AMOR DE CABARET

El campañero

*¿Dejará de gobernar desde las redes sociales para entregar algo más que foquitos, pelotas, cemento y despensas a las comunidades más empobrecidas?, ¿cuántos conejos o estatuas de silicón o mariposas brillantes sobre puentes destruidos se necesitarán para crear una identidad cultural que valgan una presidencia de cinco años?

ANTONIO MUNDACA

Fernando Dávila estaba en la asamblea local del Partido del Trabajo (PT), feliz. Arengó el discurso al que ya nos tiene acostumbrados: “el pueblo manda”, “el dinero del pueblo”, “ellos los malos, nosotros los buenos”, y bla, bla, bla.

A su entrada triunfal y en familia política, la batucada prendió a los acarreados. El acto de precampaña había iniciado. Su fundación, Fhucup, operó el montaje, los funcionarios del Ayuntamiento fueron distribuidos en el salón: directores, empleados, seguidores de las comunidades traídos por líderes de colonias a los que les entregaron banderitas petistas, y afuera recogían su torta mientras bajaban de los camiones a los que oficialmente, nadie movilizó.

Con el escenario puesto, “el dedito” de Benjamín Robles Montoya, lo señaló como su gallo y Dávila feliz, posó para la foto, recibió los aplausos de sus empleados, los beneficiados de su gobierno y esa gran masa de gente ilusionada que fue de paseo un día domingo a presenciar el ascenso de “uno de los suyos”, o al menos, ese que se autonombra como “uno de los suyos”, aunque enfundado en el blanco y con la sonrisa aperlada –y en el inició de su poder y leyenda- use camisas Polo Ralph Lauren, que cuesta 2 mil pesos la prenda.

Después vino el discurso que todos conocemos también, “No son los tiempos”, “ahora mi deber es el pueblo”. El pueblo, el pueblo. Bla, bla, bla.  Y así mientras el pueblo de verdad regresó a sus casas, a sus comunidades pobres a recibir cementos y pelotitas y foquitos,  dio inició el plan reelección que ya todos sabíamos, la novedad, el madruguete; el adelanto es que ahora puede ser con Morena: el partido que encarna el discurso de los desposeídos que tanto le gusta ostentar al gobierno municipal.

Si hoy fueran las elecciones, y el PT y Morena fueran juntos con Fernando Dávila como el candidato, sería electo Presidente tres años más, no me queda duda.  ¿Aguantará ese discurso un año más? ¿ahora qué político, regidor o enemigo le pedirá el dinero de los tuxtepecanos que él cuida celosamente? ¿dejará de gobernar desde las redes sociales para entregar algo más que foquitos, pelotas, cemento y despensas a las comunidades más empobrecidas?, ¿cuántos conejos o estatuas de silicón o mariposas brillantes sobre puentes destruidos se necesitarán para crear una identidad cultural que valgan una presidencia de cinco años? .

Por ahora se ha “oficializado” lo que ya sabíamos, tenemos un presidente municipal en campaña política, que no sabemos si entiende que desde su posición, la mejora campaña es un bueno gobierno, un gobierno verdaderamente transparente, un gobierno que traduzca en hechos la demagogia política de los discursos.

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