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Juntas

Veredas Psicosociales

Veredas Psicosociales es una organización de mujeres que acompaña proyectos de vida digna y contrarresta los efectos de las violencias y desigualdades desde el feminismo y una perspectiva psicosocial.

Ver las noticias e informarnos siempre es necesario para comprender lo que sucede a nuestro alrededor, para dar sentido, entender, saber en dónde estamos parados como sociedad y estructurar un poco lo que sucede en tantos frentes. En los tiempos que atravesamos, informarnos se ha vuelto una necesidad aún más apremiante, pues día a día acontecen hechos que dan la sensación de que la historia va a cambiar de rumbo. Muy probablemente no sea sólo una sensación y sí estemos viviendo un cambio en la historia tal como la conocemos hasta ahora.

Siempre hay muchos temas importantes por abordar, es difícil priorizarlos. Sin embargo, consideramos que no hay que perder de vista uno que nos ha estado susurrándonos al oído desde hace varios años y que continúa sin resolverse, que se agrava poco a poco, que es una de esas heridas del planeta que van emanando lentamente un olor de descomposición que ojalá nos haga voltear a ver cómo sanar antes de que sea imposible hacerlo: la crisis climática.

Sabemos que la crisis climática es uno de los tantos fenómenos actuales que a muchas personas abate porque parece que no hay forma de que mejore, o quizá porque plantea una realidad que parece fuera de nuestras manos, es por eso que mientras nos proponíamos escribir sobre este tema, nos generaba inquietud poder hablar de crisis climática no desde la desesperanza o frustración sino más bien, desde la consciencia y el derecho que tenemos todas y todas a habitar el mundo sin sentir que se está derrumbando y que el saber que aún queda mucho por hacer, nos movilice más que paralice. Hablarlo desde la ilusión, el futuro, los sueños, el amor, la conexión con la tierra y su cuidado, lo que mucha gente, en diversas partes del mundo, seguramente tiene y reproduce.

Una herramienta para disminuir los fantasmas e ideas devastadoras suele ser la información que de claridad y permita comprender los hechos, es por eso que consideramos necesario recordar qué nos ha llevado al punto actual del estado del medio ambiente y el clima.

Aunque hay múltiples factores que contribuyen a que empeore la crisis climática, es posible identificar como el más relevante, la persistencia del sistema económico capitalista que promueve un estilo de vida basado en un consumo desmedido, una producción masiva y su consecuente explotación indiscriminada de recursos naturales. Esta lógica genera una dinámica de la que es difícil escapar, pues hay una constante generación de necesidades que impulsa la compra de artículos que, a su vez, impulsan el incremento de producción industrial. Esta dinámica genera una demanda de energía y recursos que contribuye significativamente al deterioro del medio ambiente y a la emisión de gases de efecto invernadero.

De acuerdo con un informe de Carbon Majors Report de 2017, solo 100 empresas son responsables de más del 70% de las emisiones industriales globales de gases de efecto invernadero desde 1988. Estas emisiones han acelerado el calentamiento global, alterando patrones climáticos, provocando sequías, inundaciones, olas de calor y pérdidas de biodiversidad. Sin embargo, muchas veces se pasa por alto cómo estas alteraciones generan tensiones políticas y crisis humanitarias. Por ejemplo, según la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH), más de 380 mil personas fueron desplazadas forzadamente en México entre 2006 y 2023, muchas por causas socioambientales.

Estos datos son impactantes porque, de alguna manera, nos ponen de frente a una realidad: lo que una o pocas personas podamos hacer para reciclar y reducir la generación de contaminación en nuestros hogares y áreas laborales, o en donde nos desenvolvemos, a pesar de que para nosotras puedan representar grandes esfuerzos, es “micro” comparado con las cantidades de desechos e impacto que generan grandes empresas. Pero entonces, ¿Qué está pasando con nosotros como sociedad al sentirnos con el derecho de saquear y usar el agua, el suelo, la tierra sin medida?, ¿En qué momento nos desconectamos tanto de lo verdaderamente importante, LA VIDA?, ¿Qué tan conscientes somos o no, de que las acciones que tomamos, las decisiones que tenemos sobre qué consumir, afectan?, En qué momento nos recordamos que aquí no se trata de -sálvense quien pueda- sino de que todos coexistimos en este mundo y la tierra tiene tanto derecho como nosotros a ser cuidada y respetada, porque sí, porque existe, porque es vida, con historias, saberes, misterios y todo lo que nos podamos imaginar.

Entonces, ¿Cómo nos organizamos para que esto pare?, ¿Qué hacemos juntas y juntos, para ir poniendo un freno a esto?
Al final, si es que es posible resumirlo, podríamos decir que nuestro sistema se basa, principalmente en tomar “recursos” de la naturaleza y usarlos para saciar necesidades que muchas veces, el mismo sistema nos crea y esto tiene consecuencias gravísimas para todos.

