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Scriptorium

Donaldo Borja

Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.

Éramos unos niños los que en su momento vivimos los períodos del gobierno sangriento de Felipe Calderón; los sinsabores de la pantomima más costosa al erario: Peña Nieto; y desde luego, la etapa explosiva de aquel “populista” cuyos intereses desfavorecían a los eternos favorecidos. Ya hoy, todo esto huele al añejo sentido de la historia, sí, a lo que en su momento se le puede denominar la historia fracturada de México, la historia del “ay se va”. Pero, todo ello, es parte de nuestra identidad, la innegable forma del ser mexicanos.

Samuel Ramos emplea al “pelado” como una figura arquetípica del mexicano, el vulgar mexicano que carece de memoria y ha convertido su quehacer político en un mero y llano: “no me interesa”. ¡Vaya crueldad para con México! Hemos vivido desinteresados del campo de nuestra historia convirtiéndonos en clientes quejosos del sistema: “¡Maldito gobierno!”. Pero ¿Qué hemos hecho? Mantenernos lejos del quehacer histórico porque nos gana la más grande de las ignorancias políticas. Seguimos siendo unos pelados ignorantes sin sentido histórico.

“Ese ‘populista’ sólo vino a dañar a México” ¿Y los otros qué hicieron? ¿acaso convertirnos en un país de primer mundo? Y no, no somos Dinamarca, pero al menos por un peso, que cuesta una impresión de CURP, en el centro de salud puedo tener la atención básica, muy básica, que al menos en Estados Unidos, ese derecho es un privilegio de alto costo. México y su historia discapacitada, ha llevado a lo que hoy es: un país donde el lento gobierno cuyo epíteto de “transformación” sigue avanzando con las piernas mutiladas.

Perdón, es que México estaba mejor antes, donde la indiferencia de un programa llamado Oportunidades callaba el hocico de los perros que ladraban. Pelados sin memorias e ignorantes, cuya historia era sólo museística y recuerdo de una gloria pasada, donde “los padres de la patria” no eran más que biografías que se compraban en papelerías y de las que nunca se volvía a saber nada. Años de dolor acallados por una pintura falsa de decadencia y sin protagonismo, donde el voto era un circo, por que ya sabíamos quién iba a ganar: el oficialismo. Tristemente, hoy, la historia se repite.

“¿No le duele México?” Bendita pregunta que me hicieron, que me quebró, que me rompió, pero que como siempre, me levantó el orgullo para decir: no. Me duele más la ignorancia de tantos cuyos aplausos por un elegante copetón llevo a los golpes de Atenco, a la desaparición de 43 jóvenes —guerrilleros como Cabañas, que en lapidario juicio de mis conciudadanos ignorantes llamaron “violentos vándalos”—. Una revolución no se hizo repartiendo besos y aplausos, se hizo haciendo temblar al sistema, moviendo la loza de años de un ejercicio fallido. ¿“No que un México sin hambre… Claudia”? Si el hambre ya existía desde Salinas, Cedillo, Fox y Calderón que impulsaron el interés de los empresarios y sólo se acomodaron el fajo de billetes en las bolsas, para que cupiera bien, esos negocios al amparo del poder.

Decía un diputado —que en ocasiones es vergüenza pública— “no vendieron a su madre, sólo porque no cotizaba en la bolsa de valores”. El 2013 y las Reformas Estructurales, fueron una letal inyección para vender al país como una prostituta para los extranjeros. Y claro, muchos pueden y deben diferir, pero hablan desde la ignorancia: pelados ignorantes. Y no digo que el gobierno inaugurado en 2018 fue o ha sido el mejor, porque no lo es. Porque el presente no puede juzgarse, ni el pasado, pero sí se puede aprender de él. La lastimosa figura de un cambio de gobierno beneficia a unos y descompensa a otros.

La economía moral y el humanismo mexicano son propuestas de reivindicación, que han fallado no por ser propuestas, sino porque los herederos son la misma panda de rufianes con cara de oportunistas. Una República amorosa —utopías como las de Tomás Moro— que es condenada por quiénes han decidido no ser lectores de Historia, sino agentes informados en letrinas y lavaderos convencionales. En el País de nunca jamás, las utopías son melancolías rotas y disfraces de muy malos intérpretes.

2018 fue un parte aguas que no se entiende desde un sentido histórico, sino desde una perspectiva política. Y para ello, basta leer al padre de la Historia moderna, March Bloch, que en su texto Apología para la historia o el oficio de historiador, regala una joya invaluable: el presente es política; el presente relativo información; y el presente pasado, historia. Los tiempos venideros son incertidumbre donde el ojo crítico es fundamental para ser entendidos. Que no se nos olvide: somos protagonistas de esta historia que se sigue escribiendo, porque aquí se aplica el “juntos hacemos historia”, pero no cualquier historia, sino la historia de México.

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