La Caja de Pandora
Karen Rojas Kauffmann
Karen Rojas Kauffmann es cofundadora y directora de El MuroMx, colaboradora de Pie de Página e integrante de la Red de Periodistas de A Pie. Se especializa en temas de protección a los derechos humanos, de género y en defensa de los territorios y los pueblos. Fue becaria de la Fundación Gabo y obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo 2022. Cree en la fuerza del lenguaje.
No empezó con fuego, empezó con ausencia. Con nombres que no regresan. Con carpetas que no avanzan. Con madres que buscan solas. El 8 de marzo de 2026, miles de mujeres salieron a las calles de Oaxaca no para conmemorar, sino para reclamar. No marchaban por costumbre ni por consigna vacía: marchaban porque en este estado la violencia no es una excepción, es una constante administrada.
La movilización avanzó como avanzan las heridas: visibles, abiertas, imposibles de ignorar. Desde la Fuente de las Ocho Regiones hasta el corazón de la ciudad, la protesta fue creciendo en número y en fuerza, pero también en hartazgo.
Porque cuando la justicia no llega, la indignación se organiza.
Y entonces vino el quiebre. Pintas, vidrios rotos, fuego. Sí. Pero reducir lo ocurrido a “vandalismo” es una forma cómoda —y profundamente irresponsable— de evitar la pregunta de fondo: ¿qué produce esa rabia?
La respuesta no está en las paredes intervenidas, sino en las vidas violentadas.
Lo que ocurrió esa tarde no fue un estallido espontáneo. Fue la acumulación de años de impunidad. Fue la respuesta a un Estado que ha sido incapaz de garantizar lo mínimo: la vida.
Pero lo más grave no fue la protesta. Fue la respuesta.

Cuando las llamas alcanzaron el primer cuadro de la ciudad, el gobierno decidió intervenir no desde la contención ni el diálogo, sino desde la lógica del control. Antimotines, avance policial, uso de la fuerza. El mensaje fue claro: frente al dolor, la prioridad no fue escuchar, sino someter.
Y ahí, en ese momento, el 8M dejó de ser una protesta para convertirse en otra cosa en un espejo. Un espejo incómodo. Porque lo que se vio en el Zócalo no fue sólo confrontación. Fue la forma en la que el poder entiende a las mujeres cuando protestan: como amenaza.
El Estado que no aparece para buscar desaparecidas, aparece para dispersar manifestaciones. El Estado que no protege la vida, protege los muros. El Estado que no escucha el dolor, responde con fuerza.
Esa es la contradicción.
Y esa es la herida.
Habrá quien insista en hablar de daños materiales. Habrá quien contabilice vidrios y no ausencias. Habrá quien pida orden sin preguntarse por la injusticia. Pero lo verdaderamente roto no fueron las puertas ni las fachadas. Fue la relación entre ciudadanía y gobierno. Porque cuando protestar implica ser reprimida, lo que está en crisis no es la manifestación: es la democracia.
El 8M en Oaxaca no terminó esa noche. Sigue abierto en cada madre que busca. En cada expediente detenido. En cada mujer que sale a marchar sabiendo que el riesgo no sólo está en la calle, sino también en la respuesta del Estado. Y mientras eso no cambie, la pregunta seguirá ahí, incómoda, inevitable:
¿Qué es más violento: una pared intervenida o un Estado que no garantiza la vida?
Entre consignas, fuego y represión, el 8M en Oaxaca evidenció no sólo la rabia en las calles, sino la incapacidad de la administración jarista para responder sin recurrir a la fuerza frente a una crisis que lleva años siendo ignorada.


