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Los gladiadores callejeros de la Cuenca del Papaloapan

*Desde hace más de 20 años recorren las calles, los parques, las escuelas, canchas, auditorios y gimnasios de los barrios más desolados del municipio, para llevarle a la gente hasta sus casas un espacio donde los alaridos, las risotadas y sus mentadas de madre, los vestuarios aterciopelados y chillantes, las amenazas sobreactuadas, el sudor sobre las espaldas anchas y cuadradas, los músculos famélicos, los jalones de pelos y los chipotes con sangre falsa, o los varios gladiadores volando de una cuerda a otra, son la oportunidad única –casi perfecta-, para ver un espectáculo que de otra manera se quedaría en el sueño.

 KAREN ROJAS KAUFFMANN

Tuxtepec, Oax.- Con 45 grados de calor a la sombra y un ring tan triste y oxidado que se arma con la dificultad cansada de una vieja carpa de circo, ellos se acomodan las máscaras brillosas y apretadas, se ajustan los trajes de colores y repasan sus llaves misteriosas con vueltas en el aire.

Son las cinco de la tarde. El sol va cayendo lentamente sobre los techos de las casas en San José Chiltepec -o ‘Júyú, como la gente llamó al pueblo en chinanteco-, un pequeño y olvidado municipio de la región del Papaloapan, al norte de San Juan Bautista Tuxtepec, en el Estado de Oaxaca.

En esta región de las chinantlas hay una humedad que nunca acaba. Un estupor caliente entre la losa rústica y las sillas viejas que hacen las veces de butacas. Frente al auditorio de piedra los niños esperan que la función empiece. Sus padres no podrían pagar los 300 pesos que cuesta un boleto de lucha libre profesional en alguna de las arenas más famosas de la Ciudad de México. Poco importa, a los ojos de los chicos el ring destartalado será durante muchos días, la ilusión de la tarde.

 

Todo por amor al arte

A la tercera llamada y rodeando el escenario improvisado aparece Nocturno. Un atleta amateur que lleva a los municipios pobres y más apartados de la cuenca, la emoción por la lucha libre. Nocturno es un hombre de piel morena y brillosa con el vello del pecho rasurado y medianamente fornido. Lleva una máscara negra con detalles rojos y “salvajes” en los ojos; después aparece el Duende Jr., que es el líder de la banda y el luchador responsable de llevar el espectáculo hasta donde la gente lo pida.

Luego, desfilan turno por turno, Omega y Destello Azul. Fatboy y Gerónimo Apache, contra Halcón Negro y Fatboy Jr.,Dangerours, Guerrero de Fuego y Calipso contra Mr. Grillo, Grillo Jr. y Pandora, todos miembros del Club de Lucha Libre Tuxtepec y que desde hace más de 20 años recorren las calles, los parques, las escuelas, canchas, auditorios y gimnasios de los barrios más desolados del municipio, para llevarle a la gente hasta sus casas un espacio donde los alaridos, las risotadas y sus mentadas de madre, los vestuarios aterciopelados y chillantes, las amenazas sobreactuadas, el sudor sobre las espaldas anchas y cuadradas, los músculos famélicos, los jalones de pelos y los chipotes con sangre falsa, o los varios gladiadores volando de una cuerda a otra, son la oportunidad única –casi perfecta-, para ver un espectáculo que de otra manera, sólo podrían sintonizar en sus teles.

“Montar un espectáculo de lucha libre es sumamente complicado”, me dice Duende Jr., “con los chavos trasladamos el ring y le damos mantenimiento, no recibimos apoyo de ningún nivel de gobierno ni institución, los chavos compran el material para sus vestuarios y yo los ayudo, sin costo, confeccionándolos. Todo lo que recaudamos cuando rentamos el evento a un particular es destinado, la mayor parte, al mantenimiento del ring porque es muy caro. Las tres cuerdas las acabamos de renovar el año pasado y nos costó 9 mil pesos. Ellos no hacen lucha libre por dinero. Cada quien tiene su trabajo, pero cuando hay oportunidad de pagarles les agradecemos así”.

Y aunque no haya dinero de por medio, el ring del club sirve de escenario, de pequeño coliseo donde los gladiadores callejeros de la Cuenca del Papaloapan vuelan, juegan, sueñan y aseguran algunos pocos minutos de fama entre el gentío, el calor, la lejanía y la pobreza. Todo por amor al arte de la lucha libre mexicana.

 














 

 

 

 

 

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