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Amor de Cabaret

Antonio Mundaca

Antonio Mundaca estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Veracruzana. Ha sido becario de la Fundación Gabo y es miembro de la Red de Periodistas de A Pie. Es corresponsal de El Universal, colaborador de Pie de Página, cofundador y reportero de El MuroMx. Obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo 2022 y el Premio Estatal de Periodismo y Derechos Humanos de Oaxaca en 2017.

No hay regreso a la “normalidad” cuando declaras una guerra y la propaganda minimiza las implicaciones. A menos que consideres “normalidad” seguir teniendo un país en una profunda crisis humanitaria de 133 mil personas desaparecidas, y sean los desaparecidos tu sistema de gobierno.

No hay “normalidad” si crees que salvas la soberanía cantando el himno nacional por el asesinato de un capo simbólico, y lo hiciste siguiendo las órdenes del imperio, porque no tienes otra opción para mantener intactas las redes criminales y de lavado de dinero que incluyen a la clase política de un régimen que gobierna simulando que salva a la patria.

Quienes hemos dado cobertura y vivido los contextos del narco muy de cerca, al pie de nuestra casa y nuestra familia, sabemos que cuando detienen o matan a un líder del crimen organizado, la pus se multiplica. Que el narco no funciona como la gangrena y quitando el pedazo del cuerpo infectado, salvas lo queda; que cuando quitas una cabeza el narco se reconfigura, reacomoda sus alianzas con el poder gubernamental y militar, se adapta a sangre, fuego y corrupción.

 

Inicia una disputa hasta tener una nueva cabeza visible, o varias cabezas en línea sucesoria, una vendetta que puede durar meses o años, hasta que un grupo hegemónico controla las plazas, saquea los recursos de un territorio, espolia a los comerciantes, decide quién vive o muere en una colonia, y todo eso solo se da a través de asesinatos públicos, desapariciones, nuevas o viejas autoridades policiacas y políticas cooptadas, trabajando para ellos, convirtiéndose en ellos.

En México el narco tiene una base social que está metida en las entrañas, porque es una industria que da poder político y económico, gana elecciones, gana gubernaturas, se enquista en los partidos políticos, “desarrolla” pueblos mágicos, hace negocio con las obras públicas de los municipios y los gobiernos, da empleo a miles de familias a cambio de la omertá, muchas familias que sin ese ingreso ensangrentado no tendrían absolutamente nada.

“¿Quieres que eliminemos a los cárteles?” dijo Trump, que le preguntó varias veces a la presidenta Claudia Sheinbaum antes de invadir Venezuela, la respuesta mexicana fue envolverse en la bandera y negar todo tipo de intervención ante sus seguidores cautivos.

Ahora con el asesinato de El Mencho y el apoyo gringo para hacerlo, sabemos que se trató del discurso, de la política pragmática, del duelo de las narrativas, de la propaganda; que los gringos intervienen, porque pueden, porque al final el narco es una fuerza del mercado.

Con la caída de El Mencho en Tapalpa, Jalisco, hay un regreso a la “Guerra contra el narco” que inició Felipe Calderón el 11 de diciembre de 2006 con la Operación Michoacán, pero con el discurso del estilo “humanista”.

Un cambio de estrategia no-oficial Garcialuniana en el Sheinbaunismo: golpes tácticos, estridentismo público, justicia criminal selectiva, capos extraditados, capos ejecutados, ofrendas para que el emperador anaranjado no apriete con su rodilla el cuello de una patria, que tiene sus estructuras de justicia podridas.

Lo que hoy vemos son los albores de una guerra interna con consecuencias imprevisibles, pero que iremos lamentablemente descubriendo en el presente inmediato. A diferencia de hace 20 años, ahora será en tiempo real, con grupos criminales que usan Inteligencia Artificial y como cualquier gobierno, tienen propagadores de desinformación para usar el terror como moneda de cambio.

Por ahora pudimos ver el poder de fuego a nivel nacional (que sabíamos que existía, pero no se había mostrado de forma orgánica nunca antes ) de un grupo criminal que controla regiones enteras, más de las que nos cuentan los datos oficiales, casi siempre truqueados; un grupo criminal que en unas horas fue capaz de incendiar carreteras y ciudades en al menos 20 estados del país, y un día después el discurso de “normalidad” es una consigna oficialista para no generar pánico para las batallas futuras en los territorios en disputa.

Un discurso que recuerda mucho a esa campaña que también usó Felipe Calderón, para su guerra cuando llamó a “Hablar bien de México”, y pidió no difundir “malas noticias” para combatir la percepción internacional de inseguridad, “la normalidad” como estrategia de atole con el dedo.

El asesinato del líder del Cartel Jalisco Nuevo Generación (CJNG), Rubén Nemesio Oseguera Cervantes “El Mencho”, nos recuerda que en México no aplica eso de que “muerto el perro se acaba la rabia”, porque en el país ese virus se encuentra en el cuerpo del Estado en una fase neurológica aguda.

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