Escribimos “recursos” entre comillas porque a veces nos preguntamos ¿qué pasaría si dejáramos de darle valor a la naturaleza solo en función de qué tanto nos sirve o no, de un recurso del que podemos hacer uso cuando y como queramos? y qué pasaría si, en su lugar, viéramos el medio en el que habitamos y cohabitamos como muchas culturas nos han enseñado: como vida de la cual no podemos disponer a nuestra conveniencia nada más, pensando solo en nuestros propios beneficios y esperando que esto no tenga consecuencias, porque claro que las tiene y ¿quién las paga?, generalmente las personas más vulnerables.

Hablar sobre el cambio climático es como elegir una pieza de un rompecabezas y estudiarla para ver cómo es que encaja y se vincula con una serie de desastres naturales y humanos, como conflictos por recursos, guerras y migraciones, donde las personas más vulnerables salen siempre perdiendo.
Hace unos años nos preocupaban las cantidades de personas que se desplazaban de sus países a través de México para llegar a Estados Unidos, hace muchos años más atrás, movidos por el sueño americano, aquel que decía que al llegar a Estados Unidos podrías hacerte de riquezas. Con el paso del tiempo, esa narrativa fue dando lugar a otra: la gente se mueve de sus países porque es imposible vivir ahí entre tanto cobro de piso, desapariciones, violencia. Actualmente empieza a escucharse otra narrativa entre las personas que van dejando sus lugares de origen para encontrar otros en donde vivir. Esa historia que se va escuchando poco a poco, y tememos que llegue a retumbar con fuerza, es la que habla de la imposibilidad de vivir en su lugar de origen por los destrozos que va dejando la naturaleza, por inundaciones, por sequías, por incendios. Lo hemos tenido muy cerca, en los incendios que hemos vivido en el estado y en el país en los últimos años, y que se han generado por las temperaturas extremas, la tala desmedida, la contaminación, etc. y también las inundaciones repentinas.

Creemos que, si nos detenemos un momento a recordar de dónde venimos, cuántas cosas la tierra nos ha enseñado, nos ha permitido y nos ha dado; nos puede ser un poco más fácil volver a ella. Y volver a ella desde un lugar de profundo respeto y honra, tocando la esperanza al reconocer que, así como hay muchos grupos de poder que saquean y mucha gente que consume sin medida, hay también mucha gente, culturas, pueblos que nos siguen enseñando a cuidarla, a conectarnos con ella, a honrarla y respetarla.

Por ejemplo, muchos de los pueblos originarios siguen defendiendo la tierra, y gracias a la gestión comunitaria que tienen, se resiste y se evita la sobreexplotación de especies y la degradación de ecosistemas, además de ser los principales defensores de bosques, ríos, manglares y montañas frente a proyectos extractivistas. Estos pueblos, ignorados durante siglos, hoy nos ofrecen no solo resistencia, sino también un camino posible hacia la regeneración del mundo. Hay mucha gente organizada en Yucatán, Aguascalientes, Baja California, Monterrey, etc. defendiendo bosques, mares, ríos… tenemos mucho que aprender y mucho a lo que sumarnos.

Tal vez el cambio climático sea la consecuencia más clara de que hemos llegado al límite de un sistema económico y cultural que ya no puede sostener la vida como la hemos conocido hasta ahora. Frente a ello, lo que necesitamos no es solo conciencia individual, sino transformaciones colectivas que incluyan otras voces, otras formas de pensar el territorio, el consumo y el desarrollo. La crisis nos exige escuchar a aquellos pueblos que han demostrado que es posible vivir sin hacer destrucciones masivas, sin explotar, aprender de sus formas de organización y proteger los ecosistemas que han resguardado durante siglos.

Esta quizá es una invitación para entender el cambio climático como un fenómeno que refleja cómo cada pieza del rompecabezas está conectada: el modelo económico capitalista con un estilo de vida consumista que hemos normalizado, las emisiones corporativas, los desplazamientos humanos, los pueblos originarios víctimas del despojo y guardianes de conocimientos que podrían salvarnos a todas y todos; nos permite ver que el problema es profundo, pero también que la solución no es una sola, pueden ser muchas.

No basta con conocer datos, con experimentar angustia y parálisis. Para imaginar otro futuro posible en medio de un mundo en transformación, tal vez debamos empezar por rearmar el rompecabezas con nuevas piezas que nos hablen de comunidad, de cuidado, de respeto por los seres vivos, de nosotras y nosotros en relación con la naturaleza, de límites al consumo y de justicia, de pequeñas acciones que se repliquen, aquellas que, a pesar de no generar cambios extraordinarios, muevan a nuestros compañeros, vecinos, a sentir nuevamente que el control está en nuestras manos al sembrar un árbol, al separar la basura, al comprar menos cosas innecesarias, al organizarnos para exigir cambios profundos, recordarnos que tenemos objetivos en común como lo es defender la vida. Nosotras creemos que aún estamos a tiempo, si sabemos escuchar lo que la tierra —y quienes la cuidan— llevan años diciéndonos.

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