El Sermón del Face
Miguel A. Vázquez de la Rosa
Miguel A. Vázquez de la Rosa estudió Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Es Integrante de la directiva de Servicios para una Educación Alternativa A.C. (EDUCA) desde 1994. Formó parte de la Comisión de la Verdad de Oaxaca y fue director de Radio Universidad de 2017 a 2022.
El pasado sábado 6 de diciembre se presentó en la Biblioteca Andrés Henestrosa la primera novela de Nallely Tello, Las Pájaras (Editorial Almácigo, Oaxaca, 2025). Tuve la inmerecida distinción de ser uno de los primeros lectores de la obra y de preparar una reflexión que ahora comparto en esta columna.
Antes de leer esta novela conversé toda una tarde con Nallely Tello. Fue una larga plática donde le hice muchas preguntas sobre el manuscrito que tenía entre mis manos.
Desde ese primer encuentro intuía ya, qué era y qué no era este relato novelado. Supe, por ejemplo, que no se trataba de una novela sobre feminismo. Nallely, una militante convencida de esta causa, me confesó su preocupación sobre cómo podría ser recibida esta obra en su círculo cercano. Las Pájaras no es una novela feminista en un sentido programático, pero sí es un texto atravesado por una crítica profunda al patriarcado, a esa cultura de dominación que permea la política, la economía y la vida cotidiana.
También entendí que no era una novela histórica, aunque su trama traza con precisión una ruta que va desde mediados del siglo pasado hasta los albores del presente. Reconstruye, desde la ficción, acontecimientos como la decisión de construir la Central de Abasto, la caída del gobernador Zárate Aquino y la revuelta del 2006. Tampoco es un ensayo político, aunque está sólidamente basado en el conocimiento sociológico que Nallely tenía del caso, especialmente por su investigación para su tesis de maestría sobre un grupo de mujeres que operó en el Marcado de Abasto de Oaxaca entre los años setenta y los noventa del siglo pasado.
Después de leer la novela, confirmé que en este relato se vuelcan todas las facetas de Naye: la narradora que emerge con una voz propia; la militante feminista que interpela al patriarcado desde la experiencia de las empoderadas mujeres comerciantes; la socióloga rigurosa; la activista capaz de ordenar —y desordenar— hechos históricos para mostrar sus fisuras; y la poeta que crea perfiles psicológicos complejos y entrañables.
Las Pájaras es, en suma, una novela donde Nallely Tello echa mano de todos sus saberes para construir una historia que desborda cualquier categorización literaria.

Marcela Serrano, la novelista chilena, dijo en una entrevista, después de publicar hace más de 30 años su obra, Nosotras que nos queremos tanto: “Todas las mujeres, más o menos, tenemos la misma historia que contar”. Ella se refería a que, más allá de la formación profesional, la historia personal, la edad o los orígenes, las vidas de las mujeres suelen estar atravesadas por circunstancias comunes. Cito a Marcela: “la experiencia de ser una minoría oprimida, el cuerpo como territorio, la lucha por conseguir presencia en lo público”. Prosigue: “Las mujeres tenemos como una ‘camisa de fuerza’, que es el rol. Somos primero madres, esposas, hijas, hermanas… y luego personas”.Las Pájaras es justamente ese tipo de relato: una historia sobre un grupo de mujeres que necesita hacerse oír, que busca empoderarse y que, incluso, recurre a la violencia para lograrlo. Sin romantizar los hechos, Nallely nos conduce por cada una de sus historias, permitiéndonos comprender las fuerzas que las mueven y el mundo que las condiciona.
Las Pájaras es una novela que se aleja de la corrección política que hoy pretende uniformarlo todo. En sus páginas, Naye, desvela la historia de este grupo de mujeres sin reservas ni pudores narrativos: desde la ficción, se permite mostrar cómo Las Pájaras se enfrentan a puño limpio contra otras mujeres —las que les oprimen—, en una lucha tan cruda como inevitable. Cito:
“Por culpa de Doña Martha Las Pájaras nos habíamos convertido en gente mal vista en el mercado y también en gente mala. No solo fueron las infamias que doña Martha dijo de nosotras, ni todas las chingaderas que nos hizo, sino también la complicidad de muchas viejas revoltosas y lambisconas que le siguieron la corriente, que hablaban a nuestras espaldas, que escupían al suelo si pasábamos cerca, que se habían sumado a doña Martha cuando quiso sacarnos del eucalipto”.
