el gobernante no era sólo una pieza representativa sino una clave que por sí misma se convertía en referente para los ciudadanos y, desde luego, en referencia moral. Referente es a símbolo y referencia es a vida. De tal modo, que el gobernante era símbolo de la virtud y un maestro de vida.
Han sido muy pocos los que han llegado a consolidarse como referente y referencia. La mayoría de los políticos quedan mareados de tanto ego y adulación, al grado de creerse seres omnipotentes y omniscientes. Muchos de los emperadores romanos, por poner un ejemplo, cayeron en el profundo abismo de la egolatría, dígase Nerón o Calígula. Pero, en épocas más moderna cabe la absoluta mención a Mussolini, Franco o Hitler; y desde luego, entre esta letanía, entraría Donal Trump.
¿Dónde quedó aquel modelo clásico del político virtuoso? La lenta agonía, por no decir, la muerte de un ideal propio, ha llevado a una rotunda definición de la política como un quehacer de intereses personales y megalómanos que no conducen más que al absurdo. Con ello, hoy es posible hablar del vicio político, bajo una máxima ética: “si a la política quieres entrar, retorcido debes de estar”. Y es que el ejercicio político, hoy se replantea bajo una muy mala interpretación de Maquiavelo. Hay quienes dicen que después de este autor del Renacimiento, la política ya no fue la misma. Y es que se abrieron dos concepciones: la política virtuosa del bien común; y la política utilitarista del bien propio disfrazado, después, del nacionalismo enfermo de mediados del siglo XIX.
Con los filósofos grecorromanos y medievales, la política era útil: servía para servir. Aunque no existía propiamente una concepción de democracia, el rey o los príncipes se empeñaban en buscar el bien de todos, muchos de ellos terminaron canonizados por la Iglesia, como San Luis Rey de Francia o la misma Isabel la Católica que tiene su causa de beatificación abierta. Sin embargo, después de Nicolás Maquiavelo y Adam Smith — este último introdujo el liberalismo económico — la concepción de política se trastorno, ahora, servía para servirse.
¿Hubo acaso una descomposición moral? En los términos más simples, y siguiendo el concepto de Nietzsche, con el cambio de época y la apertura del pensamiento, lo que hubo fue una ‘transmutación de los valores’ (Umwertung aller Werte). Si bien, no en el sentido que pretendía el filósofo alemán, de cambiar los valores occidentales para dar paso a los valores afirmativos de la vida, lo que si hubo fue un cambio de valores que redefinieron el quehacer del ejercicio social. Así, el utilitarismo de Jeremy Bentham, se abrió paso, haciendo una política económica-utilitarista.
Hasta el momento, dentro de la historia convivieron dos posturas políticas: la clásica, que es la búsqueda del bien común; y la moderna, que es una política económica utilitaria. Estas dos definiciones políticas se tornaron fuerzas heraclianas, es decir, una lucha de los contrarios. Así, la definición clásica fue asumida por una institución que, desde sus orígenes, encontró en los clásicos, la estructura y la fuerza necesaria para sustentar su teoría: la Iglesia Católica. Mientras que la definición moderna se acercó a las fuerzas nacionales que surgían casi como un brote de resentimiento y que dieron paso a lo que conocemos como nación: el Estado. Con ello, la pugna Iglesia-Estado, fue justamente la lucha de dos contrapuestos, donde en varias ocasiones, uno doblega a la otra, o la otra doblega a su casi homónimo.
En México, tras la promulgación de las Leyes de Reforma en los años 1859–1860, la separación de la Iglesia y del Estado fue un momento de pérdida para la primera y de ganancia para el segundo. De por medio, se encontraban los intereses de los patrones del altar. Esta separación no sólo fue fáctica, sino ideológica. Abriendo paso a una nueva religión «El estado laico». Así, no sólo de manera institucional, la Iglesia pasaba a segundo plano, sino que su papel se reducía a la mera catequización, que pronto se vería golpeada por la introducción del positivismo de manos de Gabino Barreda.
El Estado moderno, con su nueva política, trazaba un nuevo rumbo; la iglesia por su parte, sumergida en su oscurantismo medieval —pésimo insulto de incultos ignorantes— comenzaba a tomar una nueva posición, la consolidación de una concepción política que hablará de las masas, apareciendo así con el Papa León XIII (1978–1903) la denominada: Doctrina Social de la Iglesia. Esta nueva visión se tornaba una crítica férrea al Estado moderno y la economía-utilitarista, planteaba un horizonte, casi utópico, de una nueva organización social que algunos estados europeos, como Polonia, comenzaron adoptar a mitad del siglo XX. La Doctrina Social de la Iglesia ganó terreno y simpatía, era un golpe de autoridad moral al Estado moderno, o en términos más coloquiales: era un periodicazo en hocico del perro.
Los golpes morales duelen más al Estado moderno que sólo conoce la guerra (armada e ideológica). Esto es posible verlo con Donal Trump que tras las declaraciones de 12 de abril de 2026 cuando llamó al Papa León XIV: “débil y nefasto en política exterior”, no se esperaba que este, haciendo uso del Evangelio, la tradición filosófica y teológica desarrollada por la Iglesia y, desde luego, la Doctrina Social, contestara sin más: “No somos políticos, no miramos la política exterior con la misma perspectiva.” Entre esta disputa, se deja asomar la pugna entre las dos ideas políticas: Trump defendiendo una política económica-utilitarista, justificada por la guerra; y el Papa León XIV, empleando una política clásica que busca el bien común, justificada en el Evangelio.

¿Qué sustenta, entonces, el actuar del Papa, fuera de ser un líder político o no? La respuesta más obvia es La Moral. Así, entre las patadas de ahogados, Trump, intenta justificar la legitimidad de su «Estado Laico» mediante una supuesta moral que emana de la adulación y aprobación de otras denominaciones cristianas. Esto comprueba que el «Estado laico» por sí mismo no posee moral, y eso no quiere decir que sea inmoral, sino amoral, y con mucha facilidad cometa actos criminales contrarios a la ley o tratados internaciones al no sustentarse en una autoridad superior a él. Al «Estado laico» nadie lo controla. Aquí, ni el principio de soberanía popular salva, porque en términos prácticos, el que posee el poder puede ejecutar. La resiente disputa entre Trump y el Papa, fuera del plano mediático y farandulero, presenta un dilema, lo que nos lleva a nuevos planteamientos como: ¿es más conveniente un Estado cristiano? O ¿Qué tipo de política sería mejor?


