La Caja de Pandora
Karen Rojas Kauffmann
Karen Rojas Kauffmann es cofundadora y directora de El MuroMx, colaboradora de Pie de Página e integrante de la Red de Periodistas de A Pie. Se especializa en temas de protección a los derechos humanos, de género y en defensa de los territorios y los pueblos. Fue becaria de la Fundación Gabo y obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo 2022. Cree en la fuerza del lenguaje.
- Bomarzo, el célebre parque con esculturas del siglo XVI, que se localiza en la Italia central, cerca de Viterbo, comparte un elemento unificador y catalizador con el poema de Elsa Cross: el dolor por la muerte o la ausencia.
“Tuve la desazonante impresión de que regresaba a casa, después de años, acaso siglos”, dijo Manuel Mujica Laínez, escritor, crítico de arte y periodista argentino, cuando visitó por primera vez el Parque de los Monstruos de Bomarzo, en Viterbo.
Este gran espacio verde, situado en el pequeño pueblo italiano –a unos 90 kilómetros de Roma–, es una invitación a lo que hay de familiar en sus gigantescos habitantes de piedra: Criaturas mitológicas que luchan entre ellas para no morir de tedio; una enorme boca tallada que en realidad es una gruta perdida en medio de la nada; o un elefante de guerra que aplasta y asfixia con su trompa a un soldado. Así es la belleza salvaje de Bomarzo. Así la piedra triste del camino al pequeño pueblo construido sobre la roca aislada, donde el jardín descansa.

Un parque sin ataduras formales, construido en 1547 por orden del duque Pier Francesco Orsini después de enviudar, como un espacio de tranquilidad donde “el corazón pudiera serenarse”.
Miro las fotografías del jardín. La piedra tallada me evoca las gárgolas y criaturas grotescas que adornaban las catedrales medievales, pero llevadas a proporciones monumentales. Cierro los ojos y me imagino entrando a la gigantesca cabeza de ogro que alberga una pequeña mesa de piedra en el interior de su boca. Imagino que sentada a la mesa, casi puedo escuchar la belleza absoluta del silencio en el parque. También siento la angustia del duque por su esposa muerta.
Sobre esa boca de lobo, Elsa Cross* describe otra muerte muy cercana a la tristeza: La de las conversaciones pasadas. Enterradas. Ausentes. Esa herida que punza constantemente y no cierra. Eternas pláticas delirantes entre dos presencias familiares que ahora apenas se conocen, pero para las que el eco de sus voces resultan esenciales:
“Jardines ebrios como Bomarzo,/ con el olor de sus musgos,/ la blancura de las cortezas desgajadas/– y esos líquenes suaves cubriendo/ el torso y los muslos de Neptuno,/ el sexo de Perséfone./ Y todo a flor de piel–/ aun ahora que tú sostienes esta plática/ desde el extremo de una cuerda imposible,/ y yo, en el otro,/ como aplicando la oreja a una lata/ de aquellos viejos teléfonos infantiles,/ trato de adivinar lo que dirías/ si tu voz no se hubiera deslizado/ por la boca del orco./ Puerta franca a las levitaciones,/ las partidas intempestivas,/ los secretos–/ Ogni pensiero vola…?”

A la muerte del duque Orsini el jardín fue abandonado hasta la segunda mitad del siglo XIX y la naturaleza se apoderó de los espacios, dándole un aspecto aún más salvaje. Fue comprado por la familia Bettini, que lo abrió al público después de restaurarlo.
“Al pie del níspero/ en esa banca que la maleza alcanzaba/ rasguñando las piernas,/ nos preguntábamos/ si en los jardines de Bomarzo/ alguien habría hablado así/ sobre el ser y el no ser,/ sobre aquello que va de uno a otro/ y existe más allá del uno y el otro./ Y aparecían junto al alambre de la cerca,/ como arpías,/ torpes, ruidosas aves de corral/ marcando un justo contrapunto/ a la arrogancia que había detrás de la pregunta.”
Elsa Cross pone en Bomarzo a gravitar un espacio pétreo en el que los sueños, los umbrales, el vacío, el laberinto, las preguntas sin respuestas y los límites del lenguaje exigen la relevancia del primer plano. Por eso para escuchar la naturaleza salvaje entre los jardines monstruosos del duque de Orsini, haga como reza una de las inscripciones que da la bienvenida al visitante: “tú que entras accidentalmente por aquí, deja volar la mente y dime si tantas maravillas fueron hechas por engaño o bien por arte”.
“Tanto de nosotros quedó también atrás./ Cosas olvidadas antes que ocurrieran. Y aquello que causaba insomnios y furores, por lo que hubiéramos vendido el alma,/ aparece ahora como un drama vulgar,/ y todo se reduce/ a una pulsera con el broche roto– o a un pedazo de vasija: /hileras de hoplitas desnudos con sus lanzas, el pene curvo como réplica de la barba.”
Hay en los jardines de Bomarzo y en el poema de Elsa Cross, otra forma de viaje hacia la muerte o la ausencia: Una exploración que descubre un día cualquiera, después del dolor por el camino recorrido, que todo está en orden, que todo ha caído por su propio peso y está en su sitio.
Y que ese sitio es aquí. Y que ese tiempo es ahora. Y que ese jardín no existe.
*Bomarzo, de Elsa Cross en Editorial ERA, 2009