Nallely se permite un juego encantador entre, el lenguaje religioso y simbólico, y el sarcasmo de las mujeres piadosas. Con ello crea una atmósfera en la que se imploran favores a las vírgenes e incluso se las desafía a cambio de alguna recompensa. La condición humana, en todo su esplendor. Aquí la sobrina de Juana implora a la Virgen de la Soledad:
“Santísima virgen, yo no soy religiosa, pero sé que, aunque ella tenía sus dudas sobre tus milagros, mi tía siempre puso en su altar flores para ti. En su nombre vengo a verte. A pedirte perdón por mis pecados y a agradecer que me permitas cometerlos, porque si tuvieras oposición alguna, si me vieras con malos ojos, no me permitirías hacer lo que hago”.
No es sencillo reconstruir narrativamente el lenguaje popular sin caer en clichés o estereotipos. Nallely lo consigue con maestría; como ella misma ha contado en diversas entrevistas, fue escuchando a sus tías y a las mujeres de las comunidades que pudo recoger buena parte de esa riqueza narrativa que hoy atraviesa su obra.
Juana es, sin duda, el personaje más entrañable y, en mi opinión, el mejor logrado en toda su compleja y vibrante humanidad. Es la voz colectiva, la voz del combate cuando hay que darlo y la voz del gozo cuando la vida se desborda; es el personaje más sacrificado, el que se sitúa más allá del bien y del mal. Así la describe su sobrina:
“Mi tía Juana era como un dios para mí, porque todo mundo la quería y sentía que todos me querían a mí cuando iba a su lado. Con el tiempo comprendí que tal vez tenía la misma cantidad de gente que la respetaba que de enemigos”.
La novela combina tres relatos que, entretejidos, forman una sola trama. A la vez, representan tres escenarios físicos y psíquicos situados en una temporalidad histórica concreta. El primero es el río Atoyac, ese río legendario que bordea la ciudad y sus alrededores. En este primer relato aparecen las historias de lucha de la gente de las colonias y agencias circunvecinas: el despojo de sus territorios para construir el gran mercado y la terminal de autobuses de segunda clase, los cribadores de arena, las imágenes del río que se mezclan con las historias personales.
El segundo relato se desarrolla en el mercado, escenario físico y público de disputas económicas. Aquí se despliega la actuación de Las Pájaras, primero como una minoría excluida por una mujer cacique que se hablaba del tú por tú con gobernadores y figuras de la clase política. Es también la historia de mujeres que supieron empoderarse con inteligencia y astucia, tejiendo alianzas políticas y, cuando fue necesario, recurriendo a la violencia. Tenían que empoderarse por las buenas o por las malas. Es la historia del ascenso de Las Pájaras.
El tercer relato es el escenario de la violencia, el deterioro y la descomposición política, no sólo del mercado y sus disputas, sino del propio Estado. El 2006 y la revuelta aparecen aquí desde la ficción de la novela. Juana se pregunta de manera jocosa que qué tal si con la toma del Canal 9 por parte de las mujeres del movimiento, puede que les permitan pasar algunos anuncios por la televisión. El crimen organizado irrumpe para saldar cuentas pendientes de los poderosos. Como ha escrito Diego Osorno acerca de la crisis política: el poder aplasta. Y este grupo de mujeres sufrió esos embates por atreverse a confrontarlo.
Las Pájaras es una novela que se lee con un mezcal en la mano. Iba a ser un cuento, pero terminó convirtiéndose en un thriller político que construye una ficción a partir de hechos reales ocurridos en Oaxaca, durante un período crucial en la historia de la ciudad. Esa misma cualidad le otorga a la obra un carácter global. Es una novela pionera que, sin duda, dará mucho de qué hablar en los próximos meses y años.
Muchas gracias, Nallely, por regalarnos para regocijo de todas y todos, esta gran novela.
- Imagen de Portada Hugo Tovar.